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03/01/2021

"NEGRITO": el pecado de Cavani y la ofensa máxima de ser diferentes

El dios de los ofendidos no se sacia con disculpas, en realidad, nunca obtiene saciedad. Karina Mariani, desde su punto de vista, explica el presente de la cultura del ofendido y la dictadura de la corrección política.

Portada

Nota de Opinión de Karina Mariani.


Cierta mañana, el profesor W. Ajax Peris se disponía a dar una clase especial dentro del curso de la Historia del Racismo en los Estados Unidos. Era una materia que daba habitualmente y en esta clase en particular le tocaba leer la célebre Carta desde la cárcel de Birmingham, un texto fundamental para comprender la lucha por los derechos civiles de los ciudadanos negros en el siglo pasado en EE.UU.

La Carta la escribió Martin Luther King en 1963, estando encarcelado por participar en una protesta. El valor del texto recae en los debates sobre la desobediencia civil, pues King la justifica al decir que existe la obligación moral de desobedecer las leyes injustas, como las que imponían la segregación racial. Y en la Carta está la palabra nigger (de tez negra en inglés, peyorativo). Peris leyó la Carta en clase y además mostró un documental sobre la historia de los linchamientos. Peris fue luego denunciado por los estudiantes que se sintieron ofendidos por el uso de esa palabra y le calzaron el mote de racista.

Las autoridades universitarias, cual saetas, tomaron partido por los ofendidos y se unieron en la atmósfera de presión social e institucional que motivó el pedido (obligado) de disculpas de Peris. La capitulación no impidió que se agravarán las acusaciones ante la UCLA para que despidan a Peris en combo con las solicitudes para la expulsión de un profesor de contabilidad también acusado de racismo brutal por negarse a suspender un examen para que los alumnos fueran a las marchas por la muerte de George Floyd.

En el mismo registro del absurdo, la Federación Inglesa de Fútbol acaba de sancionar al jugador uruguayo Edinson Cavani con una multa de 100.000 libras y una suspensión por tres partidos. El pecado de Cavani fue haber escrito en su cuenta de Instagram la palabra "negrito" para saludar a un amigo suyo al que le dicen Negrito. Hecho que fue considerado "ofensivo".

Aquí también, las autoridades correspondientes, o sea el Manchester United, prefirieron curarse en salud y patear en el piso al sancionado Cavani, quien, al igual que Peris, debió ofrecer unas “sinceras disculpas”. 

La hipocresía medular del Manchester United se justificó diciendo que "a pesar de su sincera creencia de que simplemente estaba enviando un afectuoso agradecimiento en respuesta a un mensaje de felicitación de un amigo cercano, optamos por no impugnar el cargo a Cavani por respeto y solidaridad con la FA y la lucha contra el racismo en el fútbol".

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De rodillas

El jugador uruguayo debió arrodillarse ante el altar de la corrección política y decir: "Lo último que quería hacer era ofender a nadie. Me opongo completamente al racismo y eliminé el mensaje tan pronto como se explicó que se puede interpretar de otra manera. Me gustaría disculparme sinceramente por esto".

Cavani no hizo nada malo, lo que se cometió contra su persona es una vileza de cabo a rabo. Nadie en su juicio puede explicar lo contrario. A todas luces la denuncia es una imbecilidad, sin embargo, se dio por buena

Los disculpantes y sus preceptores no terminan de entender que el caprichoso dios de los ofendidos no se sacia con disculpas, en realidad, nunca obtiene saciedad. Los dioses resentidos, como Hades, Tántalo, Cronos o Corrección Política, no pueden obtener la paz porque no nacen de la virtud sino del odio.

Como en el caso de Peris y de tantos otros, las disculpas no fueron suficientes y Cavani también deberá completar un curso presencial después de admitir que violó las normas de la FA ejecutando una "falta agravada" porque "incluyó una referencia, ya sea expresa o implícita, de color y/o raza y/o origen étnico" (aparentemente tener color u origen étnico es perverso). 

Tanto Peris como Cavani se pueden llamar suertudos, el periodista Nahed Hattar por un hecho similar decidió no retractarse y sufrió miles de vejaciones, destierro y finalmente fue asesinado a las puertas del tribunal de Amman, que iba a juzgarlo por una caricatura. El dios de los ofendidos bebe sangre.

A ver si entendemos el tamaño del infortunio en el que estamos metidos: aparentemente nos sumergimos en un mundo en el que, ya no los chistes o los pensamientos divergentes sino la mención de una palabra, aún cuando no se la esté usando más que para decir que existe, puede constituir un insulto. Esto va contra la mismísima definición de insulto, porque para que un término lo sea, debería ser usado como parte de una denigración proferida por el hablante con una intención expresa ante una audiencia determinada.

Si invertimos la carga de la intencionalidad pasándola del hablante al oyente, entonces estamos definitivamente perdidos. La base misma del agravio, la clave de su condición está en el verbo latino insultare que significa 'asaltar' en sentido figurado, por ser un 'salto' que se da contra otra persona como señala la etimología. 

O sea que no es una palabra sino un acto de comunicación que llevamos a cabo con la intención de asaltar a otros. El insulto debe contener una intención que busca causar ese efecto haciendo que el destinatario reconozca el desprecio en la comunicación. Sin esa condición, una palabra no es un insulto, punto.

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Censura larvada

Pero si pasamos la intencionalidad del hablante que desea insultar al oyente que se siente ofendido, acá la cosa no se trata más de insultos, no abundemos más en este camino. Entramos en el terreno de la ofensa, que, como decía Coetzee, es el germen de todas las censuras. 

Si la susceptibilidad se multiplica, las formas de ofenderse tienden a infinito, las presiones también. Crece el miedo a molestar y el deseo de silenciamiento cuando el lenguaje es un campo de batalla. Avanza a paso redoblado el número de los colectivos que instalan términos ofensivos para que el resto de los mortales dejen de emplearlos. Demencias como el especismo se propone que términos como “'perro” o “rata” no deben ser usados. Es un barril sin fondo, amigos.

La variante más excéntrica de esta deriva es la llamada apropiación cultural, que castiga a los multiculturales, (antes paradójicamente aliados) por su amor a la diversidad cultural. Es insulto, para esta acepción, hacer yoga, ponerse rastas, disfrazarse de indio o cocinar comida étnica. La demanda de universalidad pegó un giro que llegó al integrismo supremacista. Es el deseo de mezcla o de solidaridad de los blancos lo que debe ser castigado. Un retorno a la segregación y al separatismo. Una nueva pureza étnica.

Si Cavani hubiera sido negro toda esta milonga no habría existido. La prohibición es para ciertos miembros de una sociedad, sindicados como los opresores blancos y no para otros. Cavani es sindicado como miembro de un grupo opresor que ofendió al grupo de los ofendidos reduciéndolos a un estereotipo racista. Él aceptó estas condiciones e interpretación en sus disculpas y así lo hicieron las instituciones que participaron de su suplicio. Lo que no era delito tuvo juicio sumarísimo y valió mucho más que las leyes.

No existe el derecho cuando se es blanco y dominante porque se asume acríticamente que determinada cultura ha sufrido opresión y genocidio cultural no importa que, además, hayan pasado siglos y que todos los involucrados no tengan un pito que ver con esa historia. Todos son marcadores identitarios esgrimidos como símbolos de pertenencia exclusiva. No tienen asidero ni científico ni histórico. Pero la razón acá no importa.

Los defensores del lenguaje políticamente correcto dedican sus esfuerzos a encontrar a sus víctimas desprevenidas. La esencia de estos episodios da por sentado que el amigo de Cavani ha bajado recientemente de un barco esclavista despachado en África indefenso e incapaz de defenderse del blanco opresor. Los guardianes de la moral, que siempre están atentos y toman cualquier episodio intrascendente para una nueva batalla, irrumpen en las redes, en los medios, en donde sea como Savonarolas drogados.

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Infantiles y voraces

Cavani ejerció su libre albedrío de aceptar sumisamente la zasca, y como toda decisión individual que sólo compromete a su persona, es inobjetable. Tal vez estaba en una posición social y económica mejor que la de Nahed Hattar para resistir el embate, pero nadie es quién para exigir heroísmo. Lo peor es que tampoco su gremio se haya solidarizado haciendo de la unidad una fuerza. La canallada fue consentida globalmente, otra vez. El miedo a los custodios de la moral de los ofendidos es enorme. Los damos por infalibles, todos bajamos la guardia.

¿Qué hay de malo en ser negro? ¿Alguien se ofende si le dicen rubio o blanco? El racismo es metástasis en quienes ven algo malo o negativo en lo negro. Se trata de un mecanismo infantil y voraz: El que se ofende se coloca mentalmente por encima del ofensor, se siente superior.

Hay un ejemplo lacerante que sirve para ilustrar la autopercepción arrogante del moralizador: Durante un vuelo de Sri Lanka a Filipinas, el Papa Francisco se refirió a la masacre del 7 de enero de 2015, cuando terroristas musulmanes armados con fusiles de asalto entraron en las oficinas de la revista Charlie Hebdo, dispararon 50 tiros, matando a 12 personas e hiriendo a 11. El pontífice declaró que "en la libertad de expresión hay límites", y consideró "normal" que haya una respuesta ante ciertas provocaciones: "No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás. No se puede tomar el pelo a la fe. No se puede...". 

 E ilustró su parecer con un episodio hipotético: "Si el doctor Gasbarri [Alberto Gasbarri, responsable de la organización de los viajes pontificios, que estaba en ese momento a su lado], dice una mala palabra en contra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo... ¡Es normal!", dijo Jorge Bergoglio, provocando risas entre los 76 periodistas del vuelo papal. Muy jolgorioso todo, nauseabundamente.

No existen palabras, chistes de humor negro o caricaturas capaces de matar. Sin embargo es el ofendido el que se identifica con el bien y el que se expresa libremente el identificado con el mal. Es la clave de la censura.

La gente puede sentirse insultada sin que haya habido intención de ofender dado que la ofensa es un estado subjetivo, relacionado con reacciones infinitas. Pero esta subjetividad no puede sustituir ni a la razón ni a las leyes. Sin libertad de expresión, sin respeto a lo diverso y sin humor seremos presos de los discursos hegemónicos, y eso es siempre terreno de los poderosos, no importa de qué se disfracen.

Si se permite que la ofensa sea el filtro, serán el totalitarismo y el sinsentido los encargados de trazar el límite. ¿De qué se ofenden los que nos cancelan las palabras: de la existencia de las palabras y de que alguien los desafíe al usarlas? ¿Si Cavani no insultó a nadie y si el Negrito no se sintió insultado, a quién se ofrendará su fusilamiento? ¿Es malo ser negro, es algo irrespetuoso u ofensivo? Este listado de palabras prohibidas, este registro de segregacionismo consentido tiene sin duda un propósito: evita a la horda de ofendidos el esfuerzo de pensar.

Todos se ofenden mutuamente porque es el paso previo a lo que casi todos quieren: ver preso al que piensa diferente, llamando 'ofensa' a la diferencia. Ya casi no queda libertad de expresión, y menos aún libertad religiosa, para los casos importantes, esto es, allí donde los paradigmas son verdaderamente diferentes" - Gabriel Zanotti.

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