Tras su expulsión en el empate 1-1 entre Sevilla y Deportivo Alavés por LaLiga, Matías Almeyda recibió una contundente sanción. El Comité de Competición de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) lo suspendió por siete partidos, una pena inusual para el fútbol español y de las más severas aplicadas a un entrenador en los últimos años.
El episodio se produjo a los 85 minutos del encuentro disputado en el estadio Ramón Sánchez Pizjuán, cuando el técnico argentino reaccionó con vehemencia ante una decisión del árbitro Iosu Galech Apezteguía. Según el informe oficial, fue expulsado "por protestar una de mis decisiones de manera ostensible, realizando gritos y gestos de desaprobación hacia mi persona, habiendo sido advertido escasos minutos antes por el asistente nº1 para que recondujera tanto su actitud como la conducta general de su banquillo".

Lejos de calmarse tras ver la tarjeta roja, Almeyda continuó con sus reclamos y demoró su salida del campo de juego, lo que agravó aún más la situación. El tribunal disciplinario desglosó la sanción de la siguiente manera: dos partidos por protestas al árbitro, uno por no dirigirse al vestuario tras la expulsión, tres por actitudes reiteradas de menosprecio o desconsideración hacia los árbitros y uno por conducta contraria al buen orden deportivo.
En conferencia de prensa, el entrenador pidió disculpas, aunque cuestionó el fallo: "Considero que es una injusticia. Quiero justicia porque fui expulsado de manera vergonzosa y pierdo la cabeza ante una injusticia. Él no sabía si el que había hablado era yo, y era otro, no debería ser tan fácil expulsar a un entrenador. Si digo que una falta no es y apoyo mi cabeza en el banco, no puedo ser expulsado".









