En sus intervenciones habituales, el preparador repite el libreto: el fútbol de antes era del pueblo, cultural y artístico; el de ahora, un mero negocio dominado por la FIFA y el dinero. Crítica el hiper profesionalismo y la globalización, pero su trayectoria transcurrió en los grandes clubes y selecciones donde el “negocio” siempre reinó.
Maradona fue un genio irrepetible, pero Signorini usa su cercanía al 10 para posicionarse como autoridad moral. Distingue entre “Diego” (el hombre) y “Maradona” (el ícono), una separación conveniente que le permite defender lo conveniente y distanciarse de lo polémico.
Sobre Messi, habla con aparente respeto pero siempre con el matiz de que falta “administración de esfuerzos” o mística maradoniana. Es la clásica comparación sutil que, en el fondo, resta brillo a las nuevas generaciones. Mientras el fútbol evoluciona, genera millones y produce estrellas globales, Signorini parece anclado en el pasado, resistiéndose al cambio bajo el disfraz de “crítica cultural”.