El régimen de Nicolás Maduro lanzó una campaña para formar milicias civiles tras el despliegue de buques de guerra estadounidenses en el Caribe. La imagen buscada —una nación unida y movilizada— se desmoronó en los centros de reclutamiento: filas cortas, mayoritariamente compuestas por funcionarios públicos y contratados, y testimonios que apuntan a presiones laborales para inscribirse.
“Esto es solo una formalidad para no perder el trabajo”, dijo un empleado municipal al Financial Times. Otro asistente fue aún más directo: “Si estalla un conflicto, no voy a pelear”.
Señal de debilidad: los propios no creen en la defensa nacional que propone Maduro
Más allá de la retórica beligerante en televisión, la realidad es humillante para el chavismo: cuando la convocatoria toca la fibra del ciudadano común —la disposición personal a empuñar un arma— la adhesión se desinfla.
Voluntarios con camisetas oficiales y discursos impresos convivían con un ambiente de obligación más que de compromiso. Las imágenes y los relatos se parecen más a una movilización teatral que a un movimiento genuino de defensa nacional.
Maduro fracasa en su llamado a las milicias: ni sus propios empleados quieren pelear
Milicias de papel y ejercicios controlados
El gobierno exhibe cifras grandilocuentes —millones de milicianos “listos”— y realiza maniobras vistosas en La Orchila con cazas y misiles. Pero la preparación práctica ofrecida en los simulacros fue limitada: reclutas desplazándose con fusiles descargados y “minicursos” sobre posicionamiento.
En la práctica, la militancia probada y la voluntad real de combatir no aparecen por ningún lado.
Presión interna y desgaste del aparato chavista
Que la participación provenga mayormente del sector público revela el núcleo del problema: la base social del régimen está erosionada. Expertos señalan que la conservación del poder depende aún de la lealtad militar; si esa lealtad titubea, la fachada de control se muestra frágil.
La oposición y figuras críticas interpretan la torpe convocatoria como una admisión de inseguridad del propio liderazgo, no como una demostración de fortaleza.
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La anécdota que desnuda al poder
Lo que debía ser un gesto de fortaleza se transformó en motivo de burla y desconfianza. El acto —convocar a “millones” y recibir apenas atestiguaciones de empleados presionados— refleja la pérdida de legitimidad y convierte la proclama oficial en una anécdota que difícilmente inspire miedo externo o estabilidad interna.
Para muchos venezolanos, la frase “no voy a pelear” resume hoy la distancia entre la propaganda del régimen y la voluntad real de la sociedad.