Tras romper con Somalia en 1991, construyó instituciones propias y mantuvo estabilidad en una región marcada por el caos
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Con una superficie similar a la de Nicaragua y una población cercana a los 3,5 millones de habitantes, Somalilandia es uno de los casos más singulares de la política internacional contemporánea. Ubicado en el Cuerno de África, este territorio se gobierna a sí mismo desde 1991, cuando proclamó su independencia tras el colapso del régimen somalí de Mohamed Siad Barre. Desde entonces, y durante más de tres décadas, funcionó como un Estado de hecho: con autoridades propias, instituciones estables, elecciones competitivas y control efectivo del territorio.
Somalilandia en la actualidad.
La historia de Somalilandia se remonta al período colonial. Hasta 1960 fue un protectorado británico que obtuvo su independencia el 26 de junio de ese año. Sin embargo, apenas cinco días después decidió unirse a la Somalia italiana, también recién independizada, para conformar la República de Somalia. Aquella fusión, celebrada en un inicio como un proyecto panafricano, pronto mostró profundas grietas. El norte, correspondiente a la actual Somalilandia, quedó políticamente relegado y expresó tempranamente su rechazo a la nueva Constitución aprobada en 1961.
Las tensiones se agravaron con el paso del tiempo y alcanzaron su punto más crítico durante la dictadura marxista de Mohamed Siad Barre. En los años 80, el régimen llevó adelante una represión sistemática contra el clan isaaq, predominante en Somalilandia. Bombardeos a gran escala sobre Hargeisa provocaron miles de muertes civiles y la destrucción parcial de la ciudad. Años más tarde, informes encargados por Naciones Unidas concluyeron que esos hechos constituyeron crímenes de genocidio perpetrados por el Estado somalí.
El genocida marxista Mohamed Siad Barre.
La caída de Siad Barre en 1991 y el estallido de la guerra civil marcaron el quiebre definitivo. Mientras Somalia se sumía en décadas de fragmentación, violencia e inestabilidad, Somalilandia declaró unilateralmente su independencia y comenzó un proceso de reconstrucción institucional. Desde entonces, desarrolló un sistema político propio con elecciones competitivas, un Parlamento en funcionamiento, fuerzas de seguridad locales, moneda, pasaportes y una administración que ejerce control real sobre su territorio.
Esa estabilidad relativa convirtió a Somalilandia en una excepción dentro de una de las regiones más convulsionadas del mundo. Aunque enfrenta altos niveles de pobreza y desempleo, Hargeisa es considerada una de las ciudades más seguras del Cuerno de África. Observadores internacionales destacan que los resultados electorales suelen respetarse, incluso cuando el oficialismo pierde, un rasgo poco frecuente en la región. Por ese motivo, el caso de Somalilandia suele compararse con el de Taiwán: territorios que funcionan plenamente como Estados, pero carecen de un reconocimiento internacional amplio por razones políticas.
A pesar de este recorrido, la comunidad internacional mantuvo durante más de 30 años una postura de rechazo a su independencia. Organismos como la ONU, la Unión Africana y la Liga Árabe continúan considerando a Somalilandia parte integrante de Somalia, país que aún enfrenta graves problemas de seguridad y gobernabilidad, con la persistente amenaza de grupos islamistas como Al Shabaab.
Benjamin Netanyahu firmó el reconocimiento.
En ese contexto histórico se inscribe el reciente reconocimiento formal de Somalilandia por parte de Israel, una decisión que fue celebrada por el presidente somalilandés Abdirahman Mohamed Abdullahi y condenada por Somalia junto a Egipto, Turquía y Yibuti. Más allá de la novedad diplomática, el reconocimiento israelí puso nuevamente en el centro del debate un proceso histórico que lleva más de tres décadas.
Si el paso dado por Benjamín Netanyahu encuentra imitadores, Somalilandia podría romper definitivamente el prolongado aislamiento internacional que arrastra desde 1991. Pero incluso sin ese aval externo, el territorio ya ofrece un dato incómodo para la diplomacia global: hace más de 30 años que existe, gobierna y funciona como un Estado.