Las sociedades no solo padecen cuando una moneda pierde valor. También modifican la manera en que imaginan su propio futuro. La inflación no es simplemente un aumento sostenido de precios: es un proceso que deteriora la capacidad de las personas para planificar, altera los incentivos cotidianos y vuelve más inciertas decisiones que, en condiciones normales, deberían ser rutinarias. Por eso, cuando la inflación comienza a descender de manera consistente, lo que empieza a recuperarse no es únicamente el poder adquisitivo. También vuelve algo mucho más difícil de medir: la confianza en el tiempo.
Los datos de junio muestran un nuevo paso en esa dirección. El Índice de Precios al Consumidor registró una variación mensual del 1,9%, la más baja en diez meses. La inflación núcleo descendió al 1,6%, su menor nivel desde julio del año pasado. Los alimentos aumentaron apenas 1,3%, mientras que la media móvil de tres meses continuó reduciéndose, reforzando la tendencia de desinflación. La evolución de la Canasta Básica Alimentaria y de la Canasta Básica Total también confirma un proceso de desaceleración generalizada.
La cuestión verdaderamente relevante, sin embargo, no es el número en sí mismo. La estabilidad monetaria restablece la capacidad del sistema de precios para transmitir información confiable. Y cuando los precios vuelven a cumplir esa función, la coordinación entre millones de decisiones individuales comienza a mejorar.









