La deuda pública suele presentarse como una alternativa a subir impuestos. Si el Estado necesita gastar más de lo que recauda, puede pedir prestado y devolver el dinero en el futuro. De ese modo, el contribuyente actual parece quedar a salvo. Pero la operación plantea una pregunta anterior: si el Estado no genera por sí mismo los recursos con los que devolverá la deuda, ¿quién asumió realmente la obligación de pagarla?
Este fue el tema sobre el que “conversé” por primera vez con Murray Rothbard, porque abordó la deuda pública desde una perspectiva poco habitual. Para él, pedir prestado permite al gobierno postergar el momento en que aparece la coerción, pero no eliminarla: detrás de la promesa de pago siguen estando los impuestos futuros.
—Profesor Rothbard, ¿endeudarse no es preferible a subir los impuestos?
—Depende de qué entienda por preferible. Como expliqué en “Conceived in Liberty”, el endeudamiento permite postergar el momento de la coerción. El Estado obtiene hoy recursos mediante una operación aparentemente voluntaria, porque alguien acepta prestárselos, pero promete devolverlos con ingresos que obtendrá en el futuro mediante impuestos. La coerción no desapareció; fue aplazada.
—Pero nadie obliga a un inversor a comprar un bono público.
—Al inversor, no. Ésa es precisamente la apariencia voluntaria de la operación.











