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Opinión

El regreso del Talibán: Los paralelismos de Afganistán con la caída de Saigón

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#Opinión Afganistán está al borde de caer en el control de los terroristas talibanes, y mientras Estados Unidos se retira de la capital Kabul las similitudes con la caída de Vietnam del Sur se viralizan.

Afganistán luce como que todo se está degradando rápidamente ahí. Basta mirar las cadenas internacionales. Algunos y con razón recuerdan la caída de Saigón, capital de la Vietnam del Sur; pero me parece que ese espejo puede devolvernos una imagen alejada del contexto estratégico actual.

Este artículo se centra en una comparación entre ambos hechos, buscando aportar algo de claridad sobre un hecho enorme que ocurre ante nuestros ojos.

Empecemos por las similitudes:

  • Larga permanencia de fuerzas de EE.UU. y aliados en el territorio. Esto de por si indica imposibilidad de encontrar una salida política eficiente a la situación.
  • Intentos de controlar fuerzas insurgentes en todo el terreno. Grave error que se repitió en ambos casos. Este tipo de insurgencias requieren aproximaciones mucho más limitadas en su inicio.
  • Un gobierno central en Saigón y en Kabul poco o nada obedecido en el interior. Esto contribuyó mucho a la falta de capilarización de las decisiones y ciertamente enormes descoordinaciones.
  • Liderazgos políticos en Saigón y Kabul entre ineptos y escandalosamente corruptos.
  • Procesos para generar fuerzas locales en condiciones de combatir por sí mismas. En ambos casos se invirtieron fortunas y mucho desgaste en el intento de generar fuerzas eficientes allí donde sus gobiernos locales lucían ineptos y corruptos, pero los resultados fueron pésimas y nunca pudieron sobrevivir sin el apoyo directo de las Fuerzas Armadas norteamericanas.
  • Hastío político en EE.UU. por la falta de resultados. Ninguna democracia puede pasar años combatiendo sin que los ciudadanos presionen a la política por un fin de las acciones.
  • Resiliencia de la insurgencia para mantenerse operativa. Esto ha sido producto de errores en la concepción de la conducción de la guerra.

Vamos a las diferencias, lo más importante:

  • En Vietnam la insurgencia contaba con un ejército regular, el de Vietnam del Norte que es el que luego se hace del control del país. Recordemos que en Indochina, Vietnam del Norte mantenía tanto un ejército regular como otro de tipo irregular. En Afganistán el Talibán se mantuvo como fuerza irregular siempre.
  • En Afganistán, el Talibán es una fuerza irregular, con liderazgos varios, múltiples facciones y a definirse luego si logran hacerse del poder. Esto es muy importante. De hacerse con el poder, claramente veremos una lucha interna por el poder talibán. Eso ya ocurrió a principios de los 90.
  • La caída de Saigón significó una derrota para EE.UU. pero no una amenaza para la región, excepto quizás potenciando a China. Afganistán inmerso en una lucha entre el gobierno de Kabul con los talibanes y posiblemente luego una nueva entre ellos, será el lugar ideal para servir de santuario a cuanto grupo radicalizado islámico exista. Especialmente Al Qaeda, aunque hay decenas de otros grupos terroristas operando en Asia.
  • China y Rusia son potencias que pueden verse afectadas seriamente por una Afganistán talibanizada. Esto por lo que mencionamos antes. Las dos naciones tienen problemas con los terroristas islámicos y están muy cerca de Afganistán. El problema descansaba en EE.UU. y sus aliados, ahora les cae a ellos.
  • Hay dos actores de los que poco se habla, India y Pakistán. La enemistad entre ambas naciones se ha extendido a Afganistán desde hace décadas. Islamabad, capital pakistaní, se ha servido del Talibán desde sus inicios para influir en Afganistán y Delhi ha operado encubiertamente contra ellos. Esto no cambiará, y posiblemente aumente la acción encubierta de ambos allí.
  • No creo que salir de Afganistán signifique que EE.UU. deje de ser la potencia relevante global. Pero si es una muestra que todavía no se han comprendido acabadamente las características de un escenario híbrido de guerra y que las hipótesis que enfrenta a futuro son bien distintas y hacia ellas está encaminándose.

A futuro para Afganistán no descarto un escenario de mucha acción encubierta de distintas naciones, operaciones aéreas (abiertas y encubiertas) y enorme presión sobre Islamabad para que termine su apoyo al Talibán.

Esto mientras Beijing ha alcanzado una suerte de acuerdo con el Talibán para que puedan los chinos desarrollar su ruta de la seda por el territorio afgano. Apuesta inmensa la de China, frente a un actor como el Talibán que se muestra muy poco adepto a mantener acuerdos y que su mirada del mundo responde a conceptos medievales, alejados de nuestra comprensión.


Por Guillermo Lafferriere, para La Derecha Diario.

Argentina

La competencia desleal del Estado ha dejado a la Argentina sin crédito para el sector privado

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La falta de crédito para el sector privado es uno de los principales problemas que le ponen un tope al crecimiento económico del país. Por cada $10 en el sistema bancario, $9 están colocados en el Estado.

Uno de los principales señalados por parte del establishment político a la hora de intentar perpetuar el sistema en el que el país está sumergido, es el sistema financiero nacional e internacional.

Dentro de las numerosas críticas que sectores principalmente de izquierda hacen de la banca, una de las cosas que destaca es la virtual inexistencia de créditos por parte del sistema financiero a familias y sobre todo a empresas PyMEs.

En este planteo se construye uno de los tantos enemigos que el relato necesita para distraer de las deficiencias propias y se lo encarna en un defectuoso accionar del sistema financiero nacional.

En este relato construido no solo por el gobierno nacional, sino también gran parte de la oposición, se presenta a las sociedades de bolsa y sobre todo a los bancos como empresas altamente especulativas que lucran con el sufrimiento de la sociedad al limitar el crédito de forma consciente.

En esta línea de pensamiento, la falta de crédito al sector privado, algo que impide el desarrollo de las empresas privadas o la adquisición de bienes durables por parte de las familias, es sólo la contracara de una estrategia de mercado altamente beneficiosa para este grupo de empresas que obtienen ganancias extraordinarias con el perjuicio del resto de la sociedad.

No es entonces raro que algunos discursos de los partidos de extrema izquierda propongan la nacionalización de la banca con el objetivo de poner fin a este comportamiento supuestamente prebendario e inescrupuloso. Lo cierto que es que, nuevamente y a pesar de los esfuerzos de estos sectores gobernantes por aparentar lo opuesto, la realidad dista mucho de ser como ellos la pintan.

Cuando analizamos el caso del crédito en nuestro país, podemos ver en primer lugar que las tasas de ahorro bruto sobre PBI supera el de países como Brasil y que la diferencia con otros como Estados Unidos es muy baja. Mientras que el promedio de inversión bruta nacional desde 1990 hasta el 2020, según datos del BM, fue del 16,30%, el caso brasileño y norteamericano registra cifras de 16,15% y 18,57%.

En principio estos números nos hablan de que la causa de tan marcado desenvolvimiento entre el mercado de crédito local y el de estos dos países no estriba en la falta de ahorro por parte de la sociedad argentina.

Si bien es cierto que el ahorrista argentino, producto de una constante malversación de la moneda nacional por parte del BCRA, tiene parte de su capital colocado en moneda extranjera fuera del sistema bancario, nuevamente cuando comparamos los ratios de crédito en función de depósitos desde el año 2010, vemos que en la gran mayoría del período los primeros no llegaron a representar más de un 60% de los segundos. Esto quiere decir que existe un segundo jugador que acapara el ahorro nacional.

Stock de depósitos y crédito privado en millones de pesos corrientes.

Si analizamos en profundidad, es lógico concluir que para un banco comercial, el riesgo de colocar el ahorro de los depositantes en encajes remunerados del BCRA o prestar el dinero en Letras de corto plazo como LECER o LEDES es una decisión de construcción de cartera más eficiente y rentable que colocar ese dinero en préstamos a tasa activa a un sector privado extremadamente golpeado por las medidas regulatorias y fiscales que el propio gobierno toma.

Esta competencia desleal, entre un sector público fuertemente necesitado de financiamiento y dispuesto a pagar altas tasas a plazos relativamente cortos y con condiciones beneficiosas para los acreedores, afecta sin dudas a la posibilidad de conseguir financiación del sector privado. Hoy en día por cada $10 que se encuentran depositados en el sistema bancario argentino, $9 están colocados en instrumentos de deuda emitidos por el Estado Nacional o el BCRA.

Ahora bien, esta necesidad de financiación desmedida por parte del sector público lleva a una competencia en la que el Estado genera un aumento de la tasa de interés a bajo riesgo para acaparar los excedentes del sistema financiero.

En ese proceso de crowding out la imposibilidad de competir por parte de las empresas y familias que componen el sector privado con las condiciones que impone el sector público, lleva a una virtual inexistencia del crédito privado en un país en el que el crecimiento económico se encuentra estancado desde hace más de 10 años.

Este mecanismo perjudicial, es el que termina no solo explicando la falta de crédito al sector privado, sino también la virtual imposibilidad de las empresas de poder financiar un crecimiento de producción a partir de canalizar parte del ahorro nacional.

Con lo cual, podemos ver que no es la falta de ahorro la que limita la inversión, sino la competencia que ejerce el sector público para financiar los crecientes déficits fiscales, los que terminan absorbiendo ese ahorro al ofrecer mejores condiciones crediticias al capital.


Por Ignacio Zorzoli, para La Derecha Diario.

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Opinión

La Libertad Avanza y el fenómeno Milei: ¿Populismo de derecha o derecha popular?

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El explosivo crecimiento de Javier Milei en las encuestas llevó a muchos periodistas y políticos a llamarlo despectivamente como un “populista de derecha”, pero ¿qué verdaderamente representa el diputado libertario?

Mucho se está hablando de un ascenso inminente de un populismo de derecha liderado por Javier Milei. Sin ir más lejos, la ex-gobernadora de la Provincia de Buenos Aires y actual Diputada Nacional por CABA, María Eugenia Vidal, no se cansa de repetirlo cada vez que aparece en los medios masivos de comunicación.

El problema aparece cuando se pide una definición de populismo, aunque sea chapucera. Ahí todos los iluminados que vienen a explicarnos cuántos pares son tres botas -desde algún canal de televisión- hacen agua. Hay sólo dos opciones: o no saben, o no quieren responder.

¿Qué es y qué no es el populismo?

Intentemos desenredar este asunto: ¿Qué hace que Gerardo Morales o Martín Lousteau se encuentren en el mismo espacio político que Ricardo Lopez Murphy o Patricia Bullrich? ¿Alcanza sólo con las expectativas de poder?

Todos sabemos que en política no siempre 1+1 es igual a 2, porque sumar a dos distintos muchas veces puede hacer que el votante no se quede ni con uno ni con el otro cuando éstos están juntos. Lo que logra el populismo es encontrar en el discurso, a través de significantes vacíos, un factor unificante para lograr la hegemonía con el fin de que un único líder sea quien llegue al poder. El verdadero líder populista es el que logra venderle a los distintos sectores que puede representarlos a todos.

Ahora bien, esta hegemonía necesita un enemigo común. Necesita confrontar con alguien (persona o grupo) a nivel discursivo que será la anti-identidad.

El populismo no es un conjunto de medidas económicas aunque haya ciertas características comunes. El populismo no sólo es una estrategia electoral. El populismo, bajo ningún concepto, es un sinónimo de popular. Es mucho más.

Es olvidarse de que la política es praxis y que la realidad manda. Es cambiar la realidad por un relato. El populismo, en resumidas cuentas, no cree en la política de las cosas, cree sólo en sí mismo porque iguala política a discurso y discurso a poder.

El discurso utiliza los significantes vacíos que son estos elementos del lenguaje que tienen potencialmente distintas interpretaciones a nivel cultural. Ejemplos sobran: Patria, dictadura, felicidad, democracia, autoridad, justicia, incluso libertad o república.

Acá hay una diferencia fundamental con un líder popular ya que éste une a los similares en un proyecto político común. En la esencia del populismo está aglutinar gente que no tiene nada que ver ideológicamente entre sí. Es decir, encontraremos un peronista del interior muy tradicional y conservador unido a un cuarentón porteño progre de La Cámpora unidos bajo el significante vacío de la “Soberanía Nacional”. Ninguno piensa lo mismo de la Soberanía Nacional, es más, probablemente piensen cosas absolutamente diferentes.

Estos referentes que intentan instalar la grieta entre “populistas” y “antipopulistas” dicen defender la República o los valores republicanos. También se encuentran todos en la misma coalición aunque piensen y actúen de manera diametralmente opuesta en cosas fundamentales. No los une nada fuera del discurso de “La República”. Piensan distinto en temas que dividen aguas: impuestos, tamaño y naturaleza del Estado, aborto, drogas, justicia, planes sociales y un larguísimo rosario de etcéteras.

La clave del líder populista es no definir, porque al dejar ese lugar vacío en el discurso, cada grupo puede completar con sus propias ideas. Según Laclau, quien es indiscutidamente padre y mentor intelectual del populismo, en ese espacio vacío es donde existe la política. Es lo que daría lugar a la acción.

El ocaso populista

Ahora bien: ¿Cuándo hay problemas en los populismos? En primer lugar, cuando el discurso empieza a quedar cada vez más corto respecto a los problemas reales. Cuando ese pueblo que votó realidades, recibe palabras. El enojo crece. La vida se vuelve peor. No hay soluciones, sólo queda relato. En segundo lugar, cuando el líder es forzado a tener que definir cosas y, por lo tanto, muchos de los que se sentían representados, ahora se sienten huérfanos.

Por eso el populismo socialdemócrata de Cambiemos está aterrado con el enojo popular mientras deglute amargamente la foto de Macri con Trump.

El problema principal es que el discurso ya no alcanza. Los ciudadanos estamos enojados, angustiados, frustrados con ambos lados de la grieta, que ellos mismos crearon porque la necesitan para reafirmarse como dignos populismos. Necesitamos más que palabras. Nos cansamos de que ataquen nuestros valores, que promuevan cosas que no nos interesan, que nos impongan su agenda progresista, que vengan a explicarnos el mundo con palabras lindas y políticas públicas nórdicas pero rompan todo lo que amamos a su paso.

Ellos, que tienen títulos y cargos larguísimos, no pueden comprender que una gran mayoría verdaderamente nacional y genuinamente popular no les crea, no los quiera y no los escuche.

Sin más preámbulo, esto que late y se empieza a explicitar en distintas encuestas, en videos virales y en las conversaciones hogareñas, es la derecha popular. Javier Milei ha logrado, nada más y nada menos, que sacarla del clóset. Ha logrado darle voz a millones de argentinos que soportaron que la política gobierne de espaldas al pueblo.

Una mirada simplista dirá que es sólo por la política económica, pero la mirada atenta verá que muchos ciudadanos venimos acumulando otros dolores: promoción del aborto, promoción de las adicciones, lenguaje inclusivo, adoctrinamiento infantil, políticas de género, des-educación pública, bastardeo a los símbolos patrios, entre muchas otras banderas elitistas que nada tienen que ver con el sentir y vivir de la gran mayoría de los argentinos.

Fundamentalmente lo que no se tolera más es la arrogancia de los gobernantes que han hecho del Estado un monstruo que oprime directa o burocráticamente a cada persona y a cada familia. Ya no hablamos de un “Estado presente” sino de un Estado omnipresente, enajenante, persecutorio y sobreideologizado. Esto explica cabalmente, entre otras cosas, este resurgir del conservadurismo o derecha popular que seguirá en alza.

La “casta” verdaderamente tiene miedo: sembró vientos y está cosechando tempestades. Las élites ilustradas rechazan profundamente que el pueblo, que fue despojado de la dignidad del trabajo y de sus propios valores, encuentre hoy una representación política que diga y piense como ellos: La derecha popular encarnada en la figura de Javier Milei.

Hoy no se está alzando un populismo de derecha. Estamos siendo espectadores de cómo dos populismos progresistas, Cambiemos y el kirchnerismo, se disputan los jirones de nuestra golpeada y empobrecida Argentina. Por eso necesitan salir a calificarnos de “algo”. Confundiendo popular con populista, creen que lograrán fabricar un miedo que la sociedad ya no tiene.

El resurgir del conservadurismo popular bajo el paraguas de “Las ideas de la libertad” es una expresión genuina y latente de los valores culturales que otrora hicieron grande a nuestra Nación y, quizás, estemos muy cerca de ver el país pujante, ingenioso, emprendedor y arraigado que supimos ser. ¿Haremos Argentina grande otra vez? No lo sabemos todavía, pero depende de nosotros.

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Francia

Macron: El liberticida que se convirtió en la figura favorita de los “liberales” de izquierda

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El disfraz de un empresario refinado o administrador eficiente, de modales respetuosos, es el arquetipo que enamora al “liberalismo” de izquierda, aunque haga todo lo contrario a la agenda liberal.

A pesar de que llevó la deuda pública y el gasto estatal a niveles históricos, aumentó impuestos, estatizó empresas e impuso una de las cuarentenas más fuertes del mundo, los seguidores de Emmanuel Macron han defendido su gestión como un camino en defensa del liberalismo más riguroso contra el peligro del presunto oscurantismo ultraderechista de Marine Le Pen. Nada más alejado de la realidad.

Para entender qué es el liberalismo de izquierda, sirve lo que el autor argentino Juan José Sebreli, escribió el año pasado en un artículo de la Revista Seúl titulado Por qué soy un liberal de izquierda: “Para nosotros, las minorías de cualquier tipo deberán ser siempre respetadas, porque el liberalismo es justamente el respeto de las elecciones libres, por eso resulta intolerable cuando uno ve a ciertos liberales aliados a católicos, evangelistas, dogmáticos, homófobos, conservadores o directamente a fascistas”.

La democracia liberal gana un respiro”, tituló el diario The Washington Post tras conocerse los resultados de las elecciones en Francia. Según el artículo, triunfó un “elocuente defensor de los valores democráticos liberales”, crítico del “nacionalismo estrecho” y del “autoritarismo”.

Por su parte, en sus redes sociales, el director de fundaciones liberales Alejandro Bongiovanni, escribió que la victoria de Macron es una “discreta satisfacción” porque “el mundo sería peor con un mandato de Le Pen”. En el mismo sentido, la periodista macrista Cristina Pérez, publicó en su cuenta de Twitter que “el triunfo de Macron es un triunfo para el mundo libre”.

Con apenas pinceladas, se observa aparentemente que Macron es esa fuerza menos mala que bloquea a la ultraderecha (la derecha ya no existe, según los medios, hoy sólo tenemos ultraderechas). El economista español liberal Juan Ramón Rallo escribió en el diario La Razón de España que “el problema ahora mismo en Francia sigue siendo el mismo que hace cinco años: la alternativa que tiene Macron enfrente, Le Pen, es peor”.

Parece mentira que el Macron de quienes hablan es el mismo que se animó a decir en enero que a los no vacunados tenía muchas ganas de joderles la vida, para luego imponerles brutales restricciones con pases sanitarios dignos de las peores dictaduras de la humanidad.

Tal testimonio debería haber ahuyentado a aquellos que velan por el respeto de “cualquier minoría”, y de mínima alzar la voz contra una afirmación un tanto autoritaria. Pero no. Si la minoría perseguida no es un grupo LGBT, no pasa nada. No es de ultraderecha ni vacunófobo.

El descaro del presidente francés causó una orgía mediática en los titulares de la prensa progresista, alimentando el deseo pandémico de “joder” a quienes habían elegido no inocularse con experimentos. Eso sí, nadie puso en duda sus “valores democráticos liberales”. Pasó inadvertido por todos.

No fue casual tal aseveración: la política sanitaria de Macron desde el comienzo del coronavirus hace dos años fue la de un estricto confinamiento con duras penas para los infractores. No por nada los franceses enfrentaron una de las cuarentenas más brutales de toda Europa.

Algunos podrán decir que muchos mandatarios impusieron brutales restricciones sanitarias. Es cierto. Pero sus fieles “liberales de izquierda” tampoco pueden agarrarse de las cuestiones económicas.

Macron no ha reformado absolutamente nada del gigantesco y saqueador Estado francés. La enorme carga fiscal y el elevado gasto social caracterizaron su gestión. El gasto público a día de hoy en Francia es de casi 60% del PBI, 3,5 puntos más alto que en 2017, año en que llegó al poder, y más de 5 puntos si comparamos con el año antes de que sea nombrado ministro de Economía.

Aunque niveles estrafalariamente altos de gastos estatales sean lo normal en la prisión impositiva que es la Unión Europea, Francia lidera el ranking entre los países más derrochadores que integran la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). Lo mismo ocurre con la deuda pública, que actualmente está en 112% del PBI, cuando al momento de su asunción era del 97% del PIB.

De hecho, en la campaña, fue Le Pen la que abogó por bajar impuestos, proponiendo reducir del 20% al 5,5% el IVA de combustibles y electricidad, eliminar peajes de autopistas y la tasa audiovisual. Mientras Macron sigue defendiendo una tímida reforma previsional para aumentar la edad jubilatoria que en 5 años jamás se animó a ejecutar, Le Pen proponía una reforma integral con participación del sector privado.

También Macron impulsó una fuerte agenda estatizadora, que empezó a ejecutar en su primer día tras la reelección. Mientras Le Pen había llamado a estatizar empresas en 2017, propuesta que dejó de lado para estas elecciones, el “liberal” de izquierda la tomó sin tapujos.

El enemigo invisible de la “ultraderecha”

La gran ventaja electoral de Macron ha sido una sola. Esta es, como lo está siendo en gran parte del mundo, el terror infundado contra las “ultraderechas”. El disfraz de un empresario refinado o administrador eficiente, de modales respetuosos, es el arquetipo que enamora al “liberalismo” de izquierda.

No importa si sube impuestos, si se burla de las libertades civiles (como fueron las cuarentenas), o si estatiza empresa. Su sola presencia alcanza para frenar un mal mayor. Pero, ¿cuál es ese mal mayor? ¿Un político que alerta sobre el malestar social de una inmigración masiva sin restricciones? ¿Que defiende la autoridad de los padres sobre sus hijos menores de edad contra el Estado? ¿Qué propone reformas más ambiciosas para bajar impuestos?

En Europa lo normal es que antes que un Víctor Orbán húngaro o un Vladimir Putin ruso, es mejor cualquier cosa. En Estados Unidos la sintonía es la misma, y es en ese sentido que se logró ponerle un bozal a Donald Trump. Recientemente, Chile fue un caso de estudio, donde para muchos liberales fue mejor una izquierda extrema (Gabriel Boric) que una supuesta ultraderecha (José Antonio Kast).

En Francia ocurre lo mismo con Le Pen, derrotada en 2017 y ahora en 2022. El propio Macron se mostró sabedor de que ganó gracias a la campaña del miedo que todos los medios ejecutan contra la derecha frente a cada elección importante: “Muchos me votaron para bloquear a la extrema derecha y eso es una obligación para mí”, dijo en su discurso de victoria.

Lo importante ya no es la gestión o incluso la reducción del peso del Estado, hoy lo urgente es impedirle a las derechas llegar al poder, como también lo expresó Angela Merkel cuando surgió el partido nacionalista Alternativa por Alemania (AfD).

Para los “liberales” de izquierda, cada elección ya no es una forma de ponerle límites al Estado benefactor que ha empobrecido a los europeos, su cruzada es contra un enemigo invisible creado por la propia izquierda marxista: el hombre de paja con un cartel que dice ultraderecha.

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