Hay injusticias que el paso del tiempo no las convierte en justas. La permanencia puede volverlas habituales, incorporarlas al paisaje e incluso convencer a generaciones enteras de que aquello que existe necesariamente debe ser legítimo. Pero el tiempo no transforma una agresión original en un derecho. Si así fuera, bastaría conservar durante suficiente tiempo aquello que fue obtenido por la fuerza para convertir cualquier conquista en propiedad.
La cuestión Malvinas obliga a pensar precisamente ese problema. Javier Milei reafirmó el derecho argentino sobre las islas, calificó la controversia como una situación colonial y sostuvo que debe alcanzarse una solución pacífica mediante el diálogo con el Reino Unido. También anunció medidas diplomáticas, económicas, judiciales y legales frente a actividades unilaterales vinculadas con la explotación de recursos en la zona.
Detrás del reclamo aparece una cuestión más profunda. Reconocer una injusticia histórica no significa aceptar cualquier medio para repararla. Esa distinción permite comprender cómo alguien profundamente comprometido con la libertad individual puede cuestionar una ocupación territorial y, al mismo tiempo, rechazar la guerra como mecanismo para revertirla.
Murray Rothbard ofrece una clave interesante. Las fronteras políticas existentes no adquieren legitimidad moral simplemente porque aparezcan dibujadas en un mapa. Muchas nacieron de guerras, conquistas y confiscaciones. Considerar sagrado todo statu quo territorial implicaría aceptar que una agresión exitosa termina creando derechos simplemente porque nadie consiguió revertirla.









