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Opinión

Menem, el legado: A un año de su muerte, desde la convertibilidad hasta nuestros días

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#Opinion Facundo Torres brinda un recuento histórico y una explicación filosófica de los que fueron los años en los que Menem gobernó: Bonanza económica, hedonismo, libertad y una Argentina que encontró su lugar en el mundo.

Brillantes corbatas de seda natural, viajes a Miami, suntuosos trajes cruzados, pizza y champagne. Esos pocos son quizás algunos de los tantos elementos significativos que marcaron una época en la Argentina, una época que representaría un antes y un después para nuestra Nación: Los años 90’. 

En un contexto internacional signado por la transición de un mundo bipolar –capitalismo vs. comunismo– hacia uno globalizado y dominado por los vientos de cambio, Estados Unidos consolidaba su victoria estratégica, así como su posición de única e indiscutida superpotencia. De este modo nacía entonces la necesidad imperiosa de “ordenar” la escena global mediante un acuerdo común para la correcta integración de todas las naciones del mundo en el marco de la economía de mercado. Entra en escena el Consenso de Washington.

En Argentina, el final de la década del 80’ gravitaba en el marco de un panorama desolador: la inestabilidad política y una galopante hiperinflación obligaban al gobierno radical de Raúl Alfonsín a adelantar cinco meses las elecciones presidenciales. El gobierno sostenía la candidatura de Eduardo Angeloz, mientras que el justicialismo había consagrado como candidato un año antes, al gobernador riojano Carlos Saúl Menem. El desenlace del proceso electoral consagra a Menem como presidente electo y, tras la anticipada salida de Alfonsín, el riojano se ve obligado a hacerse cargo de la Argentina el 8 de julio de 1989, 6 meses antes de lo previsto.

El Dr. Menem asume la primera magistratura en medio de un difícil contexto, el mal mayor, la hiperinflación, tardó casi tres años en erradicarse. Sólo tras pruebas y errores fue que a partir de la llegada del Dr. Domingo Felipe Cavallo al Ministerio de Economía en marzo de 1991, la Argentina gozó de estabilidad mediante la nave insigne del nuevo ministro: la convertibilidad, que equiparó el precio del dólar con el del peso argentino. Cavallo contó con la enorme espalda política de Carlos Menem, así como de todo el Congreso Nacional y Poder Judicial de la Nación para llevar adelante el proceso de estabilización.

Dejando de lado la situación histórica, cabe explayarse acerca de “esas cosas” que el gobierno de Carlos Menem marcó a fuego en la Argentina. A punto tal, de que nuestro actual modo de vida o nuestra idiosincrasia aspiracional es puro legado del riojano y, la profundización de esa cultura, así como de determinados instrumentos gubernamentales utilizados para su consolidación, son los que en mi opinión pueden ser de clave ayuda en el proceso de “salir adelante” que la Argentina necesariamente debiera experimentar más temprano que tarde. 

Lejos de una lista taxativa, lo bueno de la dorada década menemista era directamente un modo de vida, una forma de ver y entender el mundo. Se trataba de un conjunto de virtuosos elementos que daban como resultado una dinámica hedonista y de palpable sensación de bonanza. El gobierno entendió que, para lograr la felicidad del pueblo –concepto vertebral del ideario justicialista– era imprescindible la existencia del más amplio marco de libertades posible.

Es por eso que se centraron los esfuerzos en la creación de un verdadero equipo económico con el Dr. Cavallo a la cabeza, que demostraba la capacidad de hacer operativas todas las ideas y los lineamientos gubernativos en pos de esa anhelada libertad económica.

De este modo, muchas cosas que en nuestros días nos parecen básicas y que para 1989 ya lo eran en gran parte del mundo occidental pero que en la Argentina todavía parecían inalcanzables, comienzan a ser posibles de materialización: la televisión, los servicios de telefonía fija y móvil, incluso el correcto funcionamiento del transporte público metropolitano. Todo ello gracias a que la mencionada operatividad del equipo económico dio génesis e impulsó a la consagración de las leyes de Reforma Económica y de Reforma del Estado, que la envergadura política de Menem y los bloques del Congreso pudieron llevar a cabo. 

Es dable destacar que el mencionado marco de libertades y la consecuente vorágine económica tuvieron un perfil popular, “popular de mercado”, como supo decir el entonces presidente. De este modo, fue que la disponibilidad económica pasó a ser común para todas las clases sociales, sin distinción alguna. El menemismo arrasó con el resentimiento ideológico, discursivo. Un presidente que hizo campaña parafraseando un fragmento de un poema de Antonio Esteban Agüero: “por el hambre de los niños pobres, y por la tristeza de los niños ricos”. Una Argentina para todos, sin barreras, inmensa.

En ese marco, es que comenzó un virtuoso proceso de empoderamiento económico natural producto de las inversiones privadas nacionales e internacionales y los pocos obstáculos que ellas encontraban en el suelo argentino, tierra en la cual cada uno podía disponer de su dinero como mejor le conviniese y, fundamentalmente, poseía la garantía de ahorro producto del respaldo cambiario que la convertibilidad ofrecía.

A la hora del retiro también existía la libertad: el sistema de Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones o AFJP que la Reforma Previsional de 1993 había instaurado, permitió ahorrar de modo privado, con garantía de observación de la evolución de los fondos, un canon del sueldo hasta proceder a la jubilación para luego cobrarlo progresivamente, fue en este marco de jubilaciones privadas que por primera vez las arcas estatales no fueron deficitarias en cuanto a materia previsional refiere.

En materia de política exterior, a modo de complementación del gran compendio económico de la política doméstica menemista, se enaltece la siempre vigente imagen del Ingeniero Guido Di Tella, ministro de Relaciones Exteriores desde 1991 hasta 1999.

Bajo su tutela, el gobierno argentino logró trenzar las más vigorosas relaciones internacionales que nuestra Nación vio en toda su historia. La Argentina volvió a ser relevante en el mundo, ello mediante el alineamiento pleno con el eje occidental encabezado por los Estados Unidos de América, pero sin descuidar el resto de vínculos que la República ya poseía.

Las relaciones “carnales” con EE.UU. facilitaron grandes gestos internacionales tales como la entrada de la Argentina en el G-20 o la consagración como Mayor Aliado extra-OTAN por parte del Dpto. de Defensa de los EE.UU. A partir de estas acciones el pueblo argentino cobra noción de que era importante en el mundo, de que ya no éramos ese trozo de tierra al que las potencias ignoraban, sino que lucíamos la más alta de las consideraciones internacionales por parte de ellas. 

El mejor aliado del canciller Di Tella fue el propio presidente: el encanto nato de Menem y su habilidad nata para las relaciones públicas lo convirtieron en una celebridad internacional, sinónimo de protocolo y caballerosidad, pero también de distendimiento y comodidad. Los líderes del mundo disfrutaban de la compañía de Menem y hasta aclamaban su presencia.

Gracias al virtuoso manejo de la política internacional y, complementado con la política doméstica detallada previamente, numerosos productos internacionales ingresaron al mercado argentino, en un pleno marco de libertad de consumo y competencia comercial en el sector privado. 

Resumiendo, la gente tenía dinero en el bolsillo, dinero que no se devaluaba. Los precios no subían, existía el fácil acceso al crédito producto de la confianza que la Argentina generaba en el mundo y para con sus inversores domésticos.

El dólar valía lo mismo que la moneda nacional, había orden y paz, la Argentina era importante y reconocida en el mundo. En otras palabras, imperaba la felicidad en el pueblo, y se sentía en las calles una enorme confianza hacia el modelo que el gobierno y puntualmente el presidente ratificaban día a día con resultados y declaraciones.

El ejercicio del poder político alcanzó su máximo desarrollo de la mano no solo del presidente Menem sino también de otros actores de relevancia como los Dres. Eduardo Menem, presidente provisional del Senado de la Nación y Alberto Pierri, presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, adalides del gobierno en el avance legislativo clave para las reformas; o el Dr. Julio Nazareno, presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que fallo tras fallo refrendaba el rumbo de la transformación y modernización de la Argentina de los 90’.

Grandes cuadros políticos y técnicos como los Dres. Roberto Dromi y Carlos Corach, completaron el gobierno y lo dotaron de una solvencia jurídica de envergadura, que facilitaron el proceso de privatizaciones y contrataciones por parte de la Administración Pública.

Producto de todo lo mencionado, se desarrolla transversalmente de las clases sociales un concepto que bien pudiera resumir a toda la década: el hedonismo. Se define al hedonismo como aquella corriente ética que identifica el bien con el placer, especialmente con el placer sensorial e inmediato, o sea la tendencia a buscar el bienestar de un modo “frívolo”, como los críticos filosóficos de Menem así lo expresaron para referirse al materialismo.

El empoderamiento socio-económico de todas las clases sociales produjo una enorme transformación cultural cuyas vertientes estaban revestidas de hedonismo. El mundo de la televisión y la “farándula”, las revistas de espectáculo, los programas de estilo de vida, los talk show, y toda la gama de contenido televisivo –inclusive los canales desinados únicamente a noticias– surgieron en la década menemista, producto de las transformaciones culturales que la apertura al mundo y el vigor económico traían.

El clima de negocios rebozaba desde los salones de los clubs sociales de cada ciudad y pueblo, hasta los cuantiosos campos de golf que para aquellos entonces abundaban en nuestra Nación y, producto de ello, millonarios desembolsos de capital privado dieron génesis a enormes proyectos inmobiliarios y productivos. Quizás una de las mayores síntesis de los mencionados hechos, fue la consagración de la empresaria Amalia Lacroze de Fortabat como Embajadora Itinerante que, en plena sintonía con el presidente, recorrió el mundo dando testimonio de los nuevos vientos que soplaban en la Argentina.

Sobra mencionar que hubo errores de variable magnitud, nadie pretende negar que el hombre los cometa. Empero, resultaría injusto afirmar que, por dichos errores, el período en que los argentinos ostentamos a Carlos Saúl Menem como primer magistrado hubiere sido opacado o tildado de “malo”. Muy por el contrario, la transformación que Menem llevó a cabo en Argentina no solo la insertó en el mundo y sentó las bases del crecimiento por aquellos años, sino que supo desenmarañar los misterios del ser argentino.

En comunión entre el pueblo y su gobierno, Menem entendió cuáles eran los requisitos de una suerte de “sueño argentino” y los llevó a cabo: estabilidad, seguridad jurídica, acceso a bienes materiales, unión nacional, libertad

Es así como aquel riojano pasó a la historia. Un hombre que sufrió persecución y no buscó la venganza sino la reconciliación, un hombre cuyas raíces lo remontaban a la eterna disputa con el pueblo hebreo y, por su abrazo hacia éste y a otros pueblos –el armenio, por ejemplo– debió pagar con la sangre de su pueblo. Un riojano que, lejos de amedrentarse por su origen caudillo “fuera de escena”, venció todas las barreras y obstáculos para encontrarse en comunión con su destino y que, ya en el ocaso de sus días batalló con los destratos de la demonización mediática y judicial.

Un hombre que pese a todo lo negativo que se le endilgó, siempre buscó la felicidad para sus conciudadanos. Un hombre a quien la historia, más temprano que tarde, terminará por reivindicar. Se reivindicará lo que hizo. Menem lo hizo. 

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El terrorismo legislativo feminista de la Triple E: Estalinismo, Estupidez, Elitismo

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La ola de propuestas de legislación en favor de promover la agenda feminista en la sociedad tiene una explicación en los tres pilares que sostienen la organización estatal y paraestatal de género.

En el plazo de 48 horas, por el Congreso han entrado dos nuevos proyectos de ampliación de la Ley Micaela, uno para decretar la obligatoriedad de la capacitación de género para estudiar cualquier carrera universitaria o terciaria y otro para obligar a todos los directivos y dirigentes de los clubes de AFA a ser adoctrinados anualmente. Asimismo, la Ministra de Género junto a la Senadora Catalfamo, realizó una jornada sobre la Ley de Gestión Menstrual con distintas activistas del colectivo feminista. Todo esto solo en cuarenta y ocho horas.

Cualquiera pensaría que en Argentina faltan problemas o sobran recursos. Lo que evidentemente abunda es un ejército de personas dedicadas a la politiquería barata. Nos sobran prebendas y nos sobra paciencia, porque vienen destruyendo todo a su paso hace años.

Ya vimos a la ministra Gomez Alcorta capacitar a los diputados denunciando cosas tales como que “hoy todavía muchísimos utilizan el concepto de ‘mi mujer’ para referirse a su compañera o a su esposa, o a su pareja” o solicitando que “esperamos que no sea más llamado Cámara de Diputados porque llevó ese nombre cuando solamente eran diputados”. La agenda de la Ministra tiene un nivel de urgencia realmente abrumador, ¿no?

Por eso se percibe en el aire que hace años estamos a merced del terrorismo psicológico, cultural y económico de una organización estatal y paraestatal de género: la Triple E. Cada sigla es programática, es un norte de acción. Porque nada se presenta o se hace sin pasar por el filtro de la “orga”.

Estalinismo

Cada proyecto necesita ser lo más ideológicamente perverso y obligatorio posible. La izquierda de antaño vendía o regalaba libros, popularizando sus ideas a través de la distribución masiva de contenido marxista. Ahora parecería que no hay tiempo para eso, nadie quiere leer. Por lo tanto, hay que utilizar con toda violencia la fuerza estatal para que las ideas entren hasta con tirabuzón en cada cabeza más o menos apta para recibirlas.

No es casual que vayan por los pocos alumnos argentinos que logran llegar a la educación superior, ya que en una batalla de ideas son los pocos que podrán (o no) sostener ideológicamente al régimen político “de la orga” de género.

Vale mencionar que el feminismo de género es descrito por Judith Butler, filósofa y principal referente en la materia, en su bestseller “El género en disputa” como una teoría política, no como una teoría sociológica o un cambio cultural por la vida y la dignidad de las mujeres o el colectivo LGBT+.

Ya no alcanza que en los distintos niveles del Estado, donde hay más de tres millones y medio de personas trabajando, sea obligatorio capacitarse en cuestiones de género en función de una ideología impuesta por un colectivo. No. Ahora van por los estudiantes que ya han sido machacados con estos contenidos durante el secundario a través de la ESI.

Aproximadamente la mitad de los alumnos que egresan anualmente del secundario se inscriben en carreras de pregrado o grado y sólo 1 de cada 4 culmina los estudios superiores. No es casual que quieran imponer la capacitación como condición de ingreso, ya que cuadruplican el alcance que tendrían si lo exigieran para recibirse. Más es más para el dogma estalinista.

Estupidez

La etimología de la palabra “estupidez” nos lleva al verbo latino stupere que quiere decir quedar paralizado o aturdido, o sea, quedar fuera de juego.

Con este tipo de iniciativas realmente podemos sentirnos condenados por la clase dirigente a quedar absolutamente inmovilizados, golpeados, aturdidos ante la realidad que pega, y pega fuerte, mientras estamos quietitos discutiendo a quiénes obligamos a ser adoctrinados aquí o allá.

El feminismo se ha transformado en el perro del Hortelano de la política, no hacen nada por los problemas concretos de nadie y tampoco dejan hacer, encadenando recursos y tiempo de debate público en planteos inconducentes. Han transformado al Congreso en un teatro de operaciones para conseguir caja y prebendas. Mucha rosca, mucho tiempo y mucha plata dedicada a fortalecer causas sobrerrepresentadas en el ámbito legislativo.

Elitismo

El bochorno se agudiza si pensamos el contexto, sólo el 14% de los jóvenes de entre 25 y 29 años ha finalizado una carrera universitaria en Argentina. Es decir, ser un joven profesional es prácticamente un privilegio. A esa minoría privilegiada intelectual y/o económicamente se le dedica gran parte del tiempo y la atención de la agenda.

Es sujeto y objeto de la imposición cultural de género, de la discusión sobre las copas menstruales y de delirios varios. Son quienes, normalmente, acceden a los puestos de dirección de los distintos sectores económicos.

Cualquiera pensaría que el fútbol implica acercarse a un sector popular pero ¿a quién le cabe dudas que es una industria millonaria? Los contenidos de la triple E son absurdos en contextos populares, no cuajan. Por eso sus cañones están apuntados a las élites tanto intelectuales como económicas.

Así vivimos en el medio de una brecha de agenda cada vez más grande, élites progresistas que vociferan que “amplían derechos” cada vez que consiguen un nuevo capricho cubierto por la prepaga mientras, hipócritamente, gastan el dinero de los pobres en hegemonizar culturalmente a la sociedad con jornadas, capacitaciones y leyes de cumplimiento obligatorio.

El ahogo social de sentirse atrapado en este laberinto se transforma en indignación y recelo. Según la encuesta publicada este año por la Universidad de San Andrés, el movimiento feminista tiene un 59% de imagen negativa, siendo un 14% mala y un 45% muy mala. Este divorcio de la clase dirigente parecería profundizar cada vez más el hartazgo social. Aunque el kiosko elitista de la Triple E pareciera no tener fin, la realidad golpea cada vez más fuerte las puertas de una dirigencia que no da señales de acusar recibo.

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Opinión

Libertad es responsabilidad y prohibir la portación de armas agrava el problema de la inseguridad

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El tiroteo en Texas no debe correr el eje de la discusión: cuando un delincuente está a punto de atacarte, tener un arma puede salvarte la vida. La protección de nuestras vidas es un derecho y no debe seguir postergándose.

El debate sobre la portación de armas volvió a estar en el centro de la escena después de que un asesino perpetrara un tiroteo en una escuela en Texas, donde murieron 19 estudiantes y dos maestros. Se trata de un debate que, a esta altura, pareciera no tener asidero en la realidad argentina: continuar con la tradicional regulación prohibicionista en un país con una de las tasas de homicidios más altas del mundo es seguir golpeándonos la cabeza contra la pared

Como ex soldado de las Fuerzas Especiales de Israel y actual habitante de los Estados Unidos, tengo armas, las usé y volvería a hacerlo. Cuando un delincuente armado está a segundos de atacarte y la policía está a minutos de llegar, tener un arma puede salvarte la vida. La cuestión de fondo no es “armas sí – armas no”, sino cómo regular su tenencia para que sea utilizada de manera correcta para la defensa personal. Una discusión que, en un país con ciudades como Rosario, donde según el Observatorio de Seguridad Pública de Santa Fe se comete un crimen cada 30 horas, no puede seguir postergándose.

La protección y la defensa no solo de nuestras vidas, sino también de nuestra propiedad material, es un derecho primario. Es por este motivo que prohibir su portación va en contra de las libertades individuales: cada ciudadano debe ser capaz de poder elegir qué derechos ejerce libremente, sin ser juzgado por ello. De esta manera, se le quitaría poder relativo al Estado, que es el que tiene el monopolio de la violencia y no sabe cómo ejercerla porque, lo dicho, los índices de homicidios en la Argentina no paran de crecer.

Por supuesto, libertad es responsabilidad y la tenencia de armas se debe hacer bajo un modo reglamentado y bien administrado, ya que asesinos como el que cometió el repudiable y lamentable crimen en Texas hay en todo el mundo. Pero esto no debe correr el eje de la discusión: prohibir la portación de armas no implica que haya menos en circulación y que no se cometan los asesinatos. La prohibición no termina con el problema; por el contrario, lo agrava.

Some Texas gun groups oppose a state-funded safety campaign. Not the NRA. |  The Texas Tribune
Rifles en exhibición en McBride’s Gun Inc. en Austin, Texas.

La gran mayoría de los crímenes con armas de fuego son cometidos por armas que fueron adquiridas en el circuito ilegal. Con esto quiero decir que con leyes de control de armas o sin ellas, los criminales seguirán estando armados y seguirán cometiendo los crímenes. Solo que con la reglamentación actual los ciudadanos de bien, pacíficos y trabajadores están completamente indefensos ante los asesinos, sin posibilidad siquiera de disuadirlos.

A esto hay que sumarle dos factores extra. Por un lado, la Justicia ineficiente de la Argentina que no condena a los que tiene que condenar y deja libres a los que no hacen un uso correcto de las armas. Por el otro, las fuerzas de seguridad que, a pesar de las buenas intenciones que puedan tener, suelen llegar tarde muy tarde ante hechos de inseguridad

Hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes demuestra una falta de sensatez enorme. Sin ir más lejos, tomemos el ejemplo de Uruguay con la marihuana: al analizar cuánto dinero y recursos públicos se destinaron a la penalización y represión del consumo de la droga se dieron cuenta de que lo mejor era legalizarla. Fueron pioneros en la región con el objetivo de terminar con el mercado negro y mejorar la salud de la población. La guerra contra las drogas y la represión demostró que, lejos de resolver el problema, solo generaba uno nuevo porque aumentaba la violencia y no cesaba la producción, el tráfico ni el consumo. Con las armas sucede exactamente lo mismo

En este contexto, no debemos restarle importancia a lo que ha representado la tenencia de armas para la historia democrática de los Estados Unidos. La Primera Enmienda dejó en claro la importancia de la libertad de expresión en el país, mientras que la Segunda Enmienda decretó la protección de la tenencia de armas como un derecho fundamental. Este factor brinda la posibilidad al pueblo de defenderse en caso de que un Gobierno no respete lo que dicta la Constitución.

Puede el lector, a partir de este análisis, comprender por qué los grandes regímenes totalitarios que tuvieron lugar a lo largo de la Historia (Fidel Castro, Mao Tse Tung, Adolf Hitler, Benito Mussolini) ni bien llegaron al poder se encargaron de desarmar al pueblo. Estados Unidos es la democracia más larga del mundo, nunca tuvo un golpe de Estado, porque el ejército más grande del mundo es el Gobierno de los Estados Unidos, y el segundo ejército más grande del mundo son los norteamericanos. El pueblo estadounidense tiene más armas que todos los otros ejércitos del mundo, entonces es inconquistable, y siempre será independiente.

Dicho sea de paso, cada Estado tiene su propia reglamentación y Washington D.C., el distrito con regulaciones más estrictas, es casualmente el que detenta la tasa de homicidios relacionados con armas de fuego más alta del país, según un estudio del Institute for Health Metrics and Evaluation (IHME) de 2019.

Por su parte, Israel, país donde aprendí a usar un arma de manera responsable, hace pocos años relajó sus leyes de control de armas, lo que permitió que hasta 500.000 ciudadanos posean una, con la esperanza de que una población mejor armada pudiera defenderse mejor de los ataques terroristas. El camino que debemos seguir los argentinos para defendernos de los ataques de la inseguridad.

El ciudadano de bien puede portar armas y no comete delitos, pero a un delincuente que comete crímenes mucho más graves que una tenencia ilegal de armas, como robo y asesinato, no le importa que le digan que no puede usar un arma. Va a matar igual. Por lo tanto, lo único que permite la prohibición es que el hombre que quiere usar el arma exclusivamente para defenderse no pueda tener una herramienta legítima para hacerlo.

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Argentina

La competencia desleal del Estado ha dejado a la Argentina sin crédito para el sector privado

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La falta de crédito para el sector privado es uno de los principales problemas que le ponen un tope al crecimiento económico del país. Por cada $10 en el sistema bancario, $9 están colocados en el Estado.

Uno de los principales señalados por parte del establishment político a la hora de intentar perpetuar el sistema en el que el país está sumergido, es el sistema financiero nacional e internacional.

Dentro de las numerosas críticas que sectores principalmente de izquierda hacen de la banca, una de las cosas que destaca es la virtual inexistencia de créditos por parte del sistema financiero a familias y sobre todo a empresas PyMEs.

En este planteo se construye uno de los tantos enemigos que el relato necesita para distraer de las deficiencias propias y se lo encarna en un defectuoso accionar del sistema financiero nacional.

En este relato construido no solo por el gobierno nacional, sino también gran parte de la oposición, se presenta a las sociedades de bolsa y sobre todo a los bancos como empresas altamente especulativas que lucran con el sufrimiento de la sociedad al limitar el crédito de forma consciente.

En esta línea de pensamiento, la falta de crédito al sector privado, algo que impide el desarrollo de las empresas privadas o la adquisición de bienes durables por parte de las familias, es sólo la contracara de una estrategia de mercado altamente beneficiosa para este grupo de empresas que obtienen ganancias extraordinarias con el perjuicio del resto de la sociedad.

No es entonces raro que algunos discursos de los partidos de extrema izquierda propongan la nacionalización de la banca con el objetivo de poner fin a este comportamiento supuestamente prebendario e inescrupuloso. Lo cierto que es que, nuevamente y a pesar de los esfuerzos de estos sectores gobernantes por aparentar lo opuesto, la realidad dista mucho de ser como ellos la pintan.

Cuando analizamos el caso del crédito en nuestro país, podemos ver en primer lugar que las tasas de ahorro bruto sobre PBI supera el de países como Brasil y que la diferencia con otros como Estados Unidos es muy baja. Mientras que el promedio de inversión bruta nacional desde 1990 hasta el 2020, según datos del BM, fue del 16,30%, el caso brasileño y norteamericano registra cifras de 16,15% y 18,57%.

En principio estos números nos hablan de que la causa de tan marcado desenvolvimiento entre el mercado de crédito local y el de estos dos países no estriba en la falta de ahorro por parte de la sociedad argentina.

Si bien es cierto que el ahorrista argentino, producto de una constante malversación de la moneda nacional por parte del BCRA, tiene parte de su capital colocado en moneda extranjera fuera del sistema bancario, nuevamente cuando comparamos los ratios de crédito en función de depósitos desde el año 2010, vemos que en la gran mayoría del período los primeros no llegaron a representar más de un 60% de los segundos. Esto quiere decir que existe un segundo jugador que acapara el ahorro nacional.

Stock de depósitos y crédito privado en millones de pesos corrientes.

Si analizamos en profundidad, es lógico concluir que para un banco comercial, el riesgo de colocar el ahorro de los depositantes en encajes remunerados del BCRA o prestar el dinero en Letras de corto plazo como LECER o LEDES es una decisión de construcción de cartera más eficiente y rentable que colocar ese dinero en préstamos a tasa activa a un sector privado extremadamente golpeado por las medidas regulatorias y fiscales que el propio gobierno toma.

Esta competencia desleal, entre un sector público fuertemente necesitado de financiamiento y dispuesto a pagar altas tasas a plazos relativamente cortos y con condiciones beneficiosas para los acreedores, afecta sin dudas a la posibilidad de conseguir financiación del sector privado. Hoy en día por cada $10 que se encuentran depositados en el sistema bancario argentino, $9 están colocados en instrumentos de deuda emitidos por el Estado Nacional o el BCRA.

Ahora bien, esta necesidad de financiación desmedida por parte del sector público lleva a una competencia en la que el Estado genera un aumento de la tasa de interés a bajo riesgo para acaparar los excedentes del sistema financiero.

En ese proceso de crowding out la imposibilidad de competir por parte de las empresas y familias que componen el sector privado con las condiciones que impone el sector público, lleva a una virtual inexistencia del crédito privado en un país en el que el crecimiento económico se encuentra estancado desde hace más de 10 años.

Este mecanismo perjudicial, es el que termina no solo explicando la falta de crédito al sector privado, sino también la virtual imposibilidad de las empresas de poder financiar un crecimiento de producción a partir de canalizar parte del ahorro nacional.

Con lo cual, podemos ver que no es la falta de ahorro la que limita la inversión, sino la competencia que ejerce el sector público para financiar los crecientes déficits fiscales, los que terminan absorbiendo ese ahorro al ofrecer mejores condiciones crediticias al capital.


Por Ignacio Zorzoli, para La Derecha Diario.

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