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Opinión

Menem, el legado: A un año de su muerte, desde la convertibilidad hasta nuestros días

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#Opinion Facundo Torres brinda un recuento histórico y una explicación filosófica de los que fueron los años en los que Menem gobernó: Bonanza económica, hedonismo, libertad y una Argentina que encontró su lugar en el mundo.

Brillantes corbatas de seda natural, viajes a Miami, suntuosos trajes cruzados, pizza y champagne. Esos pocos son quizás algunos de los tantos elementos significativos que marcaron una época en la Argentina, una época que representaría un antes y un después para nuestra Nación: Los años 90’. 

En un contexto internacional signado por la transición de un mundo bipolar –capitalismo vs. comunismo– hacia uno globalizado y dominado por los vientos de cambio, Estados Unidos consolidaba su victoria estratégica, así como su posición de única e indiscutida superpotencia. De este modo nacía entonces la necesidad imperiosa de “ordenar” la escena global mediante un acuerdo común para la correcta integración de todas las naciones del mundo en el marco de la economía de mercado. Entra en escena el Consenso de Washington.

En Argentina, el final de la década del 80’ gravitaba en el marco de un panorama desolador: la inestabilidad política y una galopante hiperinflación obligaban al gobierno radical de Raúl Alfonsín a adelantar cinco meses las elecciones presidenciales. El gobierno sostenía la candidatura de Eduardo Angeloz, mientras que el justicialismo había consagrado como candidato un año antes, al gobernador riojano Carlos Saúl Menem. El desenlace del proceso electoral consagra a Menem como presidente electo y, tras la anticipada salida de Alfonsín, el riojano se ve obligado a hacerse cargo de la Argentina el 8 de julio de 1989, 6 meses antes de lo previsto.

El Dr. Menem asume la primera magistratura en medio de un difícil contexto, el mal mayor, la hiperinflación, tardó casi tres años en erradicarse. Sólo tras pruebas y errores fue que a partir de la llegada del Dr. Domingo Felipe Cavallo al Ministerio de Economía en marzo de 1991, la Argentina gozó de estabilidad mediante la nave insigne del nuevo ministro: la convertibilidad, que equiparó el precio del dólar con el del peso argentino. Cavallo contó con la enorme espalda política de Carlos Menem, así como de todo el Congreso Nacional y Poder Judicial de la Nación para llevar adelante el proceso de estabilización.

Dejando de lado la situación histórica, cabe explayarse acerca de “esas cosas” que el gobierno de Carlos Menem marcó a fuego en la Argentina. A punto tal, de que nuestro actual modo de vida o nuestra idiosincrasia aspiracional es puro legado del riojano y, la profundización de esa cultura, así como de determinados instrumentos gubernamentales utilizados para su consolidación, son los que en mi opinión pueden ser de clave ayuda en el proceso de “salir adelante” que la Argentina necesariamente debiera experimentar más temprano que tarde. 

Lejos de una lista taxativa, lo bueno de la dorada década menemista era directamente un modo de vida, una forma de ver y entender el mundo. Se trataba de un conjunto de virtuosos elementos que daban como resultado una dinámica hedonista y de palpable sensación de bonanza. El gobierno entendió que, para lograr la felicidad del pueblo –concepto vertebral del ideario justicialista– era imprescindible la existencia del más amplio marco de libertades posible.

Es por eso que se centraron los esfuerzos en la creación de un verdadero equipo económico con el Dr. Cavallo a la cabeza, que demostraba la capacidad de hacer operativas todas las ideas y los lineamientos gubernativos en pos de esa anhelada libertad económica.

De este modo, muchas cosas que en nuestros días nos parecen básicas y que para 1989 ya lo eran en gran parte del mundo occidental pero que en la Argentina todavía parecían inalcanzables, comienzan a ser posibles de materialización: la televisión, los servicios de telefonía fija y móvil, incluso el correcto funcionamiento del transporte público metropolitano. Todo ello gracias a que la mencionada operatividad del equipo económico dio génesis e impulsó a la consagración de las leyes de Reforma Económica y de Reforma del Estado, que la envergadura política de Menem y los bloques del Congreso pudieron llevar a cabo. 

Es dable destacar que el mencionado marco de libertades y la consecuente vorágine económica tuvieron un perfil popular, “popular de mercado”, como supo decir el entonces presidente. De este modo, fue que la disponibilidad económica pasó a ser común para todas las clases sociales, sin distinción alguna. El menemismo arrasó con el resentimiento ideológico, discursivo. Un presidente que hizo campaña parafraseando un fragmento de un poema de Antonio Esteban Agüero: “por el hambre de los niños pobres, y por la tristeza de los niños ricos”. Una Argentina para todos, sin barreras, inmensa.

En ese marco, es que comenzó un virtuoso proceso de empoderamiento económico natural producto de las inversiones privadas nacionales e internacionales y los pocos obstáculos que ellas encontraban en el suelo argentino, tierra en la cual cada uno podía disponer de su dinero como mejor le conviniese y, fundamentalmente, poseía la garantía de ahorro producto del respaldo cambiario que la convertibilidad ofrecía.

A la hora del retiro también existía la libertad: el sistema de Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones o AFJP que la Reforma Previsional de 1993 había instaurado, permitió ahorrar de modo privado, con garantía de observación de la evolución de los fondos, un canon del sueldo hasta proceder a la jubilación para luego cobrarlo progresivamente, fue en este marco de jubilaciones privadas que por primera vez las arcas estatales no fueron deficitarias en cuanto a materia previsional refiere.

En materia de política exterior, a modo de complementación del gran compendio económico de la política doméstica menemista, se enaltece la siempre vigente imagen del Ingeniero Guido Di Tella, ministro de Relaciones Exteriores desde 1991 hasta 1999.

Bajo su tutela, el gobierno argentino logró trenzar las más vigorosas relaciones internacionales que nuestra Nación vio en toda su historia. La Argentina volvió a ser relevante en el mundo, ello mediante el alineamiento pleno con el eje occidental encabezado por los Estados Unidos de América, pero sin descuidar el resto de vínculos que la República ya poseía.

Las relaciones “carnales” con EE.UU. facilitaron grandes gestos internacionales tales como la entrada de la Argentina en el G-20 o la consagración como Mayor Aliado extra-OTAN por parte del Dpto. de Defensa de los EE.UU. A partir de estas acciones el pueblo argentino cobra noción de que era importante en el mundo, de que ya no éramos ese trozo de tierra al que las potencias ignoraban, sino que lucíamos la más alta de las consideraciones internacionales por parte de ellas. 

El mejor aliado del canciller Di Tella fue el propio presidente: el encanto nato de Menem y su habilidad nata para las relaciones públicas lo convirtieron en una celebridad internacional, sinónimo de protocolo y caballerosidad, pero también de distendimiento y comodidad. Los líderes del mundo disfrutaban de la compañía de Menem y hasta aclamaban su presencia.

Gracias al virtuoso manejo de la política internacional y, complementado con la política doméstica detallada previamente, numerosos productos internacionales ingresaron al mercado argentino, en un pleno marco de libertad de consumo y competencia comercial en el sector privado. 

Resumiendo, la gente tenía dinero en el bolsillo, dinero que no se devaluaba. Los precios no subían, existía el fácil acceso al crédito producto de la confianza que la Argentina generaba en el mundo y para con sus inversores domésticos.

El dólar valía lo mismo que la moneda nacional, había orden y paz, la Argentina era importante y reconocida en el mundo. En otras palabras, imperaba la felicidad en el pueblo, y se sentía en las calles una enorme confianza hacia el modelo que el gobierno y puntualmente el presidente ratificaban día a día con resultados y declaraciones.

El ejercicio del poder político alcanzó su máximo desarrollo de la mano no solo del presidente Menem sino también de otros actores de relevancia como los Dres. Eduardo Menem, presidente provisional del Senado de la Nación y Alberto Pierri, presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, adalides del gobierno en el avance legislativo clave para las reformas; o el Dr. Julio Nazareno, presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que fallo tras fallo refrendaba el rumbo de la transformación y modernización de la Argentina de los 90’.

Grandes cuadros políticos y técnicos como los Dres. Roberto Dromi y Carlos Corach, completaron el gobierno y lo dotaron de una solvencia jurídica de envergadura, que facilitaron el proceso de privatizaciones y contrataciones por parte de la Administración Pública.

Producto de todo lo mencionado, se desarrolla transversalmente de las clases sociales un concepto que bien pudiera resumir a toda la década: el hedonismo. Se define al hedonismo como aquella corriente ética que identifica el bien con el placer, especialmente con el placer sensorial e inmediato, o sea la tendencia a buscar el bienestar de un modo “frívolo”, como los críticos filosóficos de Menem así lo expresaron para referirse al materialismo.

El empoderamiento socio-económico de todas las clases sociales produjo una enorme transformación cultural cuyas vertientes estaban revestidas de hedonismo. El mundo de la televisión y la “farándula”, las revistas de espectáculo, los programas de estilo de vida, los talk show, y toda la gama de contenido televisivo –inclusive los canales desinados únicamente a noticias– surgieron en la década menemista, producto de las transformaciones culturales que la apertura al mundo y el vigor económico traían.

El clima de negocios rebozaba desde los salones de los clubs sociales de cada ciudad y pueblo, hasta los cuantiosos campos de golf que para aquellos entonces abundaban en nuestra Nación y, producto de ello, millonarios desembolsos de capital privado dieron génesis a enormes proyectos inmobiliarios y productivos. Quizás una de las mayores síntesis de los mencionados hechos, fue la consagración de la empresaria Amalia Lacroze de Fortabat como Embajadora Itinerante que, en plena sintonía con el presidente, recorrió el mundo dando testimonio de los nuevos vientos que soplaban en la Argentina.

Sobra mencionar que hubo errores de variable magnitud, nadie pretende negar que el hombre los cometa. Empero, resultaría injusto afirmar que, por dichos errores, el período en que los argentinos ostentamos a Carlos Saúl Menem como primer magistrado hubiere sido opacado o tildado de “malo”. Muy por el contrario, la transformación que Menem llevó a cabo en Argentina no solo la insertó en el mundo y sentó las bases del crecimiento por aquellos años, sino que supo desenmarañar los misterios del ser argentino.

En comunión entre el pueblo y su gobierno, Menem entendió cuáles eran los requisitos de una suerte de “sueño argentino” y los llevó a cabo: estabilidad, seguridad jurídica, acceso a bienes materiales, unión nacional, libertad

Es así como aquel riojano pasó a la historia. Un hombre que sufrió persecución y no buscó la venganza sino la reconciliación, un hombre cuyas raíces lo remontaban a la eterna disputa con el pueblo hebreo y, por su abrazo hacia éste y a otros pueblos –el armenio, por ejemplo– debió pagar con la sangre de su pueblo. Un riojano que, lejos de amedrentarse por su origen caudillo “fuera de escena”, venció todas las barreras y obstáculos para encontrarse en comunión con su destino y que, ya en el ocaso de sus días batalló con los destratos de la demonización mediática y judicial.

Un hombre que pese a todo lo negativo que se le endilgó, siempre buscó la felicidad para sus conciudadanos. Un hombre a quien la historia, más temprano que tarde, terminará por reivindicar. Se reivindicará lo que hizo. Menem lo hizo. 

Opinión

La Libertad Avanza y el fenómeno Milei: ¿Populismo de derecha o derecha popular?

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El explosivo crecimiento de Javier Milei en las encuestas llevó a muchos periodistas y políticos a llamarlo despectivamente como un “populista de derecha”, pero ¿qué verdaderamente representa el diputado libertario?

Mucho se está hablando de un ascenso inminente de un populismo de derecha liderado por Javier Milei. Sin ir más lejos, la ex-gobernadora de la Provincia de Buenos Aires y actual Diputada Nacional por CABA, María Eugenia Vidal, no se cansa de repetirlo cada vez que aparece en los medios masivos de comunicación.

El problema aparece cuando se pide una definición de populismo, aunque sea chapucera. Ahí todos los iluminados que vienen a explicarnos cuántos pares son tres botas -desde algún canal de televisión- hacen agua. Hay sólo dos opciones: o no saben, o no quieren responder.

¿Qué es y qué no es el populismo?

Intentemos desenredar este asunto: ¿Qué hace que Gerardo Morales o Martín Lousteau se encuentren en el mismo espacio político que Ricardo Lopez Murphy o Patricia Bullrich? ¿Alcanza sólo con las expectativas de poder?

Todos sabemos que en política no siempre 1+1 es igual a 2, porque sumar a dos distintos muchas veces puede hacer que el votante no se quede ni con uno ni con el otro cuando éstos están juntos. Lo que logra el populismo es encontrar en el discurso, a través de significantes vacíos, un factor unificante para lograr la hegemonía con el fin de que un único líder sea quien llegue al poder. El verdadero líder populista es el que logra venderle a los distintos sectores que puede representarlos a todos.

Ahora bien, esta hegemonía necesita un enemigo común. Necesita confrontar con alguien (persona o grupo) a nivel discursivo que será la anti-identidad.

El populismo no es un conjunto de medidas económicas aunque haya ciertas características comunes. El populismo no sólo es una estrategia electoral. El populismo, bajo ningún concepto, es un sinónimo de popular. Es mucho más.

Es olvidarse de que la política es praxis y que la realidad manda. Es cambiar la realidad por un relato. El populismo, en resumidas cuentas, no cree en la política de las cosas, cree sólo en sí mismo porque iguala política a discurso y discurso a poder.

El discurso utiliza los significantes vacíos que son estos elementos del lenguaje que tienen potencialmente distintas interpretaciones a nivel cultural. Ejemplos sobran: Patria, dictadura, felicidad, democracia, autoridad, justicia, incluso libertad o república.

Acá hay una diferencia fundamental con un líder popular ya que éste une a los similares en un proyecto político común. En la esencia del populismo está aglutinar gente que no tiene nada que ver ideológicamente entre sí. Es decir, encontraremos un peronista del interior muy tradicional y conservador unido a un cuarentón porteño progre de La Cámpora unidos bajo el significante vacío de la “Soberanía Nacional”. Ninguno piensa lo mismo de la Soberanía Nacional, es más, probablemente piensen cosas absolutamente diferentes.

Estos referentes que intentan instalar la grieta entre “populistas” y “antipopulistas” dicen defender la República o los valores republicanos. También se encuentran todos en la misma coalición aunque piensen y actúen de manera diametralmente opuesta en cosas fundamentales. No los une nada fuera del discurso de “La República”. Piensan distinto en temas que dividen aguas: impuestos, tamaño y naturaleza del Estado, aborto, drogas, justicia, planes sociales y un larguísimo rosario de etcéteras.

La clave del líder populista es no definir, porque al dejar ese lugar vacío en el discurso, cada grupo puede completar con sus propias ideas. Según Laclau, quien es indiscutidamente padre y mentor intelectual del populismo, en ese espacio vacío es donde existe la política. Es lo que daría lugar a la acción.

El ocaso populista

Ahora bien: ¿Cuándo hay problemas en los populismos? En primer lugar, cuando el discurso empieza a quedar cada vez más corto respecto a los problemas reales. Cuando ese pueblo que votó realidades, recibe palabras. El enojo crece. La vida se vuelve peor. No hay soluciones, sólo queda relato. En segundo lugar, cuando el líder es forzado a tener que definir cosas y, por lo tanto, muchos de los que se sentían representados, ahora se sienten huérfanos.

Por eso el populismo socialdemócrata de Cambiemos está aterrado con el enojo popular mientras deglute amargamente la foto de Macri con Trump.

El problema principal es que el discurso ya no alcanza. Los ciudadanos estamos enojados, angustiados, frustrados con ambos lados de la grieta, que ellos mismos crearon porque la necesitan para reafirmarse como dignos populismos. Necesitamos más que palabras. Nos cansamos de que ataquen nuestros valores, que promuevan cosas que no nos interesan, que nos impongan su agenda progresista, que vengan a explicarnos el mundo con palabras lindas y políticas públicas nórdicas pero rompan todo lo que amamos a su paso.

Ellos, que tienen títulos y cargos larguísimos, no pueden comprender que una gran mayoría verdaderamente nacional y genuinamente popular no les crea, no los quiera y no los escuche.

Sin más preámbulo, esto que late y se empieza a explicitar en distintas encuestas, en videos virales y en las conversaciones hogareñas, es la derecha popular. Javier Milei ha logrado, nada más y nada menos, que sacarla del clóset. Ha logrado darle voz a millones de argentinos que soportaron que la política gobierne de espaldas al pueblo.

Una mirada simplista dirá que es sólo por la política económica, pero la mirada atenta verá que muchos ciudadanos venimos acumulando otros dolores: promoción del aborto, promoción de las adicciones, lenguaje inclusivo, adoctrinamiento infantil, políticas de género, des-educación pública, bastardeo a los símbolos patrios, entre muchas otras banderas elitistas que nada tienen que ver con el sentir y vivir de la gran mayoría de los argentinos.

Fundamentalmente lo que no se tolera más es la arrogancia de los gobernantes que han hecho del Estado un monstruo que oprime directa o burocráticamente a cada persona y a cada familia. Ya no hablamos de un “Estado presente” sino de un Estado omnipresente, enajenante, persecutorio y sobreideologizado. Esto explica cabalmente, entre otras cosas, este resurgir del conservadurismo o derecha popular que seguirá en alza.

La “casta” verdaderamente tiene miedo: sembró vientos y está cosechando tempestades. Las élites ilustradas rechazan profundamente que el pueblo, que fue despojado de la dignidad del trabajo y de sus propios valores, encuentre hoy una representación política que diga y piense como ellos: La derecha popular encarnada en la figura de Javier Milei.

Hoy no se está alzando un populismo de derecha. Estamos siendo espectadores de cómo dos populismos progresistas, Cambiemos y el kirchnerismo, se disputan los jirones de nuestra golpeada y empobrecida Argentina. Por eso necesitan salir a calificarnos de “algo”. Confundiendo popular con populista, creen que lograrán fabricar un miedo que la sociedad ya no tiene.

El resurgir del conservadurismo popular bajo el paraguas de “Las ideas de la libertad” es una expresión genuina y latente de los valores culturales que otrora hicieron grande a nuestra Nación y, quizás, estemos muy cerca de ver el país pujante, ingenioso, emprendedor y arraigado que supimos ser. ¿Haremos Argentina grande otra vez? No lo sabemos todavía, pero depende de nosotros.

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Francia

Macron: El liberticida que se convirtió en la figura favorita de los “liberales” de izquierda

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El disfraz de un empresario refinado o administrador eficiente, de modales respetuosos, es el arquetipo que enamora al “liberalismo” de izquierda, aunque haga todo lo contrario a la agenda liberal.

A pesar de que llevó la deuda pública y el gasto estatal a niveles históricos, aumentó impuestos, estatizó empresas e impuso una de las cuarentenas más fuertes del mundo, los seguidores de Emmanuel Macron han defendido su gestión como un camino en defensa del liberalismo más riguroso contra el peligro del presunto oscurantismo ultraderechista de Marine Le Pen. Nada más alejado de la realidad.

Para entender qué es el liberalismo de izquierda, sirve lo que el autor argentino Juan José Sebreli, escribió el año pasado en un artículo de la Revista Seúl titulado Por qué soy un liberal de izquierda: “Para nosotros, las minorías de cualquier tipo deberán ser siempre respetadas, porque el liberalismo es justamente el respeto de las elecciones libres, por eso resulta intolerable cuando uno ve a ciertos liberales aliados a católicos, evangelistas, dogmáticos, homófobos, conservadores o directamente a fascistas”.

La democracia liberal gana un respiro”, tituló el diario The Washington Post tras conocerse los resultados de las elecciones en Francia. Según el artículo, triunfó un “elocuente defensor de los valores democráticos liberales”, crítico del “nacionalismo estrecho” y del “autoritarismo”.

Por su parte, en sus redes sociales, el director de fundaciones liberales Alejandro Bongiovanni, escribió que la victoria de Macron es una “discreta satisfacción” porque “el mundo sería peor con un mandato de Le Pen”. En el mismo sentido, la periodista macrista Cristina Pérez, publicó en su cuenta de Twitter que “el triunfo de Macron es un triunfo para el mundo libre”.

Con apenas pinceladas, se observa aparentemente que Macron es esa fuerza menos mala que bloquea a la ultraderecha (la derecha ya no existe, según los medios, hoy sólo tenemos ultraderechas). El economista español liberal Juan Ramón Rallo escribió en el diario La Razón de España que “el problema ahora mismo en Francia sigue siendo el mismo que hace cinco años: la alternativa que tiene Macron enfrente, Le Pen, es peor”.

Parece mentira que el Macron de quienes hablan es el mismo que se animó a decir en enero que a los no vacunados tenía muchas ganas de joderles la vida, para luego imponerles brutales restricciones con pases sanitarios dignos de las peores dictaduras de la humanidad.

Tal testimonio debería haber ahuyentado a aquellos que velan por el respeto de “cualquier minoría”, y de mínima alzar la voz contra una afirmación un tanto autoritaria. Pero no. Si la minoría perseguida no es un grupo LGBT, no pasa nada. No es de ultraderecha ni vacunófobo.

El descaro del presidente francés causó una orgía mediática en los titulares de la prensa progresista, alimentando el deseo pandémico de “joder” a quienes habían elegido no inocularse con experimentos. Eso sí, nadie puso en duda sus “valores democráticos liberales”. Pasó inadvertido por todos.

No fue casual tal aseveración: la política sanitaria de Macron desde el comienzo del coronavirus hace dos años fue la de un estricto confinamiento con duras penas para los infractores. No por nada los franceses enfrentaron una de las cuarentenas más brutales de toda Europa.

Algunos podrán decir que muchos mandatarios impusieron brutales restricciones sanitarias. Es cierto. Pero sus fieles “liberales de izquierda” tampoco pueden agarrarse de las cuestiones económicas.

Macron no ha reformado absolutamente nada del gigantesco y saqueador Estado francés. La enorme carga fiscal y el elevado gasto social caracterizaron su gestión. El gasto público a día de hoy en Francia es de casi 60% del PBI, 3,5 puntos más alto que en 2017, año en que llegó al poder, y más de 5 puntos si comparamos con el año antes de que sea nombrado ministro de Economía.

Aunque niveles estrafalariamente altos de gastos estatales sean lo normal en la prisión impositiva que es la Unión Europea, Francia lidera el ranking entre los países más derrochadores que integran la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). Lo mismo ocurre con la deuda pública, que actualmente está en 112% del PBI, cuando al momento de su asunción era del 97% del PIB.

De hecho, en la campaña, fue Le Pen la que abogó por bajar impuestos, proponiendo reducir del 20% al 5,5% el IVA de combustibles y electricidad, eliminar peajes de autopistas y la tasa audiovisual. Mientras Macron sigue defendiendo una tímida reforma previsional para aumentar la edad jubilatoria que en 5 años jamás se animó a ejecutar, Le Pen proponía una reforma integral con participación del sector privado.

También Macron impulsó una fuerte agenda estatizadora, que empezó a ejecutar en su primer día tras la reelección. Mientras Le Pen había llamado a estatizar empresas en 2017, propuesta que dejó de lado para estas elecciones, el “liberal” de izquierda la tomó sin tapujos.

El enemigo invisible de la “ultraderecha”

La gran ventaja electoral de Macron ha sido una sola. Esta es, como lo está siendo en gran parte del mundo, el terror infundado contra las “ultraderechas”. El disfraz de un empresario refinado o administrador eficiente, de modales respetuosos, es el arquetipo que enamora al “liberalismo” de izquierda.

No importa si sube impuestos, si se burla de las libertades civiles (como fueron las cuarentenas), o si estatiza empresa. Su sola presencia alcanza para frenar un mal mayor. Pero, ¿cuál es ese mal mayor? ¿Un político que alerta sobre el malestar social de una inmigración masiva sin restricciones? ¿Que defiende la autoridad de los padres sobre sus hijos menores de edad contra el Estado? ¿Qué propone reformas más ambiciosas para bajar impuestos?

En Europa lo normal es que antes que un Víctor Orbán húngaro o un Vladimir Putin ruso, es mejor cualquier cosa. En Estados Unidos la sintonía es la misma, y es en ese sentido que se logró ponerle un bozal a Donald Trump. Recientemente, Chile fue un caso de estudio, donde para muchos liberales fue mejor una izquierda extrema (Gabriel Boric) que una supuesta ultraderecha (José Antonio Kast).

En Francia ocurre lo mismo con Le Pen, derrotada en 2017 y ahora en 2022. El propio Macron se mostró sabedor de que ganó gracias a la campaña del miedo que todos los medios ejecutan contra la derecha frente a cada elección importante: “Muchos me votaron para bloquear a la extrema derecha y eso es una obligación para mí”, dijo en su discurso de victoria.

Lo importante ya no es la gestión o incluso la reducción del peso del Estado, hoy lo urgente es impedirle a las derechas llegar al poder, como también lo expresó Angela Merkel cuando surgió el partido nacionalista Alternativa por Alemania (AfD).

Para los “liberales” de izquierda, cada elección ya no es una forma de ponerle límites al Estado benefactor que ha empobrecido a los europeos, su cruzada es contra un enemigo invisible creado por la propia izquierda marxista: el hombre de paja con un cartel que dice ultraderecha.

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Opinión

La Marcha por el Clima 2022: Otra excusa para militar el socialismo enmascarado en ecologismo ideológico

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Argentina, como todos los países del mundo el 22 de abril de cada año, tiene que soportar ver a miles de jóvenes marchar hipócritamente por el fin de actividades “contaminantes” mientras ostentan nuevos iPhones o ropa de lujo.

Hoy en día es bastante común escuchar acerca del cuidado del medioambiente y de cómo los humanos contaminamos el planeta, así como vemos a miles de jóvenes militantes ecologistas marchar y reclamar por esta causa todos los años.

Hoy mismo, 22 de abril, se realiza una manifestación en distintos puntos del país llamada “Marcha por el Clima”, donde participan distintas agrupaciones y juventudes políticas. Pero esto no ocurre solo a nivel nacional, sino mundial, ya que existen varias organizaciones no gubernamentales internacionales, como Greenpeace, que impulsan estas movilizaciones.

Estas ONGs sabotean actividades económicas en casi todas partes del mundo “para preservar el bienestar de la Tierra”, acciones que son financiadas con cifras millonarias y de maneras difíciles de explicar. Sin embargo, sus miles de voluntarios en todo el mundo, participan ciegamente de todo lo que se propone, sin tomar en cuenta las consecuencias que tanto ellos mismos como el resto de la comunidad tendrán que afrontar.

Por otro lado, contamos con referentes como Greta Thunberg, quien ha proclamado eufórica y apasionadamente en un discurso de la ONU el terrible daño que están ocasionando países como Estados Unidos, Brasil e incluso Argentina —claro está que se olvidó de mencionar al mayor contaminante mundial, China— mientras lanza constantemente atroces críticas al capitalismo, aunque ella misma ha registrado a su persona como una marca y vende libros en papel.

Es decir, que nuestra joven Greta ha decidido deforestar miles de árboles, que son la fuente de nuestro oxígeno y han sido la causa de numerosas manifestaciones ecologistas, para vender un discurso anticapitalista y que nos incita a, justamente, tomar conciencia sobre el medioambiente. Después a uno lo obligan a usar sorbetes de cartón, que se desintegran y arruinan la bebida que uno está tomando, a no usar fotocopias para los apuntes de la facultad y a no imprimir comprobantes de pago.

Además de todo esto, hay una cuestión que nadie está encarando: no hay nada más irónico que criticar a la minería por ser altamente contaminante desde un dispositivo digital, como un celular, el cual está fabricado, justamente, con materiales derivados de la minería.

Básicamente, es plantear: “No a la minería, pero sí a los productos que derivan de ella. Carece bastante de sentido, ¿no les parece? Los ecologistas nos instigan con que estamos asesinando a nuestro planeta por usar demasiado papel, plásticos y cosméticos que no son “naturales”, pero el iPhone, ¡no lo largan ni de casualidad!

NI hablar de que cambian de modelo cada 6 meses, un comportamiento completamente innecesario y digno de una sociedad de consumo, la cual tanto critican. Mucho reciclaje de plásticos, pero ¿cuándo pedirán por el hardware de elementos tecnológicos?

¿A que voy con todo esto? ¿Estoy en contra del uso de los celulares y del consumo? Para nada. Al contrario. Estoy en contra de la hipocresía, del doble estándar: el hecho de criticar y militar contra algo, mas callarse con respecto a otra cosa similar o aún peor, porque no les conviene. Si quieren salvar al planeta de la contaminación, comprométanse en serio, no a medias, y sin juzgar las decisiones de vida de los demás.

O sino, empiecen a promover medidas como la inversión en energías renovables y en nuevos materiales y productos con mayor duración y con más facilidad para desintegrarse y/o reciclarse, propuestas que provienen de la aplicación del capitalismo moderno, el modelo que tanto censuran.

¿Quién piensan que contamina más, un país europeo con autos eléctricos o el paraíso cubano, con vehículos de hace más de 4 o 5 décadas, que requieren de mucha nafta para funcionar y pierden gases por todos lados? ¿Estados Unidos o China? Está claro que, nuevamente, la cuestión no es la causa en sí, sino la tergiversación que ha generado la izquierda para adoctrinar a miles de incautos bienintencionados y para atacar a quiénes no profesan esta ideología. Nada más, ni nada menos.

Por lo tanto, ¿deberíamos cuidar el medioambiente, controlar la contaminación y buscar soluciones para desechar las toneladas de basura que generamos año tras año? Claro que sí, puesto que esto está afectando, no sólo a la flora y a la fauna, sino a los propios humanos.

¿Cuántos niños en otras partes del mundo se enferman y hasta mueren por consumir agua y alimentos contaminados? ¿Cuántos desastres han causado las tragedias en la energía nuclear, como Chernobyl? ¿Y cuántas personas sufren de deficiencias respiratorias debido a la mala calidad del aire que respiramos en algunas ciudades? Ahora, esto no quiere decir que debemos dejarnos engañar por las falacias de la izquierda y militar el absurdo.

Entonces, la próxima vez que se les ocurra realizar una marcha, que solamente va a afectar a quiénes no puedan transitar libremente por esa calle o bloquear alguna actividad que le da trabajo a miles de familias —como ocurrió al prohibir los criaderos de salmón en Tierra del Fuego, privando a la provincia de un gran sustento económico— mejor piensen, infórmense y promuevan la investigación científica para lograr un mundo más tecnológico y sustentable. Más ecología y menos ecologismo.

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