En 2005, Ray Kurzweil publicó “The Singularity is Near. When Humans Transcend Biology”. Recuerdo con claridad el impacto que me produjo comprender la idea de los retornos acelerados. No se trataba simplemente de una nueva tecnología ni de una moda intelectual de Silicon Valley. Era algo más profundo: una forma distinta de mirar la historia humana.
Kurzweil mostraba que la capacidad de cómputo venía creciendo de manera exponencial y que esa lógica podía extenderse a otras áreas: robótica, biotecnología, salud, inteligencia artificial, impresión 3D, nanotecnología y, más tarde, energía y exploración espacial. La Ley de Moore, que durante décadas duplicó aproximadamente la capacidad de los chips cada dos años, no era solo una curiosidad de la industria informática. Era la primera manifestación visible de una dinámica mucho más amplia. En realidad durante toda la historia se fueron acelerando los grandes inventos, pero al principio, extremadamente lento, cada cientos de miles de años, luego cada 10.000 años, luego unos pocos por milenio, pero de 1800 a 2000 la curva exponencial ya era muy clara.
Para un economista formado en los agregados tradicionales, esa idea resultaba perturbadora. Porque si la tecnología mejora de manera exponencial, entonces muchas de nuestras mediciones económicas empiezan a quedar atrasadas. No porque sean inútiles, sino porque fueron diseñadas para otra época: una economía de bienes físicos, precios positivos, producción industrial observable y mejoras más lentas. Pero en una economía donde cada vez más bienes se desmaterializan y se vuelven digitales, donde el costo marginal tiende a cero y donde la calidad mejora mucho más rápido que el precio, el Producto Bruto Interno empieza a capturar solo una parte cada vez más pequeña del fenómeno.
William Nordhaus lo vio con enorme claridad en un trabajo pionero de 1996, Do Real-Output and Real-Wage Measures Capture Reality? The History of Lighting Suggests Not. Su ejemplo era simple y demoledor: durante siglos, los seres humanos no compraban velas por amor a las velas; compraban luz. Si medimos el precio de las velas, nos perdemos el verdadero fenómeno: la caída extraordinaria del costo de una hora de iluminación. Nordhaus mostró que la eficiencia de la iluminación aumentó en una escala gigantesca y que las mediciones tradicionales subestimaban el verdadero aumento del bienestar.
Esa intuición fue central en mi trabajo “Los términos de intercambio y el cambio tecnológico”, publicado en mayo de 2008 en la Revista de Instituciones, Ideas y Mercados. Allí discutía la tesis Prebisch-Singer desde otro ángulo. El problema no era solo si los precios relativos de los bienes primarios y manufactureros se movían en una dirección u otra. El problema era más profundo: muchos economistas miraban los precios de las manufacturas sin comprender la revolución tecnológica incorporada en esos bienes. Medían el costo de la vela, no la cantidad de luz; el precio del automóvil, no la seguridad, la velocidad, la confiabilidad, la calefacción, el aire acondicionado, la electrónica, los frenos ABS o la navegación satelital que venían incorporándose.
En esa misma línea, Erik Brynjolfsson propuso avanzar hacia un PBI expandido —el llamado GDP-B— para capturar el valor de los bienes digitales gratuitos o casi gratuitos que el PBI tradicional no registra bien: buscadores, mapas, redes, videos, inteligencia artificial, información, comunicación y otros servicios cuyo precio monetario es cero, pero cuyo valor para el consumidor puede ser enorme. Lo cierto es que tampoco logran atrapar el verdadero impacto.

Del mismo modo, la vieja discusión sobre desigualdad queda desactualizada, mal planteada. Durante milenios, la desigualdad verdaderamente decisiva no era una diferencia de marcas, de metros cuadrados o de consumos de lujo. Era una diferencia brutal en las condiciones básicas de la vida humana. El pobre vivía en tinieblas; el rico tenía luz. El pobre comía poco y de mala calidad; el rico accedía a una dieta variada y con muchas más calorías. Una panza era símbolo de riqueza. El pobre trabajaba catorce horas en tareas físicamente demoledoras; el rico podía disponer de tiempo, ocio y educación. El pobre no tenía calefacción, agua corriente, baño, dentista, médico, anestesia, antibióticos, transporte cómodo ni educación extendida. Vestía distinto, olía distinto, enfermaba distinto, envejecía antes y moría mucho antes; y pocas veces se alejaba más allá de un pueblo vecino.
Esa era una desigualdad desesperante, porque atravesaba todo: el cuerpo, la salud, la alimentación, la higiene, la esperanza de vida, el acceso al conocimiento y la dignidad cotidiana.
En los países capitalistas, esa desigualdad se redujo de manera extraordinaria. Hoy, desde que se levanta hasta que se acuesta, la vida material de un ciudadano promedio se parece mucho más a la de un rico que en cualquier otra etapa de la historia. Ambos tienen luz eléctrica, agua caliente, calefacción, heladera, lavarropas, antibióticos, anestesia, odontología, vacunas, internet, GPS, música, películas, videollamadas, supermercados, ropa cómoda, transporte motorizado y acceso inmediato a información global con un teléfono inteligente.
El CEO de Google puede tener una casa más grande, viajar en primera clase o comer en restaurantes más caros. Pero eso no significa necesariamente que su vida sea mejor que la de un empleado que gana una décima parte, pero es dueño de su tiempo libre, disfruta de sus hijos, conversa con sus amigos, hace deporte, lee, escucha música y vive con sentido. La vida buena no se mide solo por consumo, patrimonio o estatus.
La gran transformación del capitalismo
La gran transformación del capitalismo fue otra: convirtió antiguos privilegios de ricos en bienes comunes para millones. La luz, el agua corriente, la calefacción, la movilidad, la medicina moderna, la comunicación instantánea, la música, la información y ahora quizás la inteligencia artificial personalizada: primero fueron privilegios; luego bienes caros; después bienes masivos; finalmente, parte normal de la vida cotidiana.















