Bajo esta premisa, el Gobierno establece que existen verdades sobre la persona humana que el poder político no establece y que, por lo tanto, no puede modificar según las modas de cada época. Esta visión posiciona a los derechos inherentes del hombre como el límite infranqueable que ninguna autoridad puede traspasar arbitrariamente.
El corazón de esta nueva doctrina se resume en lo que el Canciller denominó una “trilogía de unidad moral”: la Vida, la Libertad y la Propiedad Privada.
Estos pilares, arraigados en la tradición occidental, son los que permiten que cada individuo despliegue su vocación y construya su futuro. En este sentido, la defensa de la vida desde la concepción y el reconocimiento de la familia como la unidad natural y fundamental de la sociedad se convierten en la brújula moral innegociable de la gestión actual.











