El kirchnerismo prepara para febrero su anunciado “regreso” a la escena política. No con nuevas caras, ideas renovadas, ni una autocrítica mínima, sino con una consigna ya conocida y cada vez más anacrónica: “Cristina Libre”.
En otras palabras, el relanzamiento de un espacio político cuya principal propuesta para el futuro es liberar a una dirigente condenada por corrupción.
Tras recibir el alta médica a comienzos de enero, Cristina Fernández de Kirchner retomó de manera gradual la actividad política desde su departamento de San José 1111, donde cumple prisión domiciliaria.

El lugar volvió a funcionar como centro de operaciones del cristinismo duro. Se realizan visitas selectas, reuniones reservadas y la insistencia de presentar como “proscripción” lo que es, en los hechos, una condena judicial firme.
Cristina como causa, no como solución
En el Instituto Patria admiten, casi sin disimulo, que el plan pasa por reinstalar a Cristina como eje ordenador del espacio. Incluso deslizan analogías forzadas con la proscripción de Juan Domingo Perón, ignorando una diferencia central: Cristina fue condenada por la Justicia en un sistema democrático.
El relato incluye una advertencia que roza lo absurdo: sin Cristina, sostienen, las elecciones presidenciales de 2027 carecerían de “plena legitimidad democrática”. Es decir, para el kirchnerismo, la democracia solo sería válida si puede competir una dirigente condenada e inhabilitada de por vida para ejercer cargos públicos.

Un reconocimiento incómodo: nadie puede ganarle a Milei
Hay un dato que atraviesa toda la estrategia y que el propio kirchnerismo ya no logra ocultar. Admiten que ningún dirigente peronista actual podría vencer a Javier Milei en una eventual segunda vuelta presidencial. Lo reconocen en privado y casi que empiezan a asumirlo en público.
Según números que manejan en el entorno de CFK, la ex presidenta conserva un piso electoral cercano al 34%. Pero ese dato, lejos de entusiasmar, expone el problema central del espacio: ese piso también es su techo. Fuera del núcleo duro de militantes y fanáticos, la figura de Cristina genera rechazo, desgaste y memoria de corrupción.











