Mientras el aparato feminista intenta salvar los restos de su narrativa supuestamente moral, la figura de Julia Mengolini emerge como el símbolo máximo de la hipocresía ante el reciente escándalo en el caso del aliado violento, Nacho Levy: una comunicadora que, escudada en un falso progresismo, no dudó en pedir "paciencia" ante las gravísimas acusaciones de violencia que pesan sobre su "compañero" de militancia.
El epicentro del escándalo se desplazó de las denuncias de las víctimas a la vergonzosa defensa corporativa ejercida por Julia Mengolini en su programa Segurola y Habana. Ante la contundencia de los relatos, la abogada y fundadora de Futurock optó por una postura negacionista del dolor ajeno, pidiendo “esperemos un poquito” para no caer en la “incontinencia del streaming”.
Con una frialdad que asombra, Mengolini justificó su silencio cómplice alegando que “se trata de Nacho Levy, es un pibe que sentíamos cercano”, priorizando su afecto personal y político por encima de la urgencia de las denunciantes.












