Juan Lavalle llegó a sus últimos días derrotado, enfermo y perseguido. El antiguo granadero de San Martín, protagonista de algunas de las campañas más importantes de la independencia sudamericana, terminó convertido en uno de los nombres centrales de las guerras civiles argentinas y murió en circunstancias que todavía conservan un componente de misterio.
En 1839 había iniciado una ofensiva contra el régimen de Juan Manuel de Rosas, el mismo sistema político cuya consolidación había contribuido indirectamente a favorecer cuando ordenó fusilar a Manuel Dorrego en diciembre de 1828.

De granadero de San Martín a jefe unitario
Lavalle había ingresado al Regimiento de Granaderos a Caballo en agosto de 1812, cuando todavía no había cumplido los 15 años.
Participó del sitio de Montevideo, combatió en el litoral, cruzó los Andes y se destacó en acciones como Achupallas, Chacabuco y Maipú. En Riobamba, al frente de apenas 96 granaderos frente a unos 400 enemigos, protagonizó una acción que le valió el apodo de “león de Riobamba”.
Con el tiempo, la política desplazó a la guerra de independencia. Lavalle encabezó la revolución que derrocó a Dorrego y ordenó su fusilamiento, una decisión que marcaría para siempre su trayectoria.
Años más tarde regresó del exilio decidido a combatir a Rosas, pero la campaña terminó en desastre. La derrota de Famaillá, en septiembre de 1841, anticipó el final.

La llegada a Jujuy
Sin tropas regulares, con escasez de armas y dinero, Lavalle avanzó hacia el norte con unos doscientos hombres. Además sufría paludismo y padecía vómitos de sangre, mientras las fuerzas federales comandadas por Jacinto Andrada lo perseguían de cerca.
La tradición sostiene que durante aquel recorrido lo acompañaba Damasita Boedo, una joven de 23 años que había abandonado un hogar federal para seguirlo.




















