Un hombre que recorría el campo australiano con un detector de metales se topó con una roca rojiza, inusualmente pesada y de aspecto raro. Convencido de que había encontrado una enorme pepita de oro, la cargó hasta su casa con la idea de abrirla y ver qué escondía adentro.
Durante años intentó partirla con todo lo que tenía a mano: sierra para rocas, amoladora angular, taladro, ácido e incluso un martillo. Nada funcionó. La pieza quedó intacta y terminó abandonada en una estantería, casi olvidada.
El misterio se despejó cuando su descubridor, David Hole, la llevó al Museo de Melbourne. Allí los especialistas confirmaron que no se trataba de una roca terrestre sino de un meteorito de 17 kilos formado hace unos 4.600 millones de años, casi al mismo tiempo que nació el Sistema Solar.
Los investigadores notaron en la superficie hendiduras y marcas típicas de los meteoritos, conocidas como regmagliptos. Esas huellas se producen cuando el cuerpo ingresa a gran velocidad en la atmósfera: el rozamiento genera un calentamiento intenso que funde parcialmente la capa exterior y deja una corteza oscura muy distinta a la de las rocas comunes.










