La nueva versión del Mundial de Clubes nació con una promesa clara: premios millonarios para los equipos participantes. Ese incentivo económico fue, para muchos clubes, un argumento de peso para apoyar la competencia, incluso cuando el calendario los obliga a competir fuera de temporada y sacrificar semanas que deberían estar destinadas al descanso.
Sin embargo, lo que pocos sabían es que la FIFA, presidida por Gianni Infantino, enfrentó serias dificultades para vender los derechos audiovisuales del torneo. Sin asegurarse esa fuente de ingresos, la organización no podía cumplir con los pagos prometidos a los clubes.











