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Por fin el Estado deja de tratarte como culpable

Por fin el Estado deja de tratarte como culpable
Por fin el Estado deja de tratarte como culpable
porJuan Gabriel Flores
Opinión

Un nuevo freno al Estado inquisidor.


Durante años, el kirchnerismo construyó una maquinaria perfecta de expulsión y castigo. No fue un error ni una consecuencia no deseada: fue un sistema deliberado que combinó presión fiscal, inflación crónica, cepos y regulaciones arbitrarias para asfixiar a quienes producían. Primero empobrecieron a millones de argentinos mediante impuestos confiscatorios y una política monetaria que licuaba el esfuerzo. Después, cuando esos mismos ciudadanos intentaron resguardar lo poco que habían logrado ahorrar, los trataron como sospechosos permanentes. Esa fue la lógica del viejo régimen: te empobrecen y luego te persiguen por intentar no hundirte con ellos.

La llamada “Ley de Inocencia Fiscal” marca un quiebre profundo con esa cultura de sospecha estructural. No se trata simplemente de un blanqueo técnico ni de un artilugio contable pensado para mejorar indicadores de corto plazo. Es, ante todo, un cambio de filosofía que redefine la relación entre el individuo y el poder. Donde antes regía la presunción implícita de culpabilidad —la idea de que todo ciudadano debía justificar cada decisión económica frente al Estado—, ahora se traza un límite al poder persecutorio. El Estado ya no puede escarbar sin fin en tu pasado ni tratar tus ahorros como si fueran activos bajo su tutela. La regla vuelve a ser clara: el fruto de tu trabajo no pertenece a los políticos. Y eso, en la Argentina del estatismo inquisidor, es una transformación de enorme alcance.

Durante dos décadas, el progresismo consolidó un Estado que operaba como un socio forzoso en la vida de cada argentino. Si trabajabas, te exprimía a través de una carga tributaria creciente. Si invertías, te castigaba con incertidumbre jurídica y costos regulatorios. Si decidías ahorrar en una moneda que no fuera el peso para protegerte de la inflación que el propio Estado generaba, te señalaban como enemigo del “modelo”. El mensaje era brutal y consistente: tu propiedad no era verdaderamente tuya, era del Estado, y podías usarla únicamente mientras el poder lo tolerara.

Ese paradigma empieza, lentamente, a resquebrajarse. Se eliminan las revisiones retroactivas indiscriminadas y se establece un límite concreto a la persecución sobre el pasado. El Estado deja de comportarse como un auditor omnipresente de la vida privada y abandona la obsesión por escudriñar patrimonio, consumos personales o cada movimiento bancario como si fueran, por definición, indicios de delito. No es un gesto de generosidad estatal ni una concesión política: es un retroceso del poder sobre un ámbito que nunca debió haber sido invadido.

El contraste con el kirchnerismo es contundente. Durante años, se defendió la idea de que la AFIP debía funcionar como una herramienta de disciplinamiento político y social. Las inspecciones selectivas, las multas arbitrarias y las causas penales por montos menores no eran anomalías del sistema: eran parte de su lógica de funcionamiento. El contribuyente era tratado como una presa potencial, mientras que la burocracia se erigía como el cazador con poder discrecional. La consigna no escrita era simple y eficaz: quien no se somete, paga.

La Inocencia Fiscal no elimina el problema de fondo —la existencia misma de un sistema tributario basado en la coerción—, pero sí reduce su intensidad y limita sus abusos más evidentes. Al restringir el poder punitivo retroactivo, ampliar exenciones y acotar la arbitrariedad administrativa, se reduce el margen de intervención estatal sobre la vida económica de los individuos. En términos concretos, implica achicar el espacio de agresión institucionalizada. Y cada centímetro que retrocede el poder político es, en sí mismo, una victoria moral en defensa de la propiedad privada.

La reacción de la izquierda no sorprende. Su proyecto político necesita de un Estado omnipresente, con capacidad de vigilar, intervenir y sancionar. Sin esa herramienta, se debilita el andamiaje de la llamada “justicia social”, entendida en la práctica como un mecanismo de redistribución forzada. Por eso, cualquier intento de limitar el poder fiscal es presentado como una amenaza, no al Estado, sino a un modelo que depende estructuralmente de su expansión.

Sin embargo, algo más profundo está cambiando. La sociedad argentina comienza a comprender que la libertad económica no es un privilegio de pocos, sino una condición básica de dignidad. Que ahorrar no es un delito, sino una expresión legítima de previsión. Que invertir no es una traición, sino el motor del crecimiento. Y que el fruto del trabajo no puede seguir siendo considerado un botín disponible para una casta política acostumbrada a vivir del esfuerzo ajeno.

La consigna que sintetiza este cambio es tan simple como potente: ahora lo tuyo es tuyo. No porque el Estado haya decidido ser benevolente. No porque haya optado por “perdonar”. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, comienza a retroceder. Y cada vez que el Estado retrocede, la libertad deja de ser una promesa abstracta para convertirse en una realidad concreta.


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