Tras más de 26 años de negociaciones estancadas, el Mercosur y la Unión Europea firmaron en Asunción uno de los acuerdos comerciales más relevantes del mundo. El entendimiento, que abarca cerca del 25% del PIB global y un mercado de más de 700 millones de personas, no solo marca un hito económico, sino también un quiebre político dentro del bloque sudamericano.
Con una estrategia de apertura clara y sin ambigüedades, el presidente argentino, Javier Milei, empujó una definición que el Mercosur había postergado durante décadas por disputas internas, proteccionismo y falta de decisión política. El contraste fue evidente: mientras Milei estuvo presente y celebró el acuerdo como “el logro más importante de la historia del Mercosur”, el comunista Lula da Silva eligió no asistir y volvió a mostrar su incomodidad frente a un proceso que rompe la lógica histórica del bloque y la región.

La ausencia del presidente brasileño no fue un detalle menor. Brasil ha sido, durante años, el principal freno a la apertura comercial del Mercosur, priorizando acuerdos que protegen sectores específicos de su economía antes que el desarrollo regional. El nuevo escenario deja en evidencia una tensión de fondo: mientras Argentina, Paraguay y Uruguay empujan una integración al mundo, Brasil insiste en conservar beneficios concentrados que se sostienen a costa de menor competencia, precios más altos y menor crecimiento para la región.









