El cardenal Raymond Leo Burke, una de las figuras más reconocidas del ala ultraconservadora de la Iglesia Católica, ha sido mencionado ocasionalmente como posible sucesor del Papa Francisco en un futuro cónclave.
Sin embargo, aunque su nombre aparece en algunas especulaciones, la probabilidad real de que sea elegido Papa es ampliamente considerada como baja dentro de los círculos eclesiásticos y vaticanos, debido tanto a su perfil conservador como a su relación tensa con el difunto pontífice.
Nacido en Estados Unidos en 1948, Burke ha desarrollado una carrera eclesiástica destacada, llegando a ocupar cargos importantes como prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica el equivalente a la Corte Suprema del Vaticano hasta que fue removido por el Papa Francisco en 2014.
Desde entonces, ha sido una de las voces más críticas del pontificado actual, posicionándose como un referente de la oposición a las reformas impulsadas desde Roma.

Burke se ha manifestado con firmeza en contra de iniciativas del Papa Francisco como la apertura a la comunión para divorciados vueltos a casar, la sinodalidad (una mayor participación del pueblo de Dios en el gobierno de la Iglesia) y, más recientemente, la posibilidad de bendiciones a parejas del mismo sexo. Considera que estas reformas socavan la doctrina tradicional de la Iglesia y generan confusión entre los fieles.
Sus posturas lo han convertido en un ícono para ciertos sectores conservadores dentro y fuera del Vaticano, especialmente entre los católicos más tradicionalistas que se sienten desconcertados o descontentos con el rumbo reformista del actual pontificado.
Sin embargo, esta misma firmeza doctrinal ha contribuido a su aislamiento dentro de la Curia romana y ha limitado su influencia directa en las decisiones del Vaticano.
En 2023, en una medida interpretada como una señal clara de desaprobación, el Papa Francisco le retiró a Burke algunas atribuciones, como el uso de un apartamento en el Vaticano y el salario asignado por la Santa Sede, alegando que estaba utilizando estos recursos para atacar abiertamente al pontífice.
Esta decisión no solo evidenció el deterioro de la relación entre ambos, sino que también marcó una línea divisoria entre el núcleo de poder actual en la Iglesia y quienes se resisten a las reformas.











