Los realistas habían jugado su carta más fuerte. Era la palabra del líder espiritual de la ciudad, contra la cual pocos atinaban a alzarse. En ese momento crítico del debate, los ojos patriotas confluyeron sobre el único capaz de rebatir sus argumentos, con solvencia. Se trataba de Juan José Castelli, la “Voz de la Revolución”, magnífico orador, y que, como abogado, había revertido procesos que se consideraban “perdidos” de antemano. Castelli aceptó el desafío y argumentó que, con la caída de la Junta Central de Sevilla, había caducado el Gobierno Soberano de España. El Consejo de Regencia de Cádiz carecía de autoridad sobre América, por no haber delegado los americanos en él facultad alguna. En consecuencia, ante la ausencia del Rey, el pueblo de Buenos Aires debía reasumir su plena soberanía y decidir quiénes lo regirían, como se hacía en la Península. Por eso no había diferencia entre españoles europeos y americanos; toda vez que aquéllos no habían engendrado “carneros” en nuestras tierras, sino a personas iguales y con los mismos derechos que los peninsulares; en obvia respuesta a la tesis del Obispo. Ante esta respuesta, Lué atinó a responder que no había venido a esta asamblea a debatir con nadie, sino, simplemente, a expresar libremente su opinión sobre el asunto que los convocaba.
El viejo marino Pascual Ruíz Huidobro, héroe de las Invasiones Inglesas, sostuvo el obvio argumento de que el Virrey representaba al Rey. No habiendo Rey, no tenía a quién representar; y en consecuencia, debía cesar en el mando y el Cabildo debía asumir en su reemplazo.
Los realistas replicaron por medio del Fiscal Manuel Villota, alegando, con toda lógica, que la ciudad de Buenos Aires no representaba a todo el Virreinato; y que la misma no podía decidir por todas las provincias. En consecuencia, nada se podía resolver sin consultarles previamente. Ante esta razonable objeción, Juan José Paso argumentó que Buenos Aires actuaba, en este acto, como una “hermana mayor” velando por las demás provincias, las cuales, luego serían invitadas a incorporarse a la nueva Junta que se designara.
Cornelio Saavedra propuso una fórmula demasiado moderada para el gusto de muchos: delegar el Gobierno en el Cabildo, hasta que éste constituya una Junta, en la forma que estimara conveniente. Como aún Cisneros tenía mucha influencia sobre el Cabildo, esta moción no terminaba de convencer en el bando patriota. Concluía Saavedra que "no queda duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando".
Ante el riesgo de perder la votación con la dispersión de los votos, el bando patriota decidió apoyar la moción de Saavedra; que resultó la ganadora. Computados los sufragios emitidos, 158 fueron por la remoción del Virrey, en sus distintas modalidades, 67 votaron por su permanencia y 26 no votaron o se retiraron antes de la elección. Como curiosidad, puede señalarse que casi todos los sacerdotes que votaron después de su superior, el Obispo Lué, lo hicieron a favor de Saavedra.
Habiendo triunfado la moción saavedrista, proclamó el Cabildo: “Hecha la regulación con el más prolijo examen resulta de ella que el Excmo Señor Virrey debe cesar en el mando y recae éste provisoriamente en el Excmo. Cabildo hasta la erección de una Junta que ha de formar el mismo Excmo. Cabildo, en la manera que estime conveniente”.
Los regidores Manuel de Anchorena y José de Ocampo fueron los encargados de notificar a don Baltasar Hidalgo de Cisneros que había dejado de ser el último Virrey del Río de la Plata.

















