En tiempos donde las masas se movilizan por eslóganes vacíos, ideologías importadas o espectáculos desechables, lo ocurrido anoche en Croacia rompe todos los esquemas. No fue una protesta, ni un acto político partidario, ni un festival comercializado por multinacionales. Fue otra cosa. Fue un pueblo que se alzó para decir quién es.
Más de medio millón de croatas se congregaron en el Hipódromo de Zagreb, no para exigir privilegios, sino para defender algo mucho más profundo: su fe, su patria y su memoria.
En el centro del evento, Marko Perković, conocido como Thompson, símbolo viviente de la resistencia cultural croata, dio un concierto que se convirtió en una ceremonia nacional.
El evento, anunciado como el concierto solista más multitudinario de Europa, superó cualquier expectativa. Fue una manifestación espiritual, patriótica y cultural sin precedentes en el continente europeo del siglo XXI.
Perković abrió la noche con una salutación que, para muchos en Occidente, resulta casi incomprensible:
“¡Hvaljen Isus i Marija!” —una fórmula católica tradicional del mundo eslavo que significa: “¡Alabados sean Jesús y María!”.
No fue una frase decorativa. Fue una declaración de principios.
Y lo hizo en Zagreb —una capital europea gobernada por la coalición ecoizquierdista Možemo (que en croata significa “¡Podemos!”), cuyo programa político incluye feminismo radical, ideología de género, reingeniería cultural y desarraigo nacional.
El contraste no pudo ser más explícito.
Mientras el alcalde Tomislav Tomašević promueve con entusiasmo proyectos de despatriarcalización, lenguaje inclusivo y activismo climático subvencionado, medio millón de croatas respondieron con fervor católico. Crucifijos en alto, cánticos patrióticos, banderas nacionales —todo eso ocurrió en su ciudad, bajo su mandato. Y sin que él pudiera impedirlo.
Fue el pueblo el que tomó la palabra. Y la palabra fue: tradición.










