A ello se suma que las finanzas descentralizadas y las criptomonedas han permitido a estos grupos ocultar sus ganancias ilícitas; propiciando nuevas modalidades de fraude informático y de lavado de dinero, a una escala sin precedentes. Los argentinos conocemos bien este fenómeno: el viejo “cuento del tío” se ha reconvertido en llamadas falsas, mensajes engañosos y supuestas inversiones en criptoactivos que prometen ganancias extraordinarias. Frente a la constante evolución de estas tácticas, y al surgimiento de nuevos instrumentos financieros, como los activos virtuales y los servicios de pago de terceros, ningún país puede permanecer al margen.
En el plano interno, Taiwán ha fortalecido su arquitectura antifraude, mediante penas más severas, mecanismos más rápidos de intercepción de operaciones sospechosas y mayores medidas de protección a las víctimas. La cooperación entre los distintos organismos del Estado y las investigaciones basadas en tecnología han mejorado, de manera integral, la prevención y el control de estos delitos. A título de ejemplo, hasta Junio de este año se interceptaron con éxito más de 4.000 posibles casos de fraude; lo cual evitó pérdidas cercanas a los U$S 20.000.000. En comparación con el mismo período del año anterior, los casos de fraude se redujeron un 30 %; y las pérdidas económicas, un vertiginoso 47 %.
Estos resultados no son casuales. Taiwán es una de las grandes potencias tecnológicas del planeta: de sus fábricas sale buena parte de los semiconductores más avanzados del mundo; a través de empresas como TSMC, que fabrica los chips de Apple, NVIDIA, AMD o Qualcomm. Esa destreza en las tecnologías de la información, en el análisis de datos y en la Inteligencia Artificial, se ha puesto también al servicio de la investigación criminal y de la actuación policial preventiva.
Es un hecho reconocido por todos que la seguridad de las personas y de sus bienes constituye uno de los pilares básicos de cualquier sociedad organizada; y una de las primeras obligaciones de todo Estado. Sin embargo, en los tiempos que corren, esa tarea ya no puede quedar circunscripta al territorio de cada país. En efecto: el vertiginoso desarrollo de la globalización y de la tecnología digital ha hecho que la delincuencia se encuentre cada vez menos limitada por las fronteras nacionales; y que resulte, muchas veces, indetectable para los sistemas de seguridad tradicionales.
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El propio Secretario General de la Organización Internacional de Policía Criminal (INTERPOL), el brasileño Valdecy Urquiza, lo ha expresado con toda claridad: “En la actualidad, la infraestructura delictiva más peligrosa no conoce fronteras, es invisible y opera desde cualquier parte del mundo, de día o de noche”.
Precisamente para enfrentar este desafío nació la INTERPOL; cuyo Estatuto, en su artículo 2, establece que sus fines son “conseguir y desarrollar la más amplia asistencia recíproca de las autoridades de policía criminal”. La palabra clave, en esta norma, es “amplia”. Sin embargo, hay un país de más de 23.000.000 de habitantes (casi la mitad de la población argentina), que ocupa un lugar central en las cadenas tecnológicas, comerciales y financieras del planeta, y que permanece excluido de esa asistencia recíproca: Taiwán.
La paradoja se vuelve aún más llamativa este año. La 94ª Asamblea General de la INTERPOL tendrá lugar entre el 30 de Noviembre y el 3 de Diciembre de 2026, en Hong Kong; es decir, bajo la soberanía de la República Popular China, el mismo país que impide que Taiwán participe, siquiera, en calidad de observador.
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Es de hacer notar que Taiwán no es un actor menor en materia de seguridad. Todo lo contrario. Según el Índice de Seguridad del sitio web Numbeo, correspondiente al 2026, Taiwán ocupa el cuarto lugar entre 147 países del mundo, y el primero en todo el continente asiático. La isla registra alrededor de 1.700 hechos delictivos cada 100.000 habitantes, de los cuales apenas 1,6 corresponden a delitos violentos; muy por debajo de la media mundial. La satisfacción de los ciudadanos con el mantenimiento del orden público, por parte de la policía, alcanza casi el 86 %; mientras que la satisfacción con la seguridad en el hogar y en el barrio llega al 92 %.
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Una de las cosas que más llama la atención a quienes visitan la isla es la total ausencia de presencia policial en las calles, la tranquilidad con la que la gente vive y se desplaza, y la falta completa de incidentes de inseguridad en la vía pública que se pueden experimentar. No hay arrebatos, punguistas o mecheras. Si alguien advierte la pérdida de algún objeto personal, puede retornar al mismo lugar donde ha caído, o ha sido dejado, y seguramente lo va a encontrar, por más valioso que fuere el bien extraviado.
Tal es así que los extranjeros que viven y trabajan allí lo destacan como su principal ventaja. En la encuesta Business Climate Survey 2026, publicada por la Cámara de Comercio de los Estados Unidos en Taiwán, sus miembros ubicaron, por décimo año consecutivo, a la seguridad personal como el mayor atractivo de la isla para los profesionales extranjeros. Más del 90 % de los encuestados afirmó que mantendría o incrementaría sus inversiones en Taiwán durante este año. Quien haya recorrido las calles de Taipei, aun de noche, puede dar fe de ello. Para los argentinos, acostumbrados a que la inseguridad encabece, año tras año, las encuestas de preocupación ciudadana, estas cifras parecieran provenir de otro planeta.
Taipei de noche
Pero los delitos de nuestra época no se combaten, únicamente, con una buena policía de calle. Taiwán viene siguiendo de cerca, desde hace veinte años, la evolución de las estafas telefónicas y del fraude en línea; y ha emitido numerosas alertas a las autoridades policiales de otros países. Sin embargo, la comunidad internacional subestimó la proliferación transnacional de estas maniobras, y no logró establecer, a tiempo, un mecanismo multilateral de defensa.
Las organizaciones delictivas han sabido aprovechar las plataformas digitales; adoptando nuevos modelos de negocios, como la llamada “ciberdelincuencia como servicio”; y han montado verdaderos centros de estafa, a escala industrial, en el Sudeste Asiático. Algunas de estas organizaciones incurren, incluso, en la explotación sexual, la extracción de órganos y otras formas graves de trata de personas. Tales centros constituyen un desafío mayúsculo para la economía global, la seguridad ciudadana y los derechos humanos más elementales.
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Los resultados de la cooperación internacional de Taiwán también han sido notables. En 2025, una operación conjunta entre Taiwán y Filipinas desmanteló un centro de estafas operado por una red delictiva en el archipiélago filipino. El principal sospechoso y los miembros de la banda fueron repatriados a Taiwán, para comparecer ante la justicia.
Recientemente, las autoridades policiales de Taiwán y de los Estados Unidos expusieron un importante caso de fraude transnacional y de lavado de dinero, perpetrado por el Prince Holding Group; en el cual se incautaron cientos de millones de dólares en activos ilícitos y criptomonedas. Dicho grupo utilizaba activos virtuales y servicios de pago de terceros para ocultar las ganancias del fraude y del blanqueo de capitales, en múltiples países. Esta investigación le valió a Taiwán el premio Best Egmont Case Award 2026, otorgado por el Grupo Egmont, que reúne a las unidades de inteligencia financiera de todo el mundo. El caso constituye un modelo de cooperación entre el sector público y el privado en materia de inteligencia; y demuestra, una vez más, que Taiwán se ha consolidado como un socio indispensable del sistema global de aplicación de la ley.
Otro caso emblemático tuvo lugar en 2024, cuando Taiwán desmanteló un foro en línea de explotación sexual infantil, conocido como Creative Private Room o Nth Room. El foro tenía más de 5.000 miembros; y por él circulaban más de 200.000 imágenes y videos ilegales, de hasta 4.000 víctimas de Taiwán, China, Hong Kong, Macao y Malasia. Algunas de ellas tenían apenas la edad de cursar la escuela primaria. La organización ocultaba la identidad de sus integrantes mediante la dark web, y utilizaba criptomonedas para lavar dinero y evadir los controles. La policía taiwanesa rastreó el flujo de criptomonedas y los registros de las transacciones; reconstruyó la red financiera ilícita; analizó el funcionamiento de esa comunidad virtual y, finalmente, desenmascaró a los autores intelectuales de la organización.
Ninguno de estos casos podría haberse resuelto sin el intercambio de técnicas especializadas de investigación y de inteligencia transfronteriza, en tiempo real. Sin embargo, y a pesar de su vasta experiencia y de sus probadas capacidades, Taiwán se encuentra excluido de la INTERPOL, por motivos estrictamente políticos. Tal es así que no tiene acceso directo al sistema mundial de comunicaciones policiales I-24/7; que es la herramienta por la cual circulan las alertas, notificaciones y datos de inteligencia entre los países miembros. Ello dificulta la coordinación, demora el intercambio de información e impide que Taiwán comparta, a tiempo, sus técnicas de investigación, su pericia tecnológica y sus experiencias prácticas con los demás países. Esa grieta no la padece únicamente Taiwán: la aprovechan las mafias, que conocen perfectamente dónde están los huecos de la red.
Taiwán formó parte de la INTERPOL hasta 1984, cuando la 53ª Asamblea General de la organización adoptó una resolución que lo dejó afuera. Ahora bien: ni la Resolución N° 2758 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, de 1971, ni aquella resolución de la INTERPOL de 1984 constituyen fundamento alguno para excluir a Taiwán de los asuntos internacionales. Paradójicamente, la Resolución N° 2758 ni siquiera menciona a Taiwán; ni declara que éste forme parte de la República Popular China.
Asamblea General de las Naciones Unidas - Wikipedia, la enciclopedia libre
Hay, además, otro aspecto que la comunidad internacional no puede soslayar. En los últimos años se ha advertido que ciertos Estados miembros abusan de los mecanismos de la INTERPOL para ejercer la represión transnacional. Las llamadas “notificaciones rojas” han sido utilizadas para perseguir a opositores por motivos políticos y para hostigar a personas determinadas. Ello contradice abiertamente el artículo 3 del Estatuto de la INTERPOL, que prohíbe “toda actividad o intervención en cuestiones o asuntos de carácter político, militar, religioso o racial”. Estas acciones, que en algunos casos han tenido como blanco a ciudadanos taiwaneses, socavan los cimientos de la confianza en la cooperación policial internacional y en la neutralidad que debe regir la aplicación de la ley.
Entonces, ¿cómo se explica que se tolere, dentro de la organización, a quienes la utilizan con fines políticos; mientras se deja afuera, por esos mismos motivos políticos, a uno de los países más seguros del mundo? ¿Qué impide que Taiwán pueda participar, por razones prácticas, técnicas y humanitarias, en las reuniones, mecanismos y actividades de la INTERPOL? Máxime, cuando lo que está en juego es la protección de las víctimas del crimen organizado, en cualquier rincón del Globo.
Nuestro país no es ajeno a este problema. Miles de argentinos son víctimas, a diario, de estafas virtuales y de fraudes con criptoactivos, cuyo producido termina, muchas veces, en redes que operan a miles de kilómetros de distancia. Por ello, sería deseable que la Argentina, que ha recuperado una política exterior alineada con las democracias de Occidente, levante su voz en los foros internacionales, en apoyo de la participación significativa de Taiwán, en calidad de observador, en INTERPOL.
En esta era de cambios vertiginosos, en que el delito trasciende las fronteras y la cooperación global se ha vuelto indispensable, no podemos darnos el lujo de prescindir de ningún actor del concierto internacional; y mucho menos de uno de los más eficaces. La seguridad global no admite brechas. Mientras tanto, y hasta que en INTERPOL vuelva a primar el profesionalismo y el sentido común por sobre las presiones políticas, Taiwán podría seguir ofreciendo su colaboración a todo aquel que quiera combatir el crimen. Con lo cual, para un mundo más seguro, sería bueno contar nuevamente con Taiwán.