Hacia el final de su vida, ya con un cáncer avanzado, necesitó una transfusión urgente. Sin que nadie se lo pidiera, cientos de obreros de Cristalerías Rigolleau dejaron el trabajo y fueron a hacer fila a la clínica de Buenos Aires donde estaba internado para donar sangre por él.
Cuando se recuperó de esa transfusión, fue a la planta a agradecerles y dijo la frase que quedó como su síntesis: "Ahora soy feliz, ya que por mis venas corre sangre obrera". Como vemos, los obreros, sus empleados, eran su familia, eran mirados por Enrique de alguna forma como los ve el mismo Dios.
Shaw sostenía que reducir los problemas de un país solamente a números es quedarse en la superficie. Entendía que detrás de cada cifra hay una idea de qué es el hombre y qué debemos hacer como país por cada uno. Cada persona, cada trabajador, cada hijo, es una posibilidad y no una carga.
Por qué esto le importa a la Argentina de 2026
Durante décadas nos enseñaron que ser exitoso en los negocios y ser una buena persona eran dos cosas separadas o hasta opuestas. Enrique Shaw demostró con su vida todo lo contrario: se puede generar riqueza sin perder el alma, y se puede vivir cristianamente en el mundo de los negocios. En un país que necesita volver a confiar en sus empresarios, en sus inversores, en quienes arriesgan capital y crean trabajo, la figura de Shaw nos muestra que la unión entre "los que generan" y "los que reciben" es posible, buena y deseable.
No hace falta compartir la fe de Enrique Shaw para reconocer lo que representa: la prueba de que la vocación empresarial, bien entendida, es una forma de servicio. Esa es la Argentina que, entre la reforma económica y la batalla cultural, todavía tenemos pendiente construir.