Los datos están sobre la mesa, pero todavía hay quienes se resisten a ver lo evidente. El Índice de Precios Internos al por Mayor (IPIM) marcó en febrero un aumento de apenas 1% mensual, con una variación interanual del 25,6%. Sin embargo, quedarse en ese número anual es quedarse en el pasado. Lo verdaderamente relevante está en la dinámica que ya empezó a desplegarse y que anticipa un cambio mucho más profundo. Porque la inflación no es una foto estática, es un proceso. Y ese proceso, en la Argentina, ya cambió.
Cuando el ritmo mensual se ubica en torno al 1%, lo que estamos observando no es una simple desaceleración, sino una ruptura con la lógica inflacionaria previa. Si se anualiza la dinámica más reciente, la inflación mayorista corre al 13%, y si se toma el bimestre, al 17%. Estos números están muy lejos del régimen inflacionario que dominó durante años. No se trata de un fenómeno transitorio ni de un golpe de suerte: es el resultado directo de haber terminado con la emisión monetaria como mecanismo de financiamiento del déficit.
Durante años, el Estado argentino operó bajo una lógica profundamente destructiva: gastar sin límite y trasladar el costo a la sociedad mediante la inflación. Este mecanismo funcionó como un impuesto encubierto, regresivo y constante, que deterioró salarios, destruyó el ahorro y desorganizó toda la estructura de precios de la economía. La emisión no era un accidente, era el corazón del sistema. Por eso, cuando se corta la emisión, no se está atacando un síntoma, sino la causa misma del problema.










