Hace cinco años escribí un artículo defendiendo la propiedad privada como uno de los pilares fundamentales de una sociedad libre. En aquel momento, esa defensa parecía una posición contracultural frente al avance de ideas que justificaban una creciente intervención del Estado sobre la vida de las personas.
Hoy vuelvo sobre aquellas reflexiones porque la Argentina atraviesa un momento histórico. Después de muchos años, la propiedad privada, la libertad económica, la estabilidad monetaria y la limitación del poder del Estado han regresado al centro del debate público.
Y vale la pena recordar una verdad simple que durante demasiado tiempo fue olvidada; no hay libertad sin propiedad privada.
La propiedad privada no es simplemente el derecho a poseer bienes materiales. Es mucho más que eso. Es el derecho de cada persona a disfrutar del fruto de su trabajo, a ahorrar, invertir, emprender, construir un patrimonio y proyectar su futuro sin depender de la voluntad de quienes ejercen el poder.
Por eso nuestra Constitución Nacional establece en su artículo 17:
"La propiedad es inviolable, y ningún habitante de la Nación puede ser privado de ella sino en virtud de sentencia fundada en ley."
No se trata de una cláusula secundaria. Los constituyentes comprendieron que sin propiedad privada no existe verdadera libertad individual, porque el ciudadano que no controla el fruto de su esfuerzo termina dependiendo de quien controla los recursos.
"La propiedad privada es el terreno en el cual las semillas de la libertad se nutren y donde arraiga la autonomía individual en que se funda todo progreso intelectual y material", Ludwig von Mises.

Difícil encontrar una definición más precisa. Allí donde las personas pueden conservar y disponer libremente del resultado de su trabajo florecen la inversión, la innovación y el progreso. Allí donde la propiedad es insegura o queda sometida al arbitrio del poder político, la libertad comienza a retroceder.
La historia ofrece ejemplos contundentes. Las sociedades que protegieron la propiedad privada lograron atraer inversiones, generar riqueza, crear empleo y mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos, Singapur, Finlandia, Japón, Nueva Zelanda. Por el contrario, aquellas que avanzaron sobre ella terminaron produciendo pobreza, dependencia y concentración de poder, vemos el deterioro de Haiti, Cuba y Venezuela.
Durante décadas, la Argentina se alejó progresivamente de esos principios. La inflación permanente, los impuestos excesivos, las restricciones cambiarias, las regulaciones arbitrarias y la inseguridad jurídica erosionaron la confianza necesaria para producir, invertir y crecer.
Muchas veces la propiedad no fue atacada mediante una confiscación abierta. Fue erosionada silenciosamente por la inflación que destruía el ahorro, por tributos cada vez más pesados o por regulaciones que limitaban la capacidad de las personas para decidir libremente sobre el fruto de su trabajo.









