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Javier Milei y la “segunda independencia argentina”

Javier Milei y la “segunda independencia argentina”
Imagen de Ricardo Caito Leconte
porRicardo Caito Leconte
Opinión

Así como los congresales de Tucumán rompieron con la dominación española, esta generación debe superar la cultura estatista y consolidar las ideas de la libertad en todos los niveles del Estado.

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Cada 9 de Julio recordamos aquella decisión extraordinaria tomada por los congresales reunidos en Tucumán en 1816. En medio de un escenario militar desfavorable, con las fuerzas patriotas retrocediendo en distintos frentes y el poder español decidido a recuperar sus colonias, aquellos hombres hicieron exactamente lo contrario de lo que aconsejaba el miedo; declararon la independencia.

No eligieron el camino de la comodidad ni de la prudencia política. Eligieron la libertad.

El Acta de la Independencia proclamó la voluntad de romper "los violentos vínculos" que unían a las “Provincias Unidas de la América del Sur” con la Corona española y recuperar los derechos de los que habían sido despojadas. El 19, el Congreso agregaría una frase que conserva enorme actualidad, la independencia debía ser "de España y de toda otra dominación extranjera".

Sin embargo, la grandeza de aquellos hombres no consistió únicamente en romper con un imperio. También comprendieron que la libertad política debía transformarse en instituciones permanentes. Por eso, mientras algunos proponían instaurar una monarquía, la histórica intervención de Fray Justo Santa María de Oro inclinó definitivamente el destino nacional. Su célebre "¡República o nada!" sintetizó la convicción de que ningún pueblo puede ser verdaderamente libre si cambia un amo por otro.

Treinta y siete años más tarde, la Constitución de 1853, inspirada por Juan Bautista Alberdi, completó aquella obra. Allí nacieron las garantías que hicieron grande a la Argentina, la defensa de la propiedad privada, la libertad de comercio, de trabajo, de prensa, de culto y la limitación del poder político mediante la división de poderes.

Pero Alberdi dejó una advertencia; podíamos liberarnos de las máquinas fiscales de la metrópoli para terminar convirtiéndonos en colonos de nuestros propios gobiernos. Y eso fue exactamente lo que ocurrió, cuando nos apartamos de las ideas liberales.

Durante décadas la Argentina dejó de confiar en la libertad para confiar cada vez más en el Estado. La política sustituyó al ciudadano. El gasto público reemplazó al esfuerzo privado. Los impuestos dejaron de financiar funciones esenciales para transformarse en el combustible de una estructura estatal que crecía sin límites. Se multiplicaron ministerios, organismos, empresas públicas deficitarias, regulaciones absurdas y privilegios para una clase política cada vez más alejada de quienes sostenían todo ese sistema con su trabajo.

En nombre de la soberanía se justificó el aislamiento. En nombre de la justicia social se destruyó la cultura del mérito. En nombre del Estado presente se construyó un Estado omnipresente.

El ciudadano dejó de ser protagonista para convertirse en administrado. El emprendedor pasó a ser sospechoso. El productor fue tratado como una fuente inagotable de recursos fiscales. La inflación dejó de ser una excepción para convertirse en una forma permanente de confiscación del ahorro de los argentinos.

Años nos repitieron que era imposible reducir el gasto público, alcanzar el equilibrio fiscal, bajar la inflación sin controles de precios, desregular una economía asfixiada por miles de normas, reducir el tamaño del Estado sin provocar el caos.

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Los hechos comenzaron a demostrar exactamente lo contrario

Desde diciembre de 2023 la Argentina inició un proceso de transformación impensado unos años antes. El equilibrio fiscal dejó de ser una promesa para convertirse en un objetivo concreto. Se eliminaron organismos innecesarios, se redujo el peso del Estado, comenzaron a desmontarse regulaciones que durante décadas obstaculizaron la producción y el comercio y volvió a instalarse una idea que parecía olvidada, el Estado existe para garantizar derechos, no para reemplazar la iniciativa de los ciudadanos.

Esto no significa que todos los problemas estén resueltos. Décadas de decadencia no desaparecen en pocos años. Pero sí demuestra algo muy importante, las ideas de la libertad dejaron de ser teoría académica para transformarse en políticas públicas posibles.

La independencia política conquistada en 1816 necesita hoy ser completada con una independencia económica, institucional y cultural.

Porque un ciudadano agobiado por impuestos confiscatorios no es plenamente libre.

Porque un comerciante sometido a regulaciones arbitrarias no es plenamente libre.

Porque un joven que depende de un favor político para conseguir trabajo tampoco es plenamente libre.

La libertad no consiste solamente en elegir gobernantes cada cuatro años. Consiste en que cada persona pueda desarrollar su proyecto de vida con el menor nivel posible de interferencia estatal, respetando siempre los derechos de los demás.

Esta discusión también interpela a las provincias

No alcanza con acompañar las transformaciones nacionales si cada provincia mantiene intactas las estructuras burocráticas que desalientan la inversión, sostienen privilegios políticos y castigan al sector privado con impuestos distorsivos. No alcanza con celebrar la libertad mientras se conservan Estados provinciales sobredimensionados, empresas públicas ineficientes y sistemas administrativos que consumen recursos sin mejorar la vida de los ciudadanos.

Es el llamado de la historia a gobernadores, legisladores, intendentes, concejales; la libertad debe llegar a cada provincia y municipio de la Argentina.

Debe expresarse en una verdadera reforma del Estado, en la reducción del gasto improductivo, en la eliminación de impuestos que frenan la producción, en la transparencia de la administración pública y en la recuperación del principio más importante de todos, el dinero pertenece al ciudadano y no al Estado.

Los congresales de Tucumán tuvieron el coraje de romper con el poder más grande de su tiempo.

Nuestra generación enfrenta un desafío distinto, pero igualmente trascendente, romper definitivamente con la cultura del estatismo que durante décadas convenció a millones de argentinos de que la solución siempre debía venir de un gobierno y nunca de la libertad.

La responsabilidad de nuestra generación ya no consiste solamente en recuperar las ideas de la libertad, sino en consolidarlas y llevarlas hasta el último rincón del país.

Porque la independencia no es un hecho del pasado. Es una conquista que cada generación tiene la obligación de defender.


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