En 1921, Albert Einstein rechazó la tentadora propuesta de dictar una serie de conferencias en el Palladium londinense, y optó por una actividad que no le depararía honorarios sino diatribas: una gira de difusión del sionismo, junto a quien sería primer presidente de Israel, su amigo el científico Jaim Weizmann.
Einstein siempre priorizó su compromiso con la verdad por sobre la popularidad. Una década después salió a la luz el libro Cien autores contra Einstein para “desenmascarar la ciencia judía ante la verdad aria”. El físico se limitó a responder con parsimonia: “Si mi teoría fuera errónea, con uno solo habría bastado. No hacían falta cien”.
No son cien los falsarios esta vez, sino apenas una docena. El 6 de agosto difundieron “el oprobio y la ignominia” que les despierta la invitación al Primer Ministro de Israel a la Argentina. Para justificar su herida sensibilidad, lanzan, sin ningún ejemplo como es la norma para quien difama, las muletillas habituales de “crímenes contra la humanidad”, “genocidio” y otras trilladas mentiras contra un país que está defendiéndose de genocidas consumados.















