Estamos hablando de un golpe directo al corazón de la economía brasileña, afectando un flujo comercial de 1.800 millones de dólares anuales (aproximadamente 1.550 millones de euros), lo que demuestra que la retórica internacional de Lula no puede ocultar la decadencia de los controles de calidad internos bajo su gestión.
La respuesta oficial del gobierno, lejos de asumir la responsabilidad por no adecuar sus cadenas productivas a los tiempos modernos, ha sido el victimismo y la queja. Celso Amorim, el principal asesor internacional del presidente y artífice de esta política exterior errática, ha arremetido contra la Unión Europea afirmando con tono de derrota que: "La Unión Europea crea un estándar que todos deben seguir. Eso no es posible".
Con estas palabras, Amorim no solo admite el atraso de Brasil, sino que valida las denuncias que durante años sostuvieron los agricultores europeos: que el Mercosur de Lula pretende inundar el mercado con productos que no respetan las condiciones sanitarias, ambientales y laborales mínimas.












