En un movimiento de fuerte impacto geopolítico y estratégico, Japón anunció la puesta en marcha de un programa de asistencia destinado a reforzar la capacidad de vigilancia marítima de países sudamericanos que enfrentan la creciente presión de flotas pesqueras chinas que operan de manera ilegal o irregular en aguas internacionales limítrofes. La iniciativa beneficiará a Argentina, Uruguay, Perú y Ecuador, cuatro naciones clave en la defensa de los recursos naturales del Atlántico y del Pacífico Sur.
El programa, confirmado por el Ministerio de Relaciones Exteriores japonés y difundido por Nikkei Asia, contempla el envío de drones de vigilancia, botes patrulleros inflables y equipamiento tecnológico avanzado para el análisis de imágenes aéreas. Tokio destinó para este fin un total de 300 millones de yenes, equivalentes a USD 1,9 millones, que serán canalizados a través de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC).

Según precisaron fuentes oficiales, la tecnología permitirá identificar con mayor precisión el registro de las embarcaciones, el tamaño de sus tripulaciones y las rutas que siguen los buques, un aspecto central frente a una práctica cada vez más extendida por parte de las flotas chinas: la desactivación deliberada de los transpondedores GPS para evitar el rastreo satelital.
La preocupación internacional no es nueva. Las flotas pesqueras chinas mantienen una presencia activa en las inmediaciones de las Islas Galápagos, en Ecuador, y luego descienden frente a las costas de Perú y Chile. En el Atlántico Sur, se ha confirmado una intensa actividad en aguas cercanas a la Argentina y Uruguay. Estas flotas son sospechosas no solo de pesca ilegal, no declarada y no reglamentada, sino también de tareas de recopilación de información sensible, como el mapeo del lecho marino.
En Argentina, el fenómeno alcanzó niveles alarmantes durante la última década. De acuerdo con datos de Global Fishing Watch citados por los medios, la actividad pesquera en la zona conocida como la “Milla 201”, ubicada en el límite exterior de la Zona Económica Exclusiva, pasó de 61.727 horas por cada 500 kilómetros cuadrados en 2013 a 384.046 horas en 2023. Se trata de un crecimiento exponencial que expone la magnitud del problema.









