Por: Rodrigo Rial.
Cuando Luis Alberto Lacalle Herrera asumió la presidencia de Uruguay en 1990, el país se encontraba en una encrucijada histórica. Veníamos de salir de la dictadura y del primer gobierno democrático liderado por Julio María Sanguinetti, que, si bien devolvió la institucionalidad, no hizo demasiado para transformar la economía. El Uruguay de principios de los 90 venía arrastrando décadas de estancamiento, una crisis económica feroz en los 80, una deuda externa que no podíamos manejar, altos índices de desempleo y un aparato estatal que era más un lastre que una ayuda.
En este escenario, Lacalle propuso un programa de reformas con el objetivo de realizar un cambio radical: menos Estado, más mercado. Su visión era modernizar al país y alinearlo con un mundo que ya estaba en plena globalización. Pero estas propuestas cayeron en un clima de desconfianza y rechazo. Para muchos, parecía una amenaza más que una oportunidad.
Treinta años después, y viendo nuestra realidad actual, nos queda la gran pregunta: ¿qué hubiera pasado si Uruguay hubiera decidido apostar por esas reformas?
Un país atrapado en el pasado
A principios de los 90, Uruguay era un país de manos atadas por un Estado enorme. Telecomunicaciones, energía, banca y combustibles eran monopolios públicos. Estos sectores, aunque considerados símbolos de nuestra soberanía, no servían ni para dar un servicio eficiente ni para resolver los problemas de la gente.
Lacalle Herrera propuso un cambio drástico: privatización de empresas, apertura comercial y una reforma al mercado laboral. La idea era liberar recursos del Estado para concentrarlos en áreas clave, mientras el sector privado tomaba un rol más protagónico.
Pero la resistencia fue feroz. Los sindicatos, la izquierda y un buen pedazo de la sociedad veían estas reformas como un peligro para los derechos laborales y las conquistas sociales. El plebiscito de 1992, en el que se consultó a la población sobre la privatización de ANTEL, marcó un punto de no retorno. La sociedad votó en contra de abrirle la puerta al mercado, y esa decisión sigue marcando el rumbo económico del país.
El contexto internacional: ¿qué hacía el resto de la región?
Mientras tanto, en América Latina, se vivía una ola de reformas impulsadas por el “Consenso de Washington”. En países como Argentina con Menem, y Brasil con Cardoso, se tomaban decisiones de privatización, apertura de mercados y ajuste fiscal que no eran populares, pero sí necesarias.
Chile, que empezó a reformarse en los 80, era un ejemplo de éxito. Gracias a esas reformas, atrajo inversiones extranjeras y se modernizó rápidamente.
En cambio, Uruguay optó por la cautela. Un modelo más conservador que, si bien garantizó estabilidad, limitó el crecimiento a largo plazo. Mientras otros países avanzaban a pasos agigantados, nosotros seguimos dando vueltas en un sistema que priorizaba la tranquilidad antes que el progreso.








