En San Francisco, el intendente peronista Damián Bernarte vuelve a poner el foco en una obra que dista mucho de ser prioritaria para la ciudadanía. La bicisenda elevada que impulsa, presentada como símbolo de modernidad y seguridad vial, se convierte en un gasto millonario difícil de justificar. En un país donde el Gobierno Nacional promueve la austeridad, la decisión municipal parece ir a contramano del sentido común.
El proyecto, según el oficialismo local, busca embellecer el acceso a la ciudad y facilitar el cruce seguro de peatones y ciclistas. Sin embargo, San Francisco enfrenta problemas estructurales mucho más urgentes, como calles en mal estado, falta de cloacas y deficiencias en servicios básicos. Destinar recursos a una obra ornamental es, como mínimo, una muestra de desconexión con las verdaderas demandas vecinales.
Mientras en otras ciudades se aplican políticas fiscales responsables con resultados visibles, Bernarte prefiere alimentar su perfil político con obras vistosas. La bicisenda no responde a un pedido concreto de la población y amenaza con alterar innecesariamente el entorno urbano. En lugar de optimizar el presupuesto, el municipio refuerza una imagen de despilfarro que choca con el clima político y económico actual.












