Cuando los arqueólogos encuentran adultos y niños enterrados juntos en tumbas medievales, la idea más inmediata es que formaban parte de la misma familia. Un nuevo trabajo de la Universidad de Estocolmo, publicado en Science Advances, demuestra que esa suposición no siempre se sostiene.
Los investigadores analizaron el ADN de 142 personas que vivieron entre finales de la era vikinga y la Edad Media. El grupo incluía a más de 60 niños y adolescentes recuperados de varios cementerios: Sigtuna, cerca de Estocolmo; Västerhus, en Jämtland; y Fjälkinge, en Skåne.
Los resultados genéticos mostraron que los parientes biológicos cercanos eran sorprendentemente poco frecuentes entre quienes compartían la misma sepultura. Esto ocurría incluso en cementerios donde sí se detectaban numerosos lazos familiares en el conjunto de la población.
“A menudo asumimos que los adultos y los niños que comparten una tumba eran padres e hijos u otros familiares cercanos. En la mayoría de los casos, eso no fue lo que encontramos”, señala Maja Krzewińska, del Centro de Paleogenética de la Universidad de Estocolmo y autora principal del estudio.
Más que parentesco en las decisiones funerarias
Los hallazgos indican que las decisiones sobre quién era enterrado junto a quién estaban moldeadas por factores que iban más allá de los lazos de sangre. Aspectos sociales, religiosos o de la propia comunidad podrían haber tenido un peso importante.
“Los arqueólogos debatieron durante mucho tiempo las relaciones entre las personas sepultadas juntas en este tipo de tumbas. El ADN antiguo finalmente nos dio la herramienta que esperábamos para poner a prueba esas interpretaciones de manera directa”, afirma Anna Kjellström, investigadora del Departamento de Arqueología y Estudios Clásicos de la misma universidad.
El análisis genético también aportó información nueva sobre la infancia en la Escandinavia cristiana temprana. El ADN permitió determinar el sexo biológico de niños cuyos restos eran demasiado pequeños para identificarlo con fiabilidad a partir de los huesos.
Los patrones de entierro mostraron que los varones y las niñas seguían, en general, las mismas costumbres del cementerio que los hombres y las mujeres adultos. En Västerhus, por ejemplo, los hombres y las mujeres solían ser sepultados en lados distintos del camposanto, y los niños y las niñas se ubicaban según ese mismo criterio.
Identidad de género desde temprana edad
Los investigadores interpretan que la identidad de género se reconocía desde etapas tempranas de la vida y se reflejaba en las prácticas funerarias. “Los niños no eran tratados como una categoría separada. En la muerte, parecen haber sido tratados según los mismos principios sociales y religiosos que los hombres y las mujeres adultos”, explica Anders Götherström, profesor de Arqueología Molecular.
Entre las personas enterradas en Västerhus, el equipo también reconstruyó la historia de una familia particularmente interesante. Una mujer identificada como Lady 56 estaba genéticamente vinculada a varias otras personas del cementerio: sus padres, su hermano y dos hijas.
Sin embargo, las evidencias de su tumba sugieren que su vida pudo haber trascendido la comunidad local de Jämtland. Lady 56 fue sepultada con una concha de vieira, un objeto inusual en una tumba medieval escandinava. Esa concha era un símbolo ampliamente reconocido de la peregrinación a Santiago de Compostela, en el noroeste de España.
Su presencia indica que Lady 56 podría haber completado una de las peregrinaciones más famosas de la Europa medieval, recorriendo miles de kilómetros hasta el extremo occidental de la cristiandad antes de regresar a casa. Murió antes de los 30 años. Sus padres, su hermano y sus hijas también fueron enterrados en distintas partes del mismo cementerio.