Arqueólogos descubren un secreto oculto durante 450 años entre las ruinas de una antigua ciudad maya
Un montículo tardío en el epicentro de Ake, con bloques de edificios monumentales reutilizados en su cimentación. Crédito: Rosado-Ramírez, R., Antigüedades Latinoamericanas (2026).
Además, una muestra de residuos domésticos analizada mediante datación por radiocarbono arrojó una antigüedad correspondiente al período comprendido entre 1116 y 1218.
De esta manera, el estudio aportó evidencias de una ocupación prolongada que se extendió durante aproximadamente cuatro siglos y medio después del declive de la ciudad monumental.
Por qué las familias mayas continuaron viviendo entre los edificios derrumbados
La investigación también permitió descubrir que las ruinas no solo funcionaban como espacios habitacionales, sino que conservaron su importancia religiosa y ceremonial.
Entre las viviendas, los arqueólogos identificaron cinco pequeños santuarios, tres ubicados al pie de antiguas construcciones y otros dos levantados directamente sobre los escombros.
En uno de ellos encontraron un fragmento de una losa tallada alrededor del año 600 después de Cristo, junto con una importante concentración de recipientes utilizados para quemar incienso.
Estos hallazgos sugieren que los habitantes continuaban realizando ceremonias y depositando ofrendas en espacios vinculados con el pasado de la ciudad.
Según la interpretación de Rosado-Ramírez, para aquellas comunidades los edificios antiguos no eran simplemente construcciones deterioradas. También podían representar lugares asociados con sus antepasados, antiguos gobernantes y divinidades.
De hecho, los investigadores encontraron evidencias de entierros realizados entre las ruinas. Uno de los casos corresponde a los restos de un hombre depositados entre los escombros de las escaleras de una estructura monumental.
Otro aspecto importante es que el entorno natural también ofrecía recursos para la vida cotidiana. Con el paso de los años, la acumulación de tierra y humedad entre las piedras favoreció el crecimiento de vegetación y la presencia de animales.
Árboles como el ha'abim y el chakté' proporcionaban madera que podía utilizarse para construir viviendas, mientras que especies como conejos, armadillos, iguanas y abejas formaban parte del ecosistema que se desarrolló alrededor de las ruinas.
Así, los antiguos edificios mayas no quedaron aislados de la vida cotidiana, sino que fueron incorporados a una nueva forma de habitar la ciudad, en la que las familias aprovecharon tanto los materiales disponibles como los recursos del entorno.
La ocupación de Aké habría llegado a su fin durante la segunda mitad del siglo XVI, en un contexto marcado por el avance del dominio colonial español.
Una carta de 1567, firmada por 17 funcionarios mayas de la región de Motul, menciona a un gobernador de Tichake, un nombre geográfico relacionado con Aké. Sin embargo, el asentamiento dejó de aparecer posteriormente en importantes documentos coloniales.
Rosado-Ramírez plantea que esta desaparición de los registros podría estar vinculada con la política española de congregación, mediante la cual las autoridades coloniales trasladaban a las poblaciones indígenas y las concentraban en nuevos asentamientos.
En la actualidad, el lugar continúa habitado por unas 350 personas que viven en una comunidad conocida como Ruinas de Aké. Allí, la vida moderna convive con los restos del pasado: los vecinos utilizan un campo deportivo rodeado de antiguas murallas y una iglesia católica se levanta sobre una pirámide maya.
Durante siglos, las ruinas de las antiguas ciudades mayas fueron consideradas vestigios de una civilización que había desaparecido tras el abandono de sus grandes construcciones. Sin embargo, una nueva investigación arqueológica realizada en México reveló que algunos de estos lugares continuaron habitados durante cientos de años, incluso después de que sus templos y edificios monumentales comenzaran a derrumbarse.
El descubrimiento se produjo en Aké, una antigua ciudad maya ubicada en el norte de la península de Yucatán, donde un equipo de investigadores encontró evidencias de que distintas familias vivieron entre las ruinas durante aproximadamente 450 años, entre el 1100 y el 1550 después de Cristo.
El estudio, publicado en la revista científica Latin American Antiquity, estuvo a cargo de Roberto Rosado-Ramírez, investigador de la Universidad de Virginia, quien analizó los restos arqueológicos del asentamiento y llegó a una conclusión que modifica la interpretación tradicional sobre el destino de algunas ciudades mayas.
Mapa de la ciudad ancestral maya de Aké, que muestra el asentamiento del Posclásico. Crédito: Rosado-Ramírez, R., Antigüedades Latinoamericanas (2026).
Hasta ahora, ciertos objetos encontrados entre los edificios derruidos habían sido interpretados como ofrendas dejadas por visitantes que llegaban ocasionalmente al lugar. Sin embargo, las nuevas evidencias indican que Aké no era simplemente una ciudad abandonada que recibía peregrinos, sino un espacio donde numerosas familias desarrollaban su vida cotidiana.
Qué encontraron los arqueólogos entre las ruinas de la antigua ciudad maya
En su época de mayor desarrollo, Aké fue un importante centro urbano que contaba con una plaza pavimentada de aproximadamente 2,5 hectáreas, rodeada por siete grandes edificios. Además, estaba conectada con Izamal, otra ciudad relevante de la región, mediante un camino de unos 32 kilómetros de longitud y 13 metros de ancho.
Sin embargo, entre los años 1000 y 1100 después de Cristo, una combinación de sequías prolongadas y conflictos regionales afectó la organización política de distintas comunidades del norte de Yucatán.
Con el paso del tiempo, algunos de los edificios monumentales comenzaron a deteriorarse. La lluvia, el crecimiento de las raíces y la acción de animales que excavaban en el suelo contribuyeron al derrumbe de las estructuras.
El escondite 1 fue hallado entre los escombros de la Estructura 2, Ake. Crédito: Rosado-Ramírez, R., Antigüedades Latinoamericanas (2026).
Durante años, este proceso fue interpretado como una señal del abandono de la ciudad. No obstante, los arqueólogos descubrieron que, mientras las grandes construcciones se convertían en ruinas, nuevas viviendas comenzaron a levantarse entre ellas.
La investigación identificó 96 pequeños montículos de tierra y piedra que habrían servido como base para casas construidas con postes de madera y techos de paja. Cada vivienda tenía una superficie promedio de 45 metros cuadrados.
Uno de los datos más llamativos es que al menos el 75% de estas construcciones utilizaba bloques de piedra extraídos de los antiguos edificios mayas. Es decir, las familias aprovecharon los materiales de las estructuras derrumbadas para levantar sus propios hogares.
Además, 76 de los montículos estaban organizados en 12 grupos de viviendas, una distribución similar a la de los conjuntos familiares que existían en otras ciudades mayas.
Ejemplos de reutilización de bloques de piedra caliza extraídos de ruinas: (a) monumento tallado reubicado en un sendero entre ruinas; (b) bloque de un edificio monumental reutilizado como metate. Fotografías cortesía de Roberto Rosado-Ramírez.
Los especialistas también encontraron objetos que permiten conocer cómo era la vida de sus habitantes. Entre ellos había piedras utilizadas para moler alimentos, recipientes de cerámica, herramientas para hilar, huesos de animales y restos de basura doméstica.
Estos elementos resultaron fundamentales para demostrar que las personas no llegaban únicamente a realizar ceremonias, sino que cocinaban, trabajaban y desarrollaban sus actividades diarias en el lugar.
Para establecer cuándo fueron utilizadas las viviendas, los investigadores excavaron 17 montículos y analizaron los materiales recuperados. Los resultados indicaron que las casas estuvieron ocupadas entre los años 1100 y 1550 después de Cristo.