El general patriota llegó a las afueras de la ciudad tras el Éxodo Jujeño, enfrentó a su conocido Pío Tristán y decidió la victoria con una carga de voluntarios en medio de la confusión.
Manuel Belgrano tenía 42 años cuando llegó a las afueras de San Miguel de Tucumán el 10 de septiembre de 1812. Abogado y economista de formación, se había convertido en general por las circunstancias de la revolución. El Primer Triunvirato le había ordenado marchar hacia Córdoba para salvar lo que quedaba del Ejército del Norte. Él, sin embargo, sentía que abandonar el territorio haría mucho más difícil recuperarlo. El enemigo le pisaba los talones y los vecinos de la ciudad le rogaban que no los dejara a merced de los realistas.
La decisión no fue sencilla. Belgrano creía que la falta de orden podía llevar a la perdición de la causa iniciada en mayo de 1810. Pero dos hechos lo terminaron de convencer. El 3 de septiembre la retaguardia patriota había rechazado un ataque cerca del río Las Piedras, con sesenta muertos del otro bando y la captura de armamento valioso. Además, Juan Ramón Balcarce había logrado reunir un buen número de voluntarios que se entrenarían a contrarreloj y se armarían con machetes y cuchillos atados a lanzas.
“Batalla de Tucumán”. Óleo del pintor, dibujante e ilustrador Francisco Fortuny (España, 1865 - Buenos Aires, 1942).
Así se gestó la batalla que se libraría los días 24 y 25 de septiembre. El jefe enemigo no le era desconocido. Pío Tristán, peruano de 39 años, había coincidido con Belgrano en la época de estudiantes en Salamanca y después en Madrid. Delgado, de un metro cincuenta, de trato cordial e ingenioso, pero extremadamente avaro. Entre ambos había existido siempre una relación respetuosa, aunque distante.
Cuando Belgrano asumió el mando del Ejército del Norte le escribió ofreciéndole la posibilidad de una solución pacífica. Tristán, a su vez, envió cincuenta onzas de oro para que se tratara bien al coronel Agustín Huici, capturado tras el combate de Las Piedras. Belgrano devolvió el dinero y pidió que se destinara a los prisioneros patriotas. Firmó con humor “campamento del ejército chico”.
Plano de la batalla de Tucumán realizado por el general Mitre e incluido en su libro de “Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina”
La estrategia y el movimiento envolvente
Tristán era consciente de la precaria situación de su rival. El gobierno solo había enviado unos cuatrocientos fusiles y el ejército patriota padecía falta de disciplina, armamento deficitario y los estragos de la fiebre. Días antes de la batalla le mandó una carta provocadora a José Garmendia, vecino de Tucumán de simpatías patriotas, anunciándole el triunfo español y su deseo de bañarse y almorzar en su casa después del combate. La esposa de Garmendia respondió que prepararía una horca con el cabello de las damas tucumanas.
Belgrano planeó esperar a los españoles al norte de la ciudad, contraatacar a bayoneta y dispersarlos con la caballería. Si resultaba derrotado, la ciudad estaba atrincherada, con fosos y media docena de cañones para cubrir la retirada. El 23 los realistas estaban en Nogales, a veinte kilómetros. Tristán, confiado en su superioridad numérica, realizó un movimiento envolvente para cortar el camino hacia Santiago del Estero y evitar cualquier escape.
el general realista Pío de Tristán, quien comandaba las tropas españolas en la Batalla de Tucumán.
Gregorio Aráoz de Lamadrid descubrió la maniobra y quemó campos cercanos para confundir al enemigo. Eso le permitió a Belgrano rodear la ciudad por el oeste y formar una línea de ataque mirando al sur: tres columnas de infantería, cuatro piezas de artillería y la caballería dividida en dos. En la retaguardia quedó una reserva al mando del joven coronel Manuel Dorrego, de apenas 25 años.
En la mañana del jueves 24 los españoles aparecieron en el campo de las Carreras, al sur de la ciudad. Llegaron con la artillería todavía montada en las mulas. Vieron a la infantería patriota pero no a la caballería. Los cuatro cañones de Belgrano causaron daño en las primeras filas. El coronel Barrera ordenó cargar a bayoneta. Belgrano respondió mandando a la caballería de Balcarce sobre el flanco izquierdo enemigo y a la infantería al centro.
Batalla de Tucumán: un jefe enemigo conocido de Belgrano, una lucha con destino incierto y la carga que decidió la victoria - imagen 4
La carga decisiva y la confusión final
La infantería al mando del francés Carlos Forest se vio superada. El batallón de Ignacio Warnes retrocedía en confusión. El mayor José Superí, de 22 años, que lideraba un batallón de pardos y morenos, cayó prisionero y sus hombres se dispersaron. En ese momento el ejército patriota había perdido cerca de cuatrocientos hombres. Dorrego, sin esperar órdenes, arremetió con la reserva en auxilio de Forest y Warnes. Balcarce cargó a puro degüello con los voluntarios armados de lanzas y machetes, más algunos Dragones y Decididos de Tucumán.
La llegada de la noche terminó de desorganizar al enemigo. Un fuerte ventarrón trajo una manga de langostas. El impacto de los insectos en la cara y el pecho simulaba impactos de bala y muchos creyeron haber sido heridos. Los realistas, confundidos por los ataques combinados, se pusieron en fuga. Belgrano, desconectado de sus jefes durante las cuatro horas de combate, marchó hacia la ciudad con unos doscientos efectivos. Allí encontró a la infantería con las armas capturadas por Dorrego, varias banderas y cientos de prisioneros.
Belgrano entrega su bastón de mando a la Virgen de la Merced.
Esa noche se retiró a la estancia El Rincón, a tres leguas al sur. Al día siguiente formó frente al enemigo y envió al coronel José Moldes con una propuesta de rendición amigable. Tristán se negó. Esperó la oscuridad y se retiró hacia Salta. La victoria patriota, lograda contra las órdenes del gobierno y en condiciones precarias, cambió el destino de la campaña del Norte y consolidó la figura de Belgrano como uno de los pilares militares de la revolución.