Un estudio de la Universidad Hebrea de Jerusalén sugiere que los fuegos salvajes del Levante meridional expusieron arcillas cocidas que los primeros agricultores imitaron para fabricar cerámica.
Una investigación de la Universidad Hebrea de Jerusalén plantea que los incendios forestales antiguos podrían haber dado el puntapié inicial a una de las tecnologías más transformadoras de la humanidad: la fabricación de cerámica. Según el geólogo Amos Frumkin y su equipo, las comunidades neolíticas del Levante meridional habrían observado arcillas endurecidas por el fuego natural y aprendido a reproducir ese proceso.
Los investigadores reunieron datos de sedimentos lacustres y formaciones de cuevas correspondientes a dos períodos clave: entre hace unos 129.000 y 116.000 años, y luego entre aproximadamente 11.000 y 7.000 años atrás. En ambos intervalos detectaron señales claras de incendios extensos y una erosión intensa del suelo.
El momento de mayor actividad de quemas se concentra entre hace 9.500 y 8.200 años. Frumkin explica que, tras esa etapa de fuegos reiterados, la vegetación quedó reducida y la erosión dejó al descubierto capas de tierra que las lluvias y el escurrimiento arrastraron hacia los valles y depresiones.
Esas corrientes depositaron suelos ricos en arcilla en las zonas bajas, justo donde empezaban a establecerse los primeros grupos de agricultores. La aparición de la cerámica en la región coincide temporalmente con este escenario de paisaje alterado por el fuego.
La naturaleza como maestro involuntario
La hipótesis central es que esos agricultores tempranos se toparon con parches de arcilla que ya habían sido cocidos por los incendios salvajes. Al ver el material endurecido y resistente, habrían comprendido que el calor podía transformar la tierra blanda en un producto útil y durable.
Frumkin resume la idea con una frase que resume el hallazgo: “Una de las tecnologías más importantes de la humanidad podría haber surgido en parte de que las personas aprendieran a imitar lo que ya habían visto hacer a la naturaleza”. En otras palabras, el horno natural de los incendios habría funcionado como un laboratorio a cielo abierto.
Esta propuesta no afirma que el fuego haya inventado la alfarería por sí solo, sino que ofreció un modelo observable y repetible. Los grupos humanos, al vivir en esos valles de suelos arcillosos recién expuestos, contaron con materia prima abundante y con el ejemplo directo de la transformación térmica.
El estudio también señala que la erosión posterior a los incendios intensos concentró los sedimentos arcillosos en lugares estratégicos para el asentamiento agrícola. Así, el mismo proceso que devastó la vegetación de las laderas terminó favoreciendo la acumulación de recursos útiles en las zonas bajas.
Próximos pasos de la investigación
Los autores advierten que todavía faltan pruebas directas. En el futuro será necesario comprobar si los incendios de aquella época alcanzaron temperaturas suficientes para cocer la arcilla de forma efectiva y buscar capas de material naturalmente endurecido en el registro geológico.
De confirmarse, el trabajo reforzaría la idea de que muchas innovaciones tecnológicas no nacieron de un momento de genialidad aislada, sino de la observación atenta del entorno. La imitación de procesos naturales habría sido, en este caso, el puente entre el paisaje postincendio y el nacimiento de la cerámica en el sur del Levante.
La investigación se publicó en la revista Geomorphology y forma parte de un esfuerzo más amplio por entender cómo el clima, el fuego y la erosión moldearon las condiciones en las que surgieron las primeras sociedades agrícolas y sus tecnologías asociadas.