Por Martín-Miguel Rubio Esteban
En el relato que nos hace el evangelio de San Juan, al comienzo del capítulo XX, en su versión griega, se emplean tres verbos relacionados con el significado básico de “ver”, para contarnos que el sepulcro en donde fue colocado el cuerpo de Jesús estaba vacío, sin el cuerpo ya del divino Maestro, sólo con los lienzos y el sudario separados sin el cuerpo ni la cabeza.
Choca este rico repertorio verbal del griego lleno de matices – la sinonimia, sensu stricto, no existe en la lengua -, con el latín, que en todo momento dice solamente “vidit”. Todavía en el siglo I de nuestra era, y a pesar del Siglo de Oro de Augusto, el latín no podía ocultar sus orígenes, una lengua de soldados-labradores.












