Dentro de los huesos existe una fábrica que trabaja sin pausa: la médula ósea. Allí se originan las células de la sangre que transportan oxígeno, defienden al organismo de infecciones y ayudan a detener una hemorragia. Aunque suele asociarse a trasplantes y enfermedades graves, su función forma parte de la vida diaria.
La médula ocupa el interior de los huesos y tiene una textura esponjosa. Se distribuye por todo el esqueleto, pero se concentra sobre todo en zonas como la cadera. En ese espacio viven las células madre, encargadas de generar los componentes de la sangre.
Como los glóbulos rojos, los blancos y las plaquetas tienen una vida limitada, el cuerpo necesita renovarlos de manera constante. Cuando esa producción baja o se altera, el efecto se nota en varias funciones a la vez: menos oxígeno para los tejidos, una respuesta más débil frente a microorganismos o mayor facilidad para sangrar.
Los glóbulos rojos llevan el oxígeno desde los pulmones al resto del organismo. Si su cantidad desciende de forma importante, puede aparecer anemia, con cansancio, debilidad, mareos o falta de aire. Los glóbulos blancos, en cambio, intervienen en la defensa. Los neutrófilos actúan sobre todo contra bacterias, mientras que los linfocitos B y T responden principalmente a virus y conservan una memoria que permite reaccionar mejor ante infecciones previas o ante ciertos agentes presentes en las vacunas.
Cómo cambia la médula con la edad
Las plaquetas completan el sistema: se agrupan ante una lesión y ayudan a formar un coágulo para limitar la pérdida de sangre. Si escasean, pueden aparecer hematomas sin motivo claro, sangrados de nariz o encías y pequeños puntos rojizos o violáceos en la piel. Por eso una producción adecuada es clave para el transporte de oxígeno, las defensas y la coagulación.
La proporción de tejido que fabrica células sanguíneas se modifica con el paso de los años. En la infancia, la mayor parte de la médula conserva esa capacidad. Con el tiempo, una porción de ese espacio es reemplazada por grasa. Como referencia general, los especialistas estiman la cantidad de médula activa restando la edad de la persona a 100. Así, a los 40 años, cerca del 60 % seguiría produciendo células de la sangre.
La parte activa se llama médula roja y la que contiene más grasa, médula amarilla. Este cambio es habitual y, por sí solo, no indica una enfermedad.
Entre los problemas que afectan a la médula se encuentran los cánceres de la sangre, como las leucemias y los linfomas. En esas enfermedades, algunas células no maduran como deberían o se multiplican de forma anormal, lo que dificulta la formación de componentes sanos. También existen trastornos hereditarios, que suelen detectarse en la niñez, y otros que aparecen a lo largo de la vida, vinculados a infecciones, ciertos medicamentos o alteraciones del sistema de defensas. En algunos casos no se logra establecer una causa.
Cuándo consultar y cómo se diagnostica
Las infecciones frecuentes, el agotamiento persistente, la falta de aire, los moretones fáciles y los sangrados inexplicables son señales que justifican una consulta. Ninguna confirma por sí sola un diagnóstico, pero puede orientar la búsqueda de un problema en la producción de sangre.
El hemograma es el análisis que mide la cantidad y las características de las células sanguíneas, y suele ser el primer estudio que detecta valores fuera de lo esperado. Si los resultados sugieren una alteración, el equipo de salud puede pedir una biopsia: se extrae una pequeña muestra, en general del hueso de la cadera, para examinarla en el laboratorio. Algunas afecciones también se identifican con estudios de sangre que buscan cambios genéticos concretos.