El nivel de apoyo a la administración del presidente Yamandú Orsi registra el punto más bajo alcanzado por cualquier gobierno del Frente Amplio desde que asumió el poder en 2005, según la última encuesta de Opción Consultores correspondiente al segundo trimestre de 2026.
Apenas el 20 % de los uruguayos aprueba la gestión presidencial, mientras que el 48 % la desaprueba. El resto se ubica en una posición neutral. Ni durante el primer mandato de Tabaré Vázquez, ni en el momento de mayor popularidad de José Mujica, ni en la segunda presidencia de Vázquez se había verificado un descenso tan marcado y tan temprano en la valoración ciudadana.
A poco más de un año de haber asumido, el gobierno que llegó al poder con el compromiso de “otra forma de hacer las cosas” acumula ya más rechazo que respaldo. No se trata de un dato aislado ni de un mal momento coyuntural: es una tendencia consolidada.

El propio presidente Orsi reconoció la situación con franqueza: “Si hay gente que no está conforme es porque algo no está saliendo bien”. La afirmación es correcta, pero omite el elemento central del problema: la brecha creciente entre el discurso de campaña —centrado en la inclusión, la transformación y la recuperación del rumbo— y la percepción ciudadana sobre la evolución de los principales problemas del país.
Los uruguayos observan que los precios no ceden, que la inseguridad no disminuye de manera significativa y que las promesas de cambio se diluyen en anuncios y espacios de diálogo sin resultados concretos. Esa discrepancia entre expectativas generadas y resultados percibidos es la que explica, en gran medida, el deterioro de la imagen gubernamental.








