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Maquiavelo ha muerto

Maquiavelo ha muerto
Maquiavelo ha muerto
porJuan Gabriel Flores
Opinión

En Davos, Javier Milei declaró obsoleto el dogma que excusa la coerción en nombre de resultados.


“Maquiavelo ha muerto”. Así abrió Javier Milei su discurso en Davos, en el corazón mismo del globalismo. No fue una frase retórica. Fue una impugnación frontal a la idea que sostuvo siglos de dominación política: que el poder puede violar principios morales si promete buenos resultados.

Durante demasiado tiempo, la política se justificó a sí misma bajo una premisa tan simple como letal: el fin justifica los medios. Bajo esa lógica, el poder se arrogó el derecho de expropiar, regular, censurar, endeudar y empobrecer, siempre en nombre de una causa superior. El problema no es que esa lógica haya sido mal aplicada. El problema es que es falsa desde su raíz.

El error no consiste en que la política a veces se exceda, sino en creer que puede ser moralmente legítima. El poder político no es un árbitro neutral que ocasionalmente se corrompe: es una institución basada estructuralmente en la coerción. Pretender moralizarlo es intentar humanizar un mecanismo diseñado para imponer decisiones por la fuerza.

Cuando se dice que la política debe someterse a la ética, la conclusión inevitable es aún más incómoda: si la ética prohíbe la agresión, entonces la política, tal como la conocemos, es incompatible con la ética. No porque falle, sino porque su funcionamiento básico descansa en la amenaza y el uso de la violencia.

Este punto se vuelve crucial en el contexto actual, donde proliferan agendas que se presentan como “humanistas”, “inclusivas” o “solidarias”, pero que en el fondo siguen reclamando más poder político, más planificación central y más control sobre la vida de las personas. Ya no se habla de socialismo en términos clásicos. Se lo disfraza con un lenguaje moralmente seductor.

El problema no es estético. Es ontológico. Detrás de estas agendas “elegantes” subsiste el mismo núcleo socialista de siempre: la negación de la propiedad privada, la disolución de la responsabilidad individual y la creencia de que una élite puede decidir por otros qué es lo justo. Cambian las palabras, no la lógica. Y esa lógica sigue siendo profundamente antiética.

Aquí resulta inevitable recordar a Thomas Sowell, quien advirtió que el socialismo siempre apela a buenas intenciones, pero termina produciendo resultados catastróficos. No por un error de implementación, sino porque parte de una premisa insostenible: que es posible violar principios fundamentales sin pagar un costo humano devastador.

El caso de Venezuela no es una anomalía. Es la consecuencia lógica de haber aceptado que el Estado puede decidirlo todo. El colapso económico, la destrucción social y la consolidación de una narcodictadura no fueron excesos accidentales, sino el desenlace previsible de un sistema que eliminó cualquier límite real al poder político.

Nada de eso ocurrió de golpe. Ocurrió gradualmente, siempre justificado por un “fin superior”: igualdad, justicia social, soberanía popular. Ese es el verdadero peligro del maquiavelismo: no se presenta como tiranía abierta, sino como necesidad moral. Y cuando se acepta esa lógica, ya no hay freno institucional ni ético posible.

Por eso decir que Maquiavelo ha muerto no significa que la política deba “recuperarse”. Significa algo más profundo: que debemos dejar de pensar la política como el instrumento central de organización social. La alternativa no es un poder más ético, sino menos poder. No un Estado moralizado, sino relaciones voluntarias, contratos libres y cooperación sin coerción.

Occidente no está en crisis por falta de buenos gobernantes. Está en crisis por haber aceptado durante demasiado tiempo la idea de que alguien tiene derecho a gobernar la vida de otros. La verdadera salida no pasa por humanizar el poder, sino por desacralizarlo.

En ese sentido, la frase “Maquiavelo ha muerto” no anuncia el renacimiento de la política. Anuncia algo más radical: el comienzo del cuestionamiento definitivo del poder político como institución legítima. Y ese cuestionamiento, hoy, empieza a hacerse audible desde un lugar inesperado: la Argentina. Hacía más de cien años que la Argentina no contaba con un Presidente que, desde una perspectiva moral, pudiera pararse frente al mundo a defender la civilización occidental. La Historia se está escribiendo delante nuestro.


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