Por Martín Voss, para La Derecha Diario.
Durante su segundo mandato, el Presidente Trump reactivó de manera explícita su interés estratégico sobre Groenlandia. La iniciativa se inscribe en un escenario de reconfiguración del equilibrio hemisférico, marcado por la presencia de potencias extracontinentales y por la creciente centralidad del Ártico como espacio crucial para la defensa antimisiles, la vigilancia aeroespacial y el control de corredores marítimos dentro de la arquitectura de seguridad occidental.
La posición de Washington fue explicada por sus autoridades como una reafirmación del rol de Estados Unidos como garante del orden occidental frente a las capacidades incrementadas de actores como Rusia y China en el Ártico.
En este escenario, corresponde analizar los antecedentes históricos del interés norteamericano, la oportunidad estratégica que se abre para la Argentina en Malvinas y el Atlántico Sur y las implicancias energéticas pertinentes de la disputa.
Reactivación del interés estratégico estadounidense en Groenlandia
El interés estadounidense por Groenlandia se remonta a 1867, cuando el secretario de Estado William Seward impulsó un proyecto de adquisición de la isla junto con la compra de Alaska. Si bien no se concretó, la iniciativa instaló tempranamente a Groenlandia como activo estratégico para el control del Atlántico Norte y la defensa continental.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Washington asumió el control operativo del territorio para impedir su ocupación por la Alemania nazi tras la invasión de Dinamarca. Finalizado el conflicto, la presencia se formalizó mediante el Tratado de Defensa de 1951, que permitió la construcción de la actual Pituffik Space Base, integrada al sistema estadounidense de alerta temprana y vigilancia aeroespacial.
En este marco histórico, el Presidente Donald Trump retomó la reivindicación estratégica sobre Groenlandia, afirmando que “Estados Unidos necesita Groenlandia por razones de seguridad nacional” y reinstalando a la isla como enclave central de la arquitectura de seguridad atlántica liderada por Washington.
Oportunidad estratégica para Argentina: Malvinas, Atlántico Sur y Antártida
La anexión estadounidense de Groenlandia marcaría un precedente geopolítico de alto valor para la posición argentina en la disputa por las Islas Malvinas, el Atlántico Sur y Antártida.
En las últimas horas, la política y el destino han puesto en agenda nuevamente el tema: mientras que el embajador argentino en Francia, Ian Sielecki, se quejaba con fundamentos sólidos frente al parlamento francés por ponerlo frente a un mapa con las Islas Malvinas identificadas como territorio británico, el presidente Javier Milei firmó junto al presidente Trump en Davos la participación de Argentina en el Consejo de la Paz. Estos hechos –en principio aislados y desconectados entre sí- toman un sentido distinto en el contexto anteriormente descripto.
Al basar su acción en criterios de seguridad estratégica y control marítimo, Estados Unidos refuerza una aplicación contemporánea de la Doctrina Monroe, que concibe al hemisferio como un espacio de interés prioritario. Bajo esta premisa de “América para los americanos”, que tanto se ha destacado, el control de enclaves del Atlántico adquiere una dimensión central para la defensa de rutas oceánicas y la proyección antártica, donde Malvinas ocupa un rol central.










