La campaña de Luisa González enfrentó serias dificultades para consolidar una imagen propia ante el electorado. Aunque intentó mostrarse como una figura independiente, su estrategia se sostuvo en la figura del expresidente Rafael Correa, cuyo respaldo sigue siendo el eje central del correísmo.
El estrecho resultado de la primera vuelta la obligó a buscar apoyos más allá del voto duro, sin éxito claro. La falta de capital político propio demostró que su fortaleza sigue anclada en el pasado, sin lograr una conexión genuina con nuevos sectores del electorado.
La Revolución Ciudadana redujo visiblemente la exposición mediática de Correa, aunque su presencia digital se mantuvo activa. Entre enero y febrero, el expresidente protagonizó más de 50 entrevistas promovidas como recorridos simbólicos por el país.
A pesar de sus declaraciones sobre gobernar sin tutelas, González defendió abiertamente la gestión de Correa en el debate presidencial. Este doble discurso reflejó una contradicción central de su campaña: buscar independencia sin romper con el legado que la sostiene.

El equipo de González también optó por alejar del discurso temas impopulares como la desdolarización y disminuyó la visibilidad del candidato a la vicepresidencia, Diego Borja. Estos cambios tácticos intentaron maquillar las debilidades estructurales del proyecto correísta.









