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Francia

El histórico partido Los Republicanos está por desaparecer: Sacó menos de 5% y no puede pagar sus deudas

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Tanto Los Republicanos como el Partido Socialista, las dos agrupaciones que dominaron la política francesa de la Quinta República, están a punto de desaparecer.

El partido Los Republicanos (LR) parecerá novedoso para muchos pero no es más que un renombre del histórico partido Unión por un Movimiento Popular (UMP), que llevó a Jacques Chirac a la presidencia en 2002 y a Nicolas Sarkozy en 2007.

Los Republicanos o UMP, es uno de los dos partidos más importantes de Francia desde la constitución de la Quinta República, junto al Partido Socialista.

Sin embargo, en los últimos 10 años, pasaron de poner un presidente a sacar menos del 5% de los votos en unas elecciones generales, como ocurrió este domingo en las presidenciales que llevarán a Emmanuel Macron y Marine Le Pen a ballotage.

El partido se inundó en deuda para esta campaña, pensando que iba a hacer una gran elección y fácilmente podrían pagar sus compromisos con donaciones y las transferencias del Estado. En total, tomaron prestados 7 millones de euros.

Pero el electorado no acompañó. La pésima candidata que ganó las internas, Valérie Pécresse, no evocó el sentimiento conservador clásico de Los Republicanos, y el resultado final fue de 4,78%. Cabe aclarar que en 2017, François Fillon, condenado por corrupción en su paso como primer ministro, obtuvo el 20% de los votos, lo cual da una magnitud del fracaso de la campaña de Pécresse.

Como el partido obtuvo menos del 5% de los votos, el Estado no les hará transferencias de dinero para solventar la campaña. Además, muchas de las donaciones que habían recibido eran promesas de pago, que tras el pésimo resultado, es poco probable que alguna vez cobren.

Ahora, Pécresse (que llamó a votar por Macron) está pidiendo donaciones individuales de los simpatizantes del partido, porque si no pueden pagar sus deudas y no mejoran los resultados en las próximas elecciones, Los Republicanos podría dejar de existir.

El fin del bipartidismo: El Partido Socialista también colapsó en las elecciones

El cuento es el mismo para el otro partido más importante de Francia hasta la irrupción de Macron y Le Pen. El Partido Socialista, que gobernó Francia hasta 2017 con François Hollande, obtuvo menos del 2% de los votos, y no recibirá dinero del Estado para pagar la campaña.

De todos modos, los socialistas sabían que iban a tener un mal resultado, y mantuvieron los gastos de campaña al mínimo.

La candidata Anne Hidalgo obtuvo exactamente 1,75% de los votos a nivel nacional, y a pesar de haber sido electa alcalde de París en 2020 con el 48% de los votos, esta vez no superó el 5% en su propio distrito.

Francia

Hay nueva Primer Ministra de Francia: Macron nombra a la socialista Élisabeth Borne para ser su mano derecha

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La funcionaria había sido hasta ahora Ministra de Trabajo de Macron. El cambio se produce tras la renuncia del centro-derechista Jean Castex, desalentado por el resultado de las elecciones.

Francia tiene un sistema presidencialista único en el mundo. El Presidente es elegido por voto popular mientras que el Primer Ministro, una figura tipo Jefe de Gabinete, es propuesto por el mandatario pero elegido en última instancia por el Congreso.

Generalmente, el presidente y el primer minstro pertenecen al mismo partido o misma coalición de partidos, pero esto puede no ser así. Esto ha pasado pocas veces en la historia de la política francesa, y se lo conoce como “cohabitación“. En esos casos, prima la agenda del Primer Ministro y no la del Presidente.

La oposición, englobada principalmente en la derecha de Le Pen y Zemmour, y la izquierda de Mélenchon, tienen los ojos puestos en las elecciones del 12 de junio, donde esperan conseguir la mayoría legislativa e imponerle un Primer Ministro a Macron que limite su gobierno.

Pero en el interín, Macron ha logrado que el Congreso le apruebe la designación de Élisabeth Borne, hasta ahora Ministra de Trabajo, y buscará mantenerla luego de las elecciones legislativas.

Borne pertenece al Partido Socialista, actualmente opositor al gobierno de Macron, pero que viene trabajando con el líder de LREM desde sus primeros pasos en la política. Fue parte de su equipo de asesores en la campaña de 2017.

Luego, tras su asunción, la mujer de 61 años oriunda de París se desempeñó como Ministra de Transporte (2017-2019), Ministra de Transición Ecológica e Inclusiva (2019-2020) y ahora Ministra de Trabajo (2020-2022).

Ingeniera de formación, trabaja hace años en el sector público francés. De 2008 a 2013 fue Directora de Planeamiento Urbano de la Ciudad de París. Luego, ese año, fue electa prefecta (representante del Estado nacional ante una región) de Vienne y Poitou-Charentes.

Apenas un año más tarde, en 2014, pasaría a servir por un año como secretaria privada de la socialista Segolene Royal, quien ocupaba el cargo de Ministra de Ecología, Desarrollo Sustentable y Energía en el gobierno de François Hollande. De 2015 a 2017 trabajó como Directora Ejecutiva del Grupo RATP, de propiedad estatal, que desarrolla actividades en el área del transporte público.

Tras años de militancia en el Partido Socialista, en 2017 decide trabajar en la campaña de Macron (también ex funcionario del gobierno de Hollande) abandonando a su partido que apoyó la fallida candidatura de Benoît Hamon.

Con la victoria de Macron, Borne se une al gobierno de La República En Marcha (LREM), partido del ahora presidente re-electo, quien rápidamente la asciende a su primer trabajo ministerial.

En Francia, el Primer Ministro funciona como un Jefe de Gabinete pero con más poderes. Tiene el trabajo de coordinar el Gabinete, hacer funcionar el Poder Ejecutivo en su día a día y puede enviar leyes al Congreso sin la firma del Presidente. A pesar de ser considerado el segundo cargo más importante de la política nacional, cuando no hay “cohabitación”, suele operar como la mano derecha del presidente.

La ahora primera ministra Borne es la segunda mujer en ejercer este cargo en la historia de Francia. La anterior, Édith Cresson, también del Partido Socialista, no llegó a durar 1 año en el cargo y tuvo que renunciar tras un escándalo de corrupción.

Su designación no dejó contento al Partido Socialista, quien viene criticando hace tiempo su pase de bando en las últimas elecciones. El líder del partido, Oliver Faure, y el líder izquierdista Jean-Luc Melenchon han criticado su nombramiento, puesto que sus acciones al frente del Ministerio de Trabajo en los últimos años han sido más criticadas por la izquierda que por la derecha.

Bajo sus carteras, la ministra ha impulsado, diversas reformas, como la reforma del seguro de desempleo o el desmantelamiento del servicio público ferroviario.

Castex, hasta hoy primer ministro, da la bienvenida al gobierno a su sustituta.

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Francia

Macron: El liberticida que se convirtió en la figura favorita de los “liberales” de izquierda

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El disfraz de un empresario refinado o administrador eficiente, de modales respetuosos, es el arquetipo que enamora al “liberalismo” de izquierda, aunque haga todo lo contrario a la agenda liberal.

A pesar de que llevó la deuda pública y el gasto estatal a niveles históricos, aumentó impuestos, estatizó empresas e impuso una de las cuarentenas más fuertes del mundo, los seguidores de Emmanuel Macron han defendido su gestión como un camino en defensa del liberalismo más riguroso contra el peligro del presunto oscurantismo ultraderechista de Marine Le Pen. Nada más alejado de la realidad.

Para entender qué es el liberalismo de izquierda, sirve lo que el autor argentino Juan José Sebreli, escribió el año pasado en un artículo de la Revista Seúl titulado Por qué soy un liberal de izquierda: “Para nosotros, las minorías de cualquier tipo deberán ser siempre respetadas, porque el liberalismo es justamente el respeto de las elecciones libres, por eso resulta intolerable cuando uno ve a ciertos liberales aliados a católicos, evangelistas, dogmáticos, homófobos, conservadores o directamente a fascistas”.

La democracia liberal gana un respiro”, tituló el diario The Washington Post tras conocerse los resultados de las elecciones en Francia. Según el artículo, triunfó un “elocuente defensor de los valores democráticos liberales”, crítico del “nacionalismo estrecho” y del “autoritarismo”.

Por su parte, en sus redes sociales, el director de fundaciones liberales Alejandro Bongiovanni, escribió que la victoria de Macron es una “discreta satisfacción” porque “el mundo sería peor con un mandato de Le Pen”. En el mismo sentido, la periodista macrista Cristina Pérez, publicó en su cuenta de Twitter que “el triunfo de Macron es un triunfo para el mundo libre”.

Con apenas pinceladas, se observa aparentemente que Macron es esa fuerza menos mala que bloquea a la ultraderecha (la derecha ya no existe, según los medios, hoy sólo tenemos ultraderechas). El economista español liberal Juan Ramón Rallo escribió en el diario La Razón de España que “el problema ahora mismo en Francia sigue siendo el mismo que hace cinco años: la alternativa que tiene Macron enfrente, Le Pen, es peor”.

Parece mentira que el Macron de quienes hablan es el mismo que se animó a decir en enero que a los no vacunados tenía muchas ganas de joderles la vida, para luego imponerles brutales restricciones con pases sanitarios dignos de las peores dictaduras de la humanidad.

Tal testimonio debería haber ahuyentado a aquellos que velan por el respeto de “cualquier minoría”, y de mínima alzar la voz contra una afirmación un tanto autoritaria. Pero no. Si la minoría perseguida no es un grupo LGBT, no pasa nada. No es de ultraderecha ni vacunófobo.

El descaro del presidente francés causó una orgía mediática en los titulares de la prensa progresista, alimentando el deseo pandémico de “joder” a quienes habían elegido no inocularse con experimentos. Eso sí, nadie puso en duda sus “valores democráticos liberales”. Pasó inadvertido por todos.

No fue casual tal aseveración: la política sanitaria de Macron desde el comienzo del coronavirus hace dos años fue la de un estricto confinamiento con duras penas para los infractores. No por nada los franceses enfrentaron una de las cuarentenas más brutales de toda Europa.

Algunos podrán decir que muchos mandatarios impusieron brutales restricciones sanitarias. Es cierto. Pero sus fieles “liberales de izquierda” tampoco pueden agarrarse de las cuestiones económicas.

Macron no ha reformado absolutamente nada del gigantesco y saqueador Estado francés. La enorme carga fiscal y el elevado gasto social caracterizaron su gestión. El gasto público a día de hoy en Francia es de casi 60% del PBI, 3,5 puntos más alto que en 2017, año en que llegó al poder, y más de 5 puntos si comparamos con el año antes de que sea nombrado ministro de Economía.

Aunque niveles estrafalariamente altos de gastos estatales sean lo normal en la prisión impositiva que es la Unión Europea, Francia lidera el ranking entre los países más derrochadores que integran la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). Lo mismo ocurre con la deuda pública, que actualmente está en 112% del PBI, cuando al momento de su asunción era del 97% del PIB.

De hecho, en la campaña, fue Le Pen la que abogó por bajar impuestos, proponiendo reducir del 20% al 5,5% el IVA de combustibles y electricidad, eliminar peajes de autopistas y la tasa audiovisual. Mientras Macron sigue defendiendo una tímida reforma previsional para aumentar la edad jubilatoria que en 5 años jamás se animó a ejecutar, Le Pen proponía una reforma integral con participación del sector privado.

También Macron impulsó una fuerte agenda estatizadora, que empezó a ejecutar en su primer día tras la reelección. Mientras Le Pen había llamado a estatizar empresas en 2017, propuesta que dejó de lado para estas elecciones, el “liberal” de izquierda la tomó sin tapujos.

El enemigo invisible de la “ultraderecha”

La gran ventaja electoral de Macron ha sido una sola. Esta es, como lo está siendo en gran parte del mundo, el terror infundado contra las “ultraderechas”. El disfraz de un empresario refinado o administrador eficiente, de modales respetuosos, es el arquetipo que enamora al “liberalismo” de izquierda.

No importa si sube impuestos, si se burla de las libertades civiles (como fueron las cuarentenas), o si estatiza empresa. Su sola presencia alcanza para frenar un mal mayor. Pero, ¿cuál es ese mal mayor? ¿Un político que alerta sobre el malestar social de una inmigración masiva sin restricciones? ¿Que defiende la autoridad de los padres sobre sus hijos menores de edad contra el Estado? ¿Qué propone reformas más ambiciosas para bajar impuestos?

En Europa lo normal es que antes que un Víctor Orbán húngaro o un Vladimir Putin ruso, es mejor cualquier cosa. En Estados Unidos la sintonía es la misma, y es en ese sentido que se logró ponerle un bozal a Donald Trump. Recientemente, Chile fue un caso de estudio, donde para muchos liberales fue mejor una izquierda extrema (Gabriel Boric) que una supuesta ultraderecha (José Antonio Kast).

En Francia ocurre lo mismo con Le Pen, derrotada en 2017 y ahora en 2022. El propio Macron se mostró sabedor de que ganó gracias a la campaña del miedo que todos los medios ejecutan contra la derecha frente a cada elección importante: “Muchos me votaron para bloquear a la extrema derecha y eso es una obligación para mí”, dijo en su discurso de victoria.

Lo importante ya no es la gestión o incluso la reducción del peso del Estado, hoy lo urgente es impedirle a las derechas llegar al poder, como también lo expresó Angela Merkel cuando surgió el partido nacionalista Alternativa por Alemania (AfD).

Para los “liberales” de izquierda, cada elección ya no es una forma de ponerle límites al Estado benefactor que ha empobrecido a los europeos, su cruzada es contra un enemigo invisible creado por la propia izquierda marxista: el hombre de paja con un cartel que dice ultraderecha.

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Macron propone estatizar el 100% de la empresa eléctrica más importante de Francia

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Como primera medida tras su reelección, el presidente avanzará con la expropiación del 100% de Electricidad de Francia (EDF), la distribuidora y productora de electricidad más importante de Francia y la segunda más importante a nivel mundial.

Tan solo dos días después de ser reelecto en las elecciones presidenciales del domingo, el presidente Emmanuel Macron anunció la expropiación total de Electricidad Francesa (EDF, por sus siglas en francés), como una “solución” a la crisis energética provocada por la guerra entre Rusia y Ucrania.

Esta propuesta ya había sido presentada en el pasado mes de marzo, como parte de la plataforma del entonces candidato a presidente, y ni bien ganó la segunda vuelta contra la derechista Marine Le Pen, que se oponía a la estatización, impulsó esta medida.

“Sobre algunas de las actividades más soberanas, se debe considerar que el Estado debe hacerse cargo del capital, lo que también va con una reforma más amplia del primer electricista francés”, declaró Macron.

EDF se constituyó como la empresa estatal de producción y distribución de electricidad más importante de Francia desde 1946, aprovechando el masivo flujo de dinero desde Estados Unidos en el contexto del Plan Marshall.

Pero desde el año 2004, el presidente Jacques Chirac transformó la empresa en una sociedad anónima en el marco de la liberalización del mercado eléctrico europeo, y a partir del año 2005 fue privatizado el 16,35% del paquete accionario.

Con la privatización parcial de Chirac, el Estado francés conservó el 83,6% del capital social, aunque el sector privado empezó a tener una fuerte injerencia en el día a día de la compañía. Ahora, Macron, que de liberal no tiene nada, propone volver marcha atrás y retomar la estructura de la vieja corporación estatal sin ninguna participación del sector privado.

Las razones presentadas para la estatización

La gigante eléctrica EDF concentra la mayor parte de sus actividades en el desarrollo y la administración de la energía nuclear francesa, la más importante de Europa, y por lo tanto está en la mira de las políticas energéticas de los sucesivos Gobiernos.

La administración de Macron llevó a cabo una intensa regulación sobre los precios para la distribución de energía eléctrica desde EDF, dada la enorme presión del Estado en la cartera accionaria. Estas medidas destruyeron los balances contables de la empresa y la condujeron a importantes desequilibrios financieros.

Aún así, el problema energético de Macron para “relanzar la energía nuclear” supondría deteriorar aún más las finanzas de la empresa, algo que encontraría una fuerte reacción de la cartera privada de accionistas.

Esta es la principal razón por la cual el mandatario impulsa la estatización total, siendo que todos los costos financieros de sus políticas serán rescatados por el propio Estado francés, o sea por los contribuyentes franceses.

El programa energético de Macron, el llamado plan “Marie Curie”, prevé la construcción de hasta 20 nuevos reactores nucleares en todo el país, de los cuales la mitad estarían activos a partir de 2031 y la segunda mitad a partir de 2036. Todo esto iba a hacerse con una fuerte iniciativa privada, pero ahora se hará 100% con inversiones del Estado.

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