En un momento en que Colombia parece atrapada en un ciclo de incertidumbre, donde las políticas izquierdistas han erosionado la confianza en las instituciones y han profundizado las divisiones sociales, surge una luz de esperanza que ilumina el horizonte político. La reciente designación de la senadora Paloma Valencia como candidata presidencial del Centro Democrático para las elecciones de 2026 no es solo un hito partidista; es un símbolo de renovación, de coraje y de un compromiso inquebrantable con los valores que han hecho grande a nuestra nación. Como columnista de La Derecha, no puedo más que celebrar esta candidatura como un faro de optimismo en tiempos turbulentos.
Paloma Valencia, nieta del expresidente Guillermo León Valencia y una de las voces más firmes del uribismo, representa lo mejor de la tradición conservadora colombiana. Su trayectoria como senadora desde 2014 ha sido un testimonio de integridad y lucha incansable contra la corrupción, el narcoterrorismo y las políticas que amenazan la propiedad privada y la libertad económica. En un país donde la izquierda ha intentado imponer agendas divisivas, Valencia ha defendido con pasión la unidad nacional, la seguridad y el desarrollo rural. Su victoria en la encuesta interna del Centro Democrático, anunciada apenas esta semana, no fue casualidad: con un apoyo abrumador, demostró que los colombianos anhelan líderes auténticos, no populistas efímeros.

Lo que más inspira en su candidatura es la esperanza que infunde en millones de colombianos hastiados de promesas vacías. Imaginen un Colombia donde la paz no sea sinónimo de impunidad, donde los emprendedores puedan prosperar sin el yugo de impuestos asfixiantes, y donde la educación y la salud sean prioridades reales, no meros eslóganes. Paloma Valencia encarna esa visión: una mujer fuerte, inteligente y con raíces profundas en el Cauca, región que conoce de primera mano los desafíos del conflicto armado y la pobreza. Su aspiración a ser la primera presidenta de Colombia no es solo un logro de género; es un llamado a romper con el statu quo y a construir un futuro donde prime el mérito, la ley y el orden.
En estos días de diciembre de 2025, mientras el gobierno actual lidia con escándalos y una economía tambaleante, la candidatura de Valencia llega como un soplo de aire fresco. Ella no es una política de élites desconectadas; es una luchadora que ha enfrentado críticas feroces por defender principios innegociables, como la oposición a los acuerdos con guerrillas que priorizan a los victimarios sobre las víctimas. Su lealtad al expresidente Álvaro Uribe Vélez, artífice de la transformación de Colombia en las primeras décadas del siglo, la posiciona como la heredera natural de un legado de progreso y seguridad que muchos extrañamos.









