Estados Unidos reafirma su postura de tolerancia cero frente a influencias externas ligadas al terrorismo estatal, garantizando que la Copa del Mundo 2026 sea un evento seguro y libre de provocaciones políticas. Bajo el firme liderazgo de Donald Trump, se han impuesto protocolos de seguridad estrictos que obligan a la selección de Irán a entrar y salir del país el mismo día de cada encuentro deportivo.
Esta medida de soberanía nacional, enmarcada en un contexto de guerra y tensión persistente en Oriente Medio, responde a la necesidad imperante de proteger las fronteras de cualquier individuo vinculado a la Guardia Revolucionaria Islámica. El Secretario de Estado, Marco Rubio, fue tajante al advertir que la delegación persa “no incluiría a ningún individuo relacionado con esa fuerza”, una excelente medida para evitar que el torneo sea utilizado con fines ajenos al deporte.

Esta determinación ha forzado al equipo del régimen iraní a modificar drásticamente su logística. En lugar de establecerse en Arizona, como se había planeado, la delegación debió instalar su base de operaciones en Tijuana, México.
La instrucción, comunicada por el embajador Abolfazl Pasandideh, es clara: futbolistas y cuerpo técnico tienen autorización únicamente para “cruzar la frontera solo para disputar los encuentros y regresar a territorio mexicano apenas finalicen”.
El rigor en la concesión de visados ha dejado fuera de la lista de autorizados a figuras clave del aparato directivo iraní. Entre los funcionarios a los que se les denegó el ingreso se encuentran el presidente de la Federación Iraní de Fútbol, Mehdi Taj, y su adjunto.

A pesar de las quejas de la embajada iraní, que calificó la medida como una “interferencia política” y solicitó la intervención de la FIFA, Washington se ha mantenido firme en sus requisitos de entrada y salida.








