La guerra entre Irán y Estados Unidos no es un conflicto lejano ni un tema para analistas internacionales. Es, en términos prácticos, un golpe directo al bolsillo de cualquier mexicano que carga gasolina, paga transporte o compra alimentos. Así de simple.
Y sí, el petróleo ya superó los 100 dólares por barril. No es un escenario hipotético. Ha pasado recientemente, con picos por encima de los 110 dólares en momentos de mayor tensión. La mezcla mexicana viene empujando hacia los 90 dólares, y si el conflicto escala, no sería raro ver niveles mucho más altos. Y si la situación se intensifica, como alertan los analistas, el barril podría llegar a 150 dólares.
Esto no es una teoría: ya está sucediendo. El diésel en México ha subido hasta 9% en algunas regiones y las gasolinas comienzan a reflejar el impacto del encarecimiento global.
Y aquí viene el problema estructural: México importa alrededor del 70% de las gasolinas que consume. Es decir, son los movimientos naturales del mercado internacional… pero con un gobierno que insiste en comportarse como si pudiera controlar los precios por decreto y hasta del mundo.
La respuesta populista: barata políticamente, carísima económicamente
El manual de Morena es predecible si el precio del combustible aumenta: discursos, controles y subsidios.
En primer lugar, el clásico: disminuir o suprimir el IEPS. Hoy en día, hasta 6.70 pesos están incluidos en el precio de cada litro de gasolina como impuesto. Eliminar ese impuesto parece tentador… hasta que comprendes que eso significaría menos ingresos para el Estado o más deuda, impuesto que bien de podría derogar si tuviésemos finanzas sanas, no repletas de contaminación como la corrupción y la enorme deuda a la que nos enfrentamos. Esta sería la política pública ideal.
Segundo, los famosos “acuerdos voluntarios” con gasolineros. Que si no suban tanto, que si se alineen, que si “por el bien del país”. En la práctica, es presión política disfrazada. No es política pública seria. Es básicamente: le bajas o vemos qué encontramos en la próxima auditoría.
Tercero, subsidios generalizados. Es decir, que todos —ricos y pobres— reciban gasolina artificialmente barata. Una medida regresiva, fiscalmente irresponsable y económicamente distorsionante.
¿El resultado? Exactamente lo que la evidencia muestra: cuando reduces impuestos indirectos en mercados imperfectos, la baja no llega completa al consumidor. Es decir, el gobierno pierde dinero y tú sigues pagando caro.
El costo real: inflación, deuda y mediocridad estructural
El aumento en el precio de los combustibles no es un problema independiente. Es combustible para toda la economía.
En México, el 80 % del transporte de carga se realiza con diésel. El aumento del precio del diésel se traduce en un incremento de todos los demás precios: los de alimentos, logística, transporte y servicios.
Es el comienzo típico de las presiones inflacionarias, algo muy cercano a la inflación como tal e igual de grave.
Y mientras tanto, el gobierno entra en una contradicción absurda: por un lado, presume mayores ingresos petroleros cuando sube el crudo; por otro, los quema subsidiando gasolina para contener el enojo social.
Es como llenar un tanque con fugas por todos lados. En otras palabras: festejan ingresos extraordinarios, mientras los arruinan mediante decisiones políticas.
Lo que sí debería hacerse (pero no se atreven)
Aquí es donde se separa la política cómoda de la política responsable.
Primero, dejar de subsidiar de manera generalizada. Si el precio sube, debe reflejarse. Lo que sí tiene sentido es apoyar directamente a quienes más lo resienten, no distorsionar todo el mercado.








