La barista, con una firmeza insólita, le dijo que primero iba yo. El hombre sonrió, como quien tolera condescendientemente una anécdota menor y permaneció de pie, frente al mostrador. La muchacha preguntó mi pedido, pero no terminé de pronunciar la palabra tarta cuando el chavorruco ya había estirado el brazo, tomado un paquete de galletas, dejado un billete sobre el mostrador y sentenciado: “quédatelo así”. Se marchó con una satisfacción apenas contenida, sin mirar a nadie. Como si se llevara un trofeo.
Semanas antes, un libertario me contó que un amigo suyo, químico, había logrado colocar un gel para el cabello en Walmart. Poco después, un competidor pagó para que sus productos lo ocultaran en los anaqueles. Las ventas del químico se desplomaron. Cuando observé que esa práctica era ilegal, un empresario veterano terció: “No es ilegal. Es ser inteligente. Así son los negocios.”
Ambas escenas —la del café y la del anaquel— no sólo muestran el mismo comportamiento: lo justifican. Vivimos tiempos donde la astucia ha reemplazado a la ética, y el descaro se celebra como virtud. Ya no importa el mérito ni el respeto a las reglas, sino la habilidad para escabullirse y tomar lo que otros esperan merecer, sean unas galletas, una posición en un anaquel o la libertad de expresión de los mexicanos: la única diferencia entre el mirrey de las galletas y Claudia Sheinbaum es el tamaño de su desfachatez.
Y así seguimos: aplaudiendo al más vivo, admirando al más descarado, resignados a que aquí no prospera el más justo, sino el que se lleva las galletas antes que los demás.