En 2001, mientras miles de fábricas cerraban, Fabio Moriconi decidió apostar por la producción local. Desde un pequeño galpón alquilado en Justiniano Posse, Córdoba, comenzó a fabricar balines para aire comprimido. Con una máquina recuperada de un desarmadero, nacía Apolo, una marca que hoy exporta a los cinco continentes.
Moriconi combinaba tres empleos y una familia en crecimiento, pero nunca abandonó su meta de colocar la etiqueta “Hecho en Argentina” en el mundo. Recorrió locales de Córdoba y el sur santafesino con una valija llena de muestras para convencer a comerciantes. En 2003, tras la devaluación, viajó a Buenos Aires y ofreció producir localmente a importadores que traían balines del exterior.
Su propuesta fue bien recibida y marcó el inicio de una sustitución de importaciones que fortaleció el mercado nacional. Dos años después, Apolo realizó su primera exportación a Chile y abrió así su camino internacional. Desde entonces, la empresa no ha dejado de crecer ni de incorporar tecnología.

Tecnología y expansión internacional
En 2008, en plena crisis financiera global, Moriconi viajó a Alemania con un objetivo ambicioso: conseguir maquinaria de punta. Sin capital propio, negoció un crédito con proveedores europeos, quienes confiaron en su proyecto. Esa decisión marcó un antes y un después, permitiendo a Apolo ingresar a mercados de Europa, Rusia, India y África.
Actualmente, la planta produce entre 50 y 55 millones de balines mensuales con 40 empleados trabajando en dos turnos. Desde Justiniano Posse, abastece marcas internacionales e incluso fabrica para una empresa alemana con más de dos siglos de trayectoria. La innovación constante y la disciplina industrial explican su posicionamiento global.










