La elección presidencial de 2027 no definirá únicamente quién ocupará la Casa Rosada hasta 2031. Definirá si la Argentina convierte la estabilización iniciada en 2023 en un cambio de época o si, una vez más, interrumpe un proceso de reformas antes de que alcance su madurez.
Todavía es prematuro hablar de candidaturas o hacer pronósticos electorales. Falta más de un año para la elección y la política argentina ha demostrado su capacidad para sorprender. Sin embargo, con la información disponible hoy, parece delinearse un escenario de fuerte polarización entre La Libertad Avanza y el kirchnerismo. De no emerger una “tercera fuerza” relevante, los argentinos deberán decidir si profundizan el proceso de transformación económica iniciado a fines de 2023 o si vuelven a un modelo que, durante décadas, condujo al estancamiento, la inflación y la decadencia.
Conviene empezar por una aclaración. Respaldar el rumbo económico no implica sostener que el gobierno hizo todo bien. Como cualquier proceso de transformación profunda, la gestión de Javier Milei estuvo acompañada de errores políticos y económicos. Algunos fueron producto de la inexperiencia propia de una fuerza que llegaba por primera vez al poder; otros, de la naturaleza imperfecta de cualquier gestión. Lo importante no es la ausencia de errores, sino la velocidad y la pericia con las que se los corrige.
Pero una cosa es exigir como ciudadanos que la política económica se perfeccione, y otra muy distinta es abandonar el rumbo para regresar a las mismas recetas que fracasaron una y otra vez. Javier Milei llegó a la Presidencia con el mandato económico de estabilizar una economía que se encontraba al borde del colapso.
A dos años y medio de aquel punto de partida, el panorama es sustancialmente distinto. Mencionar todos los avances resultaría imposible en una sola columna de opinión. Alcanza con mencionar algunos: el superávit fiscal primario dejó de ser una excepción para convertirse en una regla, el Banco Central inició un profundo saneamiento de su balance, la inflación -con sus vaivenes- descendió mucho más rápido de lo que se esperaba, volvió el crédito, se normalizó el comercio exterior, no hubo más desabastecimiento y sectores estratégicos como el agro, la minería y el petróleo recuperaron incentivos para invertir y expandirse. Ninguna variable sintetiza mejor el cambio de régimen como la caída del riesgo país, desde 1.920 hasta 437 puntos básicos.
Quizás el mayor logro del Gobierno no pueda resumirse en un indicador económico. El verdadero cambio fue haber alterado las expectativas de largo plazo. Durante años, empresas y familias tomaban decisiones pensando en cómo sobrevivir a la próxima crisis. Hoy, lentamente, reaparece la posibilidad de planificar, invertir y producir con un horizonte más largo. Esa normalización, aunque todavía incompleta, constituye uno de los activos más importantes que podría recibir la Argentina en 2027.
Eso no significa que la tarea esté terminada. Sería un error presentar la política económica como un modelo acabado. En el plano monetario-cambiario, aún se conservan rasgos propios del régimen anterior, que se propuso dejar atrás: restricciones cambiarias que todavía limitan la libre movilidad de capitales, cepo para personas jurídicas, y una política monetaria discrecional y sumamente dependiente del Ministerio de Economía. Aunque Javier Milei llegó al poder proponiendo cerrar el Banco Central, como mínimo debería avanzar hacia una autoridad monetaria independiente, con reglas claras y libre de discrecionalidad. Es una deuda pendiente.
Los desafíos no terminan en el plano monetario. Si bien la economía creció 6,6% desestacionalizado entre noviembre 2023 y marzo 2026 (EMAE-INDEC), el crecimiento es heterogéneo y concentrado en sectores específicos. El agro, la minería, el petróleo e intermediación financiera lideran la expansión, pero la mayoría de las actividades vinculadas al mercado interno continúa mostrando dificultades para despegar. Esa realidad se refleja en la fragilidad del empleo privado formal, que sufrió una caída de 215.000 puestos de trabajo, aunque fue más que compensada con un aumento del empleo informal (+311.000 solo en el último año). Con datos hasta abril, los salarios reales privados permanecen 3,5% debajo de los niveles de noviembre de 2023. El desafío consiste en que ese crecimiento agregado alcance a una porción cada vez mayor de la sociedad, particularmente a los conglomerados urbanos.
Olvidar de dónde venimos y el enorme esfuerzo que demandó evitar una crisis social de magnitud puede ser peligroso, porque la política argentina tiene una curiosa habilidad para reinventarse. Quienes durante años combatieron las buenas medidas implementadas por el gobierno ahora quieren disfrazarse de pragmáticos y conciliadores, rescatando políticas del gobierno actual y amoldándose a los cambios en la opinión pública.
De golpe, proliferan los “siempre estuvimos a favor del equilibrio fiscal”, los “nunca defendimos el cepo” y los “siempre quisimos bajar impuestos”. La ciudadanía tendrá la responsabilidad de no dejarse seducir por los “cantos de sirena” de esos actores.
El gobierno también tendrá su propia prueba. Haber evitado una crisis económica de magnitud fue condición necesaria para iniciar un proceso de transformación, pero difícilmente alcance para ganar una elección presidencial. De aquí a 2027 deberá demostrar que la estabilidad macroeconómica puede traducirse en una mejora concreta del bienestar de los argentinos: más inversión, más empleo privado, menor inflación y mejores salarios.
Las expectativas tienen un límite si no están respaldadas por resultados tangibles. El principal argumento del oficialismo no puede reducirse a advertir sobre los riesgos de volver al pasado. La dicotomía entre continuar las reformas o regresar a un modelo que ya fracasó seguirá siendo relevante, pero por sí sola no bastará para convencer a una sociedad que hizo un enorme esfuerzo durante estos años.
La mejor campaña posible será una economía que muestre que los costos de la estabilización comenzaron a transformarse en beneficios visibles para la mayoría de los argentinos. Solo así, la elección de 2027 dejará de estar determinada por el miedo al pasado y la esperanza de un futuro mejor para convertirse en la confirmación de que la estabilidad no fue un paréntesis, sino el comienzo de una nueva etapa para la Argentina.