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El giro que puede cambiar el futuro de los argentinos

El giro que puede cambiar el futuro de los argentinos
El giro que puede cambiar el futuro de los argentinos
Imagen de Juan Gabriel Flores
porJuan Gabriel Flores
Opinión

El país busca dejar atrás décadas de controles y volver a competir por capital, talento y tecnología.

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Durante años, la Argentina discutió cómo administrar la escasez. La conversación pública giraba alrededor de subsidios, controles, restricciones y nuevas regulaciones para intentar sostener un modelo que, lejos de generar riqueza, terminaba expulsando empresas, frenando inversiones y empujando a millones de personas hacia la dependencia del Estado.

Mientras otros países competían por atraer capital, talento y tecnología, la Argentina parecía obsesionada con castigar al que producía. El empresario era sospechoso. El inversor era visto como alguien que venía a “llevarse todo”. Y ganar dinero parecía casi una culpa moral antes que una señal de creación de valor.

Ese clima no solo destruyó confianza. También destruyó futuro.

Por eso el anuncio realizado esta semana por el presidente Javier Milei sobre el envío al Congreso de un “Súper RIGI” representa mucho más que una medida económica. Es una señal política e institucional. Una forma de decirle al mundo que la Argentina quiere volver a ser un país donde invertir tenga sentido.

La iniciativa buscaría profundizar el esquema del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones con beneficios todavía más agresivos para proyectos estratégicos vinculados a energía, minería y tecnología. Y el contexto del anuncio no es menor. Se produjo junto con la confirmación de un nuevo proyecto de Chevron por USD 10.000 millones.

No se trata solamente de números gigantescos. Lo importante es lo que esos movimientos revelan.

Las inversiones no aparecen porque sí. Nadie compromete miles de millones de dólares en un país donde cree que le van a cambiar las reglas cada seis meses, bloquear importaciones, congelar precios o inventar nuevos impuestos para cubrir déficits eternos. El capital puede ir prácticamente a cualquier parte del mundo. Y cuando elige un destino, lo hace porque percibe estabilidad, previsibilidad y oportunidades de crecimiento.

Durante demasiado tiempo, la Argentina quedó afuera de esa competencia global.

La lógica dominante era exactamente la inversa. En vez de preguntarse cómo atraer inversiones, se discutía cómo repartir lo poco que quedaba. En vez de facilitar la producción, se multiplicaban trámites y controles. En vez de abrir sectores estratégicos, se construían barreras políticas e ideológicas.

El resultado fue conocido: estancamiento, inflación crónica, salarios destruidos y fuga constante de empresas y talento.

Lo que empieza a verse ahora es un cambio de dirección.

El gobierno de Javier Milei apuesta a instalar otra lógica: la de un país que busca integrarse al mundo y competir por capitales internacionales. Un país que entiende que la riqueza no aparece por decreto ni por distribución política, sino cuando existen incentivos para producir, innovar y asumir riesgos.

En ese marco, Vaca Muerta, el litio, la minería y la energía dejan de ser solamente recursos naturales para convertirse en plataformas de desarrollo. Pero incluso eso sería insuficiente si no existiera un marco institucional que acompañe.

Porque ningún recurso alcanza cuando el Estado funciona como un obstáculo permanente.

Ahí es donde el debate de fondo empieza a cambiar. La discusión ya no pasa únicamente por cuánto puede recaudar el Estado de un proyecto privado, sino por cuánto crecimiento puede generar un país cuando deja de espantar inversiones.

Y eso también modifica el clima social.

La Argentina dejó de mirar exclusivamente hacia adentro para volver a pensar en términos globales. Empieza a aparecer la idea de competir, de atraer empresas, de disputar proyectos tecnológicos y energéticos con otros países. En otras palabras, dejar de administrar decadencia para intentar construir crecimiento.

Por supuesto, nada garantiza éxito automático. La confianza no se recupera de un día para otro y décadas de desorden no desaparecen con un anuncio. Pero hay algo evidente: el país volvió a entrar en el radar de grandes jugadores internacionales.

Y eso ya marca una diferencia enorme respecto de la Argentina que expulsaba capital mientras discutía cómo sobrevivir al próximo colapso.

La verdadera transformación no pasa solo por bajar impuestos o ordenar cuentas públicas. Pasa por cambiar la lógica cultural de un país que durante años trató al que invertía como enemigo.

Porque las sociedades que progresan no son las que persiguen al capital. Son las que logran atraerlo.


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